
-Te he dicho que hay muchas razones por las que me gustan los poemas –dijo-. Una de ellas es que me permiten acecharme a mi mismo. Me doy una sacudida con ellos. Mientras tú me los lees y yo los escucho, apago mi diálogo interno y dejo que mi sielncio cobre impulso. Así, la combinación del poema y del silencio se transforman en el procedimiento que descarga el sacudón.
Explicó que los poetas, sin saberlo, anhelan el mundo de los brujos. Como no sopn brujos, ni están en el camino del conocimiento, lo único que les queda es el anhelo.
-Veamos si puedes sentir lo que te estoy diciendo –dijo entregándome un libro de poemas de José Gorostiza.
Lo abrí adonde estaba marcado y él me señaló el poema que le gustaba.
...este morir incesante,
tenaz, esta muerte viva,
¡oh Dios! Que te está matando
en tus hechuras estrictas,
en las rosas y en las piedras,
en las estrellas ariscas
y en la carne que se gasta
como una hoguera encendida,
por el canto, por el sueño,
por el color de la vista.
...que acaso te han muerto allá
siglos de edades arriba,
sin advertirlo nosotros,
migajas, borra, cenizas
de tí, que sigues presente
como una estrella mentida
por su sola luz, por una
luz sin estrella, vacía,
que llega al mundo escondiendo
su catástrofe infinita.
-Al oír el poema –dijo don Juan una vez que hube terminado de leer- siento que ese hombre está viendo la esencia de las cosasy yo veo con él. No me interesa de qué trata el poema. Sólo me interesan los sentimientos que el anhelo del poeta me brinda. Siento su anhelo y lo tomo prestado y tomo prestada su belleza. Y me maravillo ante el hecho de que el poeta, como un verdadero guerrero, la derroche en los que la reciben, en los que la aprecian, reteniendo para sí tan sólo su anhelo. Esa sacudida, ese impacto de la belleza es el acecho.
Carlos Castaneda, El Conocimiento Silencioso