Abordar el tema de las bibliotecas sin ser devorado por el tópico, ni devenir un pálido plagio de Borges (para citar al paradigma de los ‘bibliotecófilos’), constituye una empresa para valientes o talentosos, lo que –lamentablemente- no es el caso aquí.
Sin embargo, es fuerza reconocer que si se ha de escribir, inevitablemente se hará sobre nuestras propias obsesiones, aquellas que no se eligen, acaso se hereden o fijen en el espíritu en algún punto crucial de nuestra biografía, sin que sepamos porqué, ni importe con quién se compartan. Tal vez averigüarlo sea parte de la misma obsesión.
De todas formas, esta cultura de la pura subjetividad y la auto-referencia (de la cual el blog parece precisamente el instrumento arquetípico) ofrece coartada suficiente para que cada uno perpetre su versión de “Las bibliotecas según X”, librándonos a todos ex ante del peso del método científico y sus molestas normas.
Parece razonable postular que el interés por las bibliotecas sea una derivación lógica del interés por los libros. En esta línea, las bibliotecas tendrían la función de facilitar el acceso a las obras, tanto en lo material, lo espacial, lo cuantitativo, como lo conceptual.
Sin embargo, es fuerza reconocer que si se ha de escribir, inevitablemente se hará sobre nuestras propias obsesiones, aquellas que no se eligen, acaso se hereden o fijen en el espíritu en algún punto crucial de nuestra biografía, sin que sepamos porqué, ni importe con quién se compartan. Tal vez averigüarlo sea parte de la misma obsesión.
De todas formas, esta cultura de la pura subjetividad y la auto-referencia (de la cual el blog parece precisamente el instrumento arquetípico) ofrece coartada suficiente para que cada uno perpetre su versión de “Las bibliotecas según X”, librándonos a todos ex ante del peso del método científico y sus molestas normas.
Parece razonable postular que el interés por las bibliotecas sea una derivación lógica del interés por los libros. En esta línea, las bibliotecas tendrían la función de facilitar el acceso a las obras, tanto en lo material, lo espacial, lo cuantitativo, como lo conceptual.
Desde luego, como se apuntara, las mismas también han operado (notablemente en la edad media europea) como sitios de preservación y aún reproducción de obras. Entre otras opciones igualmente interesantes, podría asimismo pensarse a la biblioteca (sospecho que Borges lo hace) como manifestación de un cosmos, de tal suerte que no sería el contenido lo más importante, sino la virtud de dotar de orden o inteligibilidad al caos de lo particular. La clasificación como obra del demiurgo. No puedo dejar de mencionar -para su posterior desarrollo- la bioblioteca refugio, templo o guarida.
En La Biblioteca de Babel, Borges denota el universo en sí, una biblioteca infinita en la que se hallan todas las obras, sus aproximaciones, las obras perdidas y aún algunas obras no escritas. Acaso, por tratarse de libros, que en definitiva sólo pueden constituir proposiciones acerca del universo, habría que reducirla a mera representación. Barrunto, no obstante, que el bibliotecario ciego piensa más bien en una biblioteca en la que palabra, idea –platónica- y cosa son una y la misma, y, por lo tanto, la biblioteca es el mismo universo.
En la Biblioteca de Alejandría, se propuso reunir todo el conocimiento existente, mientras que la biblioteca de la abadía dominicana de El Nombre de la Rosa "… es un gran laberinto, signo del laberinto que es el mundo.", la biblioteca nuevamente como representación (aunque podría destacarse que “el mundo” referido no es el universo infinito de la Biblioteca de Babel). Esta biblioteca también es el escondite de de un libro temible, subsersivo, el libro de la risa. Se ha postulado que aquella biblioteca no constituye más que un escondite para ese particular libro.
Carlos Ruiz Zafón describe un tipo especial de biblioteca que merece ser mencionado, “El Cementerio de los Libros Olvidados” a los que cada librero tiene acceso con el compromiso de “rescatar” una de esas obras perdidas (La Sombra del Viento) .
Naturalmente, la mayoría de las bibliotecas adolecen del problema de la incompletud (en fin, todas, menos la de Babel) , es decir, ninguna reúne todos los libros que existen. Alguna, tal vez, podría abarcar la totalidad de los libros de un determinado universo (aunque, como apunta Alberto Manguel en su magnífica “Una Historia de la Lectura”, todo catálogo es arbitrario y excluyente, de manera que aún esos “universos” serían siempre abiertos. En un punto, algo se les escapa o desafía la clasificación. Por ejemplo, una misma obra puede ser catalogada desde distintos puntos de vista, cita Manguel el caso de Los Viajes de Gulliver, situado a la vez en Ficción, Sociología, Literatura Infantil, Fantasía, Viajes y Clásicos.
Luego están las bibliotecas que hemos conocido, recorriendo sus anaqueles, estantes y pasillos. La ceremonia de la tarjeta, de la elección, del intercambio.
En La Biblioteca de Babel, Borges denota el universo en sí, una biblioteca infinita en la que se hallan todas las obras, sus aproximaciones, las obras perdidas y aún algunas obras no escritas. Acaso, por tratarse de libros, que en definitiva sólo pueden constituir proposiciones acerca del universo, habría que reducirla a mera representación. Barrunto, no obstante, que el bibliotecario ciego piensa más bien en una biblioteca en la que palabra, idea –platónica- y cosa son una y la misma, y, por lo tanto, la biblioteca es el mismo universo.
En la Biblioteca de Alejandría, se propuso reunir todo el conocimiento existente, mientras que la biblioteca de la abadía dominicana de El Nombre de la Rosa "… es un gran laberinto, signo del laberinto que es el mundo.", la biblioteca nuevamente como representación (aunque podría destacarse que “el mundo” referido no es el universo infinito de la Biblioteca de Babel). Esta biblioteca también es el escondite de de un libro temible, subsersivo, el libro de la risa. Se ha postulado que aquella biblioteca no constituye más que un escondite para ese particular libro.
Carlos Ruiz Zafón describe un tipo especial de biblioteca que merece ser mencionado, “El Cementerio de los Libros Olvidados” a los que cada librero tiene acceso con el compromiso de “rescatar” una de esas obras perdidas (La Sombra del Viento) .
Naturalmente, la mayoría de las bibliotecas adolecen del problema de la incompletud (en fin, todas, menos la de Babel) , es decir, ninguna reúne todos los libros que existen. Alguna, tal vez, podría abarcar la totalidad de los libros de un determinado universo (aunque, como apunta Alberto Manguel en su magnífica “Una Historia de la Lectura”, todo catálogo es arbitrario y excluyente, de manera que aún esos “universos” serían siempre abiertos. En un punto, algo se les escapa o desafía la clasificación. Por ejemplo, una misma obra puede ser catalogada desde distintos puntos de vista, cita Manguel el caso de Los Viajes de Gulliver, situado a la vez en Ficción, Sociología, Literatura Infantil, Fantasía, Viajes y Clásicos.
Luego están las bibliotecas que hemos conocido, recorriendo sus anaqueles, estantes y pasillos. La ceremonia de la tarjeta, de la elección, del intercambio.
La primer biblioteca que recuerdo fue la del Colegio que me tocó en suerte alrededor de los mágicos 6 años, en los que pertenecer al primer grado implicaba acceso indiscriminado a la biblioteca “grande”. Creo que la misma sensación de asombro, de sobrecogimiento ha marcado la entrada a las sucesivas bibliotecas que la fortuna ha puesto en mi camino, no siempre por su tamaño o majestuosidad, sino –en cada caso- por alguna particularidad que la distinguía.
En este sentido es de celebrar que cada biblioteca tenga su propio e intransferible ambiénce, logrado a fuerza de reunir libros, anaqueles, lectores y bibliotecarios en un mundo de objetos, iluminación e historia irrepetible.
Aquella biblioteca escolar era, claro está, bastante limitada, pero ya entonces contenía no sólo las obras que efectivamente pude retirar –como si fueran mías- y leer e intercambiar por otras (según recuerdo mi predilección por esos tiempos eran las aventuras de exploradores), sino que, en la brumosa sección de libros para mayores de 6 que ocupaba, lógicamente, la mayor parte del lugar, se hallaban apenas ocultos por el tiempo, todos los libros que alguna vez leería.
En tal sentido, parece razonable detenerse brevemente en una biblioteca con la rara cualidad de existir en diferentes espacios. El punto de unidad es, en este caso, un determinado lector, y la biblioteca, aquella que comprende todos los libros leídos por el mismo. Aún tengo fresca en la memoria la ocasión en la que me di cuenta, con cierta resignada aceptación, de que no viviría para siempre.
Tendría poco más de treinta años y conversaba con un grupo de amigos cuando uno me recomendó un libro que traía con él. Se me escapan los detalles, pero trataba,- me parece- del cine. Me sentí atraído, tal vez por el interés de mi amigo, y mientras pensaba que me gustaría verdaderamente leerlo, supe con total claridad que nunca lo haría. Supe también que aquel libro integraba desde ese momento una vasta lista (una biblioteca, al fin) de todos los libros que ya no tendría tiempo de leer. Supe, por fin, que no leería ese libro en particular porque había otros que me interesaban más y que no tenía sentido dejarlos para un “después” lejano y nebuloso que nunca llegaría, pues mi biblioteca personal por fuerza sería limitada.
Fue un gran alivio dejar de sostener la ilusión de una biblioteca infinita, y me hice instintivamente más selectivo, abandonando la juvenil desmesura de leer cualquier porquería que llegara a mis manos como si contuviera algún secreto mensaje a descifrar, una sabiduría oculta clamando por ser descubierta.
A veces me encuentro recorriendo esa personalísima biblioteca, buscando alguna obra o pasaje para releer, tratando de adivinar los títulos aún por descubrir, anticipando la lectura de aquellos ya adquiridos para una lectura postergada, con la vista puesta en un futuro sin urgencias cotidianas.
Aquella biblioteca escolar era, claro está, bastante limitada, pero ya entonces contenía no sólo las obras que efectivamente pude retirar –como si fueran mías- y leer e intercambiar por otras (según recuerdo mi predilección por esos tiempos eran las aventuras de exploradores), sino que, en la brumosa sección de libros para mayores de 6 que ocupaba, lógicamente, la mayor parte del lugar, se hallaban apenas ocultos por el tiempo, todos los libros que alguna vez leería.
En tal sentido, parece razonable detenerse brevemente en una biblioteca con la rara cualidad de existir en diferentes espacios. El punto de unidad es, en este caso, un determinado lector, y la biblioteca, aquella que comprende todos los libros leídos por el mismo. Aún tengo fresca en la memoria la ocasión en la que me di cuenta, con cierta resignada aceptación, de que no viviría para siempre.
Tendría poco más de treinta años y conversaba con un grupo de amigos cuando uno me recomendó un libro que traía con él. Se me escapan los detalles, pero trataba,- me parece- del cine. Me sentí atraído, tal vez por el interés de mi amigo, y mientras pensaba que me gustaría verdaderamente leerlo, supe con total claridad que nunca lo haría. Supe también que aquel libro integraba desde ese momento una vasta lista (una biblioteca, al fin) de todos los libros que ya no tendría tiempo de leer. Supe, por fin, que no leería ese libro en particular porque había otros que me interesaban más y que no tenía sentido dejarlos para un “después” lejano y nebuloso que nunca llegaría, pues mi biblioteca personal por fuerza sería limitada.
Fue un gran alivio dejar de sostener la ilusión de una biblioteca infinita, y me hice instintivamente más selectivo, abandonando la juvenil desmesura de leer cualquier porquería que llegara a mis manos como si contuviera algún secreto mensaje a descifrar, una sabiduría oculta clamando por ser descubierta.
A veces me encuentro recorriendo esa personalísima biblioteca, buscando alguna obra o pasaje para releer, tratando de adivinar los títulos aún por descubrir, anticipando la lectura de aquellos ya adquiridos para una lectura postergada, con la vista puesta en un futuro sin urgencias cotidianas.
Sé que esa biblioteca de alguna manera me definirá, o acaso, cada lector, éste incluído, trae ya escrito su catálogo desde la noche de los tiempos, y vivirá mientras aún quede una página por leer.
