Huan
En algun momento, no puedo precisar cuándo, las cosas simplemente comenzaron a disolverse. Como va perdiendo sus formas el paisaje en el atardecer, elevándose un velo impalpable que funde planicie y cielo, y el camino con leves temblores se desvance. Los árboles se agigantan brevemente para luego perder sus contornos en colores cada vez más uniformes, oscuros, homogéneos.
Primero fue el trabajo. De pronto perdió todo significado. No sabía para qué. Y cada uno de los pequeños rituales se escabullía. No sólo perdí toda capacidad de concentración, sino que me olvidaba hasta de las rutinas más sencillas. Empezaron a apilarse los papeles en mi escritorio y en cada caso parecía imposible encontrar la punta de un ovillo cada vez más enmarañado.
No se demoraron las quejas y recriminaciones.¡No tenía nada que contestar! No podía explicar cómo olvidé presentar ese recurso en plazo. No imaginaba cuánto había pasado desde que pasé a ver el expediente de Ordoñez. El tiempo parecía escurrirse entre mis manos sin que pudiera siquiera reconstruir qué había hecho.
Tras sumarias expresiones de preocupación por mi salud (física o mental, tal vez ambas) ante las cuáles no supe qué contestar, me encontré prontamente sin empleo. No pude protestar, es que, al fin y al cabo tenían razón.
Tampoco opuse resistencia cuando se fue Irene. Lo venía anunciando. Cuando sustituyó los reclamos por largas miradas en las que perplejidad y ofensa se alternaban y fundían, y el silencio entre los dos llegaba a cada rincón de la casa. No sabía qué razón invocar para que se quedara. Creo que cualquier intento habría bastado para detener su figura incierta en el marco de la puerta, pero la menor palabra resultaría casi ofensiva quebrando aquel silencio al que casi religiosamente nos habíamos habituado.
Tengo que aclarar -si tal palabra guarda algún sentido- que nunca estuve tan consciente de lo que le pasaba a los demás, que podía sentir su dolor, su desconcierto, el esfuerzo por explicarse este obsceno retraimiento, esta suerte de autismo que me impedía, decían, comprender el mal que causaba a otros y a mí mismo. Allí, a lo lejos, en otro estadio de la existencia, que se volvía progresivamente más instrascendente, había sido lo que se llamaba un "joven promisorio". Una carrera profesional establecida, un matrimonio "perfecto", responsabilidades, dinero, “buena” familia... en fin, las condiciones que convencionalmente auguran el "éxito". Todo ello, claro, lleva implícito que las cosas tengan bordes, entidad, se diferencien unas de otros, que cuenten con fronteras distinguibles. Las relaciones sociales, los objetivos económicos, el bien, el mal, lo cultural y lo deportivo, la santamadreiglesia y los aujeros negros y el plan de vida de cada uno, tenían todos en común la definición, un concepto que resumía lo esencial de su ser y les permitía ser amados, despreciados, pensados o ignorados, de cualquier manera ubicados en compartimentos a voluntad o deseo. Tan detallada y minuciosamente clasificados que cobraban existencia autónoma, jugando, seduciendo, presionando, inundando los sentidos de formas...
Pero, todo eso fue antes, antes de que comenzara la disolución.