sábado, diciembre 02, 2006

Muda




Tu tarea consiste
en eludir,
rehuir, rehusar, hurtarte,
buscando algo
o alguien
más allá.

Quizás “escapar”
sea muy rotundo,
sin lugar a la sutileza
de la mirada
deambulando por zócalos o corbatas,
posándose apenas un instante allí,
volviendo con brusco aleteo
más lejos,
adonde hay siempre premura por estar,
donde aguardan
obligaciones impostergables
ineludibles
inapelables...

No.
“escapar” no permitiría,
por ejemplo,
que ignores la urgencia
de la retirada,
ni la consistencia con la que
te evaporas
me eclipsas

Mas,
¿porqué ignorar palabras tan precisas
como precaver,
prevenir o conjurar ?
si al fin y al cabo,
la guardia en alto,
rígida la nuca,
el cuerpo en estrategia defensiva,
volviéndose sobre sí mismo
alejándose hacia aquí,
anclado
por invisibles
hilos
de deseo
en mí

y en el fondo de tus ojos,
en la raíz de tu ser,
una sensación oscura,
viscosa,
sublevándose

viernes, diciembre 01, 2006

Imágenes del descenso IV

Huan

En algun momento, no puedo precisar cuándo, las cosas simplemente comenzaron a disolverse. Como va perdiendo sus formas el paisaje en el atardecer, elevándose un velo impalpable que funde planicie y cielo, y el camino con leves temblores se desvance. Los árboles se agigantan brevemente para luego perder sus contornos en colores cada vez más uniformes, oscuros, homogéneos.
Primero fue el trabajo. De pronto perdió todo significado. No sabía para qué. Y cada uno de los pequeños rituales se escabullía. No sólo perdí toda capacidad de concentración, sino que me olvidaba hasta de las rutinas más sencillas. Empezaron a apilarse los papeles en mi escritorio y en cada caso parecía imposible encontrar la punta de un ovillo cada vez más enmarañado.
No se demoraron las quejas y recriminaciones.¡No tenía nada que contestar! No podía explicar cómo olvidé presentar ese recurso en plazo. No imaginaba cuánto había pasado desde que pasé a ver el expediente de Ordoñez. El tiempo parecía escurrirse entre mis manos sin que pudiera siquiera reconstruir qué había hecho.
Tras sumarias expresiones de preocupación por mi salud (física o mental, tal vez ambas) ante las cuáles no supe qué contestar, me encontré prontamente sin empleo. No pude protestar, es que, al fin y al cabo tenían razón.
Tampoco opuse resistencia cuando se fue Irene. Lo venía anunciando. Cuando sustituyó los reclamos por largas miradas en las que perplejidad y ofensa se alternaban y fundían, y el silencio entre los dos llegaba a cada rincón de la casa. No sabía qué razón invocar para que se quedara. Creo que cualquier intento habría bastado para detener su figura incierta en el marco de la puerta, pero la menor palabra resultaría casi ofensiva quebrando aquel silencio al que casi religiosamente nos habíamos habituado.
Tengo que aclarar -si tal palabra guarda algún sentido- que nunca estuve tan consciente de lo que le pasaba a los demás, que podía sentir su dolor, su desconcierto, el esfuerzo por explicarse este obsceno retraimiento, esta suerte de autismo que me impedía, decían, comprender el mal que causaba a otros y a mí mismo. Allí, a lo lejos, en otro estadio de la existencia, que se volvía progresivamente más instrascendente, había sido lo que se llamaba un "joven promisorio". Una carrera profesional establecida, un matrimonio "perfecto", responsabilidades, dinero, “buena” familia... en fin, las condiciones que convencionalmente auguran el "éxito". Todo ello, claro, lleva implícito que las cosas tengan bordes, entidad, se diferencien unas de otros, que cuenten con fronteras distinguibles. Las relaciones sociales, los objetivos económicos, el bien, el mal, lo cultural y lo deportivo, la santamadreiglesia y los aujeros negros y el plan de vida de cada uno, tenían todos en común la definición, un concepto que resumía lo esencial de su ser y les permitía ser amados, despreciados, pensados o ignorados, de cualquier manera ubicados en compartimentos a voluntad o deseo. Tan detallada y minuciosamente clasificados que cobraban existencia autónoma, jugando, seduciendo, presionando, inundando los sentidos de formas...
Pero, todo eso fue antes, antes de que comenzara la disolución.

martes, noviembre 28, 2006

Cerezas


de Manuel Vincent



He subido de nuevo al valle de los cerezos, en la Marina Alta, donde en otros tiempos fui muy feliz en medio del silencio tratando de descifrar el jeroglífico que los lagartos llevan grabado en el rabo. A estas alturas de la vida no he logrado comprender todavía por qué el esplendor de un paisaje unas veces te llena de un placer casi salvaje los sentidos y otras te sume en una profunda tristeza. Como en otros días de primavera, también esta mañana mientras ascendía muy despacio las ramas cuajadas de cerezas maduras invadían el interior del coche por las ventanillas y al arrebatarle sin esfuerzo este fruto al árbol tenía la sensación de estar recibiendo de la vida un amor inmerecido. Pero hoy es uno de esos días en que sientes que la belleza te hiere. Siempre que subo a este valle cuyo esplendor he soñado desde mi juventud creo estar ejerciendo mi particular mito de Sísifo, aunque cada vez es distinta la piedra que uno carga. Sísifo no la transportaba sobre su espalda, sino en el corazón o en la mente, porque la cima del monte se hallaba en el interior de sí mismo y ese es el mito: bajar y volver a subirte desde el pozo ciego de las entrañas hasta la cumbre de la inteligencia soleada para despeñarte una y otra vez. La piedra siempre es uno en cuerpo y alma. ¿Cómo es posible estar tan triste en medio de esta enorme lumbre de cerezas encendidas? Antes de emprender viaje esta mañana he visto a una pareja de ratas grises encaramadas en una palmera desayunando pequeños dátiles de oro y luego durante la ascensión esta imagen ha sido sustituida por el olor a espliego que llenaba mi memoria y dentro de ella iba restaurando los fragmentos de una pasión con el sonido de unos versos de Horacio. Al final del camino me he sentado sobre mi propia melancolía a la sombra de una pared que aún rezumaba por las grietas la lluvia pasada. Desde allí arriba cada barranco abre un ojo azul, que es el mar donde han naufragado todos los placeres de la juventud. Jugaba con el bastón a arrancar una piedra de buen tamaño que se hallaba a mis pies cuando de forma imprevista por debajo ha salido un lagarto, que antes de huir ha quedado un momento extasiado mirándome con la cabeza ladeada. En su rabo he creído leer esta inscripción labrada hace miles de años: olvida el pasado y toma lo que la hora presente te dé. Después he arrancado la piedra y ella por sí misma ha salido rodando por todo el valle poseída por el fuego de los cerezos. Se lleva mi corazón. Iré a recogerla mañana.