martes, octubre 31, 2006

Imagenes del descenso III

Si, me cogí a unas cuantas mujeres bellas. El mérito, desde luego, no fue mío sino más bien de las circunstancias o el azar. De todas formas los motivos no tienen relevancia para la estadística.

Dicho sea de paso, encuentro adecuada la brevedad de la palabra coger; tomar, asir por unos instantes. No es más lo que nos da el encuentro de los cuerpos que implausiblemente se llamó "conocer" en el viejo testamento, como si pudiera conocerse a alguien. O -para el caso- "poseer", una variante más a tono con el capitalismo aunque igualmente ilusoria, cuando no poseemos ni el tiempo de nuestro propio cuerpo. Por cierto, nada resulta más torpe que "hacer el amor", no se sostiene ni gramaticalmente. La fealdad de la palabra me exime de hablar de “follar”. Perdoná esta disgresión charlie, no viene al caso; es que me peleo con las palabras, aunque ya te hablaré más sobre eso.

Volviendo. No he desdeñado mi cuota de cerveza, consumiéndola en cualquier lugar menos bares, museos o iglesias y he sido tan moroso como dormilón. De las peleas sólo puedo decir que devolví cada golpe y que me crujieron los huesos de las manos más veces de las que puedo recordar. Escuché a Brahms y a Bach hasta que me sangraron los tímpanos y le dí, le dí duro...pero, acá me tenés, frente a esta máquina, puta que se ofrece y se niega, y nada. Te juro que nunca quise ser escritor, no me interesa comunicarme con nadie, no pretendo la posteridad y, como dije, con las mujeres no me ha ido tan mal, al menos hasta ahora. Pero, es esta bola de metal, este líquido ardiente, este vaho fétido que se me alojó en la entraña, negándose a salir, a liberarme de su peso.

Somos esclavos de las palabras viejo charlie, siervos de términos y definiciones que se apilan unos sobre otros sobre nuestras cabezas y corazones, prisioneros entre los alambres de púa y trincheras que delimitan conceptos, nociones, significantes y significados, esa siniestra herencia de Adán. Debió comerse todas las manzanas de aquel arbol ponzoñoso, pero jamás ponerles nombre.

Piedra tras piedra encerrándose en sus sepulcros, y con cada nuevo bautismo achicando el mundo, empujándo al vacío lo innombrable. Eso, esa cosa, esa bola de hierro que se aloja en la entraña, ese líquido fuego que no puedo expulsar, que no disuelven ni la mujeres, ni la cerveza, ni un sábado afortunado en Palermo, y aquello que se vuelca sobre mi máquina, charlie, una sustancia viscosa que se escurre entre las letras, adhiriéndolas, tranformándolas, tornándolas tan inútiles como vacías.

Mientras tanto, esta bola de fuego, este hierro líquido, incandescente, demanda su lugar, exige hurgar como un gusano ciego la madera, rasgar el vientre de las cosas, penetrar en los silencios volcando su semilla. Quiere reventar en palabras de furia y de viento, estallando sobre el mundo como bombas, cayendo como granizo de fuego sobre las bibliotecas, llevándose en su torrente a los diccionarios, a los tesauros, las etimologías y los filólogos.

Miento. Sabés que miento, lo dice tu sonrisa torcida. Si no estuviera el testimonio de los perros viejos, bastarían estos párrafos. “No es la arcilla sino el orfebre” me susurra dulcemente un temprano sabor a muerte, y la impotencia que se retuerce sobre el asfalto y aquella sustancia viscosa que ya inunda la habitación, si, ahí donde le doy y le doy, embistiendo una y otra vez las sombras.

¿Porqué me mentiste charlie, con tu receta de lumpen desgraciado, y aquel pálido, cínico consuelo final? Tu procacidad, esa que te hizo famoso charlie, es cosa de jardín de infantes al lado de la obscena desnudez de mi deseo, de esta bola líquida, de este fuego en el vientre, de esta navaja de hielo que quiere vomitarme sobre un papel charlie, y no puede.

Al cabo del día, ni la muerte nos hermana tanto como el deseo, charlie, viejo, esa herida abierta, nuestro emblema de incompletitud, siempre urgente, sedienta, sin importar sobre qué objeto recaiga. Fijate, viejo perro, mirá bien a quién pertenece tu deseo y sabrás quién es tu amo. Claro, ya lo conocés, si lo has estado sirviendo toda la vida, o huyéndole, los ojos brillando blancos en la espesura, tropezando con raíces, adhiriéndote al fango, mientras se agudiza el aullar de la jauría. Ese mismo con el que jugaste a la traición, al desengaño y toda esa basura, sin hacerte más sabio ni más fuerte... ofrendando esa bola de hierro, ese líquido fuego que te quema la entraña... y la mía.

A Charles Bukowski

http://www.lexia.com.ar/bukowsky.htm "Cómo ser un gran escritor"

domingo, octubre 29, 2006

Vuelo sin Orillas


Abandoné las sombras,
las espesas paredes,
los ruidos familiares,
la amistad de los libros,
el tabaco, las plumas,
los secos cielorrasos;
para salir volando,
desesperadamente.

Abajo: en la penumbra,
las amargas cornisas,
las calles desoladas,
los faroles sonámbulos,
las muertas chimeneas
los rumores cansados,
desesperadamente.

Ya todo era silencio,
simuladas catástrofes,
grandes charcos de sombra,
aguaceros, relámpagos,
vagabundos islotes
de inestable riberas;
pero seguí volando,
desesperadamente.

Un resplandor desnudo,
una luz calcinantes
e interpuso en mi ruta,
me fascinó de muerte,
pero logré evadirme
de su letal influjo,
para seguir volando,
desesperadamente.

Todavía el destino
de mundos fenecidos,
desorientó mi vuelo
-de sideral constancia-
con sus vanas parábolas
y sus aureolas falsas;
pero seguí volando,
desesperadamente.

Me oprimía lo flúido,
la limpidez maciza,
el vacío escarchado,
la inaudible distancia,
la oquedad insonora,
el reposo asfixiante;
pero seguía volando,
desesperadamente.

Ya no existía nada,
la nada estaba ausente;
ni oscuridad, ni lumbre,
-ni unas manos celestes-
ni vida, ni destino,
ni misterio, ni muerte;
pero seguía volando,
desesperadamente.

Oliverio Girondo