miércoles, agosto 09, 2006

De libros y bibliotecas

Abordar el tema de las bibliotecas sin ser devorado por el tópico, ni devenir un pálido plagio de Borges (para citar al paradigma de los ‘bibliotecófilos’), constituye una empresa para valientes o talentosos, lo que –lamentablemente- no es el caso aquí.

Sin embargo, es fuerza reconocer que si se ha de escribir, inevitablemente se hará sobre nuestras propias obsesiones, aquellas que no se eligen, acaso se hereden o fijen en el espíritu en algún punto crucial de nuestra biografía, sin que sepamos porqué, ni importe con quién se compartan. Tal vez averigüarlo sea parte de la misma obsesión.

De todas formas, esta cultura de la pura subjetividad y la auto-referencia (de la cual el blog parece precisamente el instrumento arquetípico) ofrece coartada suficiente para que cada uno perpetre su versión de “Las bibliotecas según X”, librándonos a todos ex ante del peso del método científico y sus molestas normas.

Parece razonable postular que el interés por las bibliotecas sea una derivación lógica del interés por los libros. En esta línea, las bibliotecas tendrían la función de facilitar el acceso a las obras, tanto en lo material, lo espacial, lo cuantitativo, como lo conceptual.

Desde luego, como se apuntara, las mismas también han operado (notablemente en la edad media europea) como sitios de preservación y aún reproducción de obras. Entre otras opciones igualmente interesantes, podría asimismo pensarse a la biblioteca (sospecho que Borges lo hace) como manifestación de un cosmos, de tal suerte que no sería el contenido lo más importante, sino la virtud de dotar de orden o inteligibilidad al caos de lo particular. La clasificación como obra del demiurgo. No puedo dejar de mencionar -para su posterior desarrollo- la bioblioteca refugio, templo o guarida.

En La Biblioteca de Babel, Borges denota el universo en sí, una biblioteca infinita en la que se hallan todas las obras, sus aproximaciones, las obras perdidas y aún algunas obras no escritas. Acaso, por tratarse de libros, que en definitiva sólo pueden constituir proposiciones acerca del universo, habría que reducirla a mera representación. Barrunto, no obstante, que el bibliotecario ciego piensa más bien en una biblioteca en la que palabra, idea –platónica- y cosa son una y la misma, y, por lo tanto, la biblioteca es el mismo universo.

En la Biblioteca de Alejandría, se propuso reunir todo el conocimiento existente, mientras que la biblioteca de la abadía dominicana de El Nombre de la Rosa "… es un gran laberinto, signo del laberinto que es el mundo.", la biblioteca nuevamente como representación (aunque podría destacarse que “el mundo” referido no es el universo infinito de la Biblioteca de Babel). Esta biblioteca también es el escondite de de un libro temible, subsersivo, el libro de la risa. Se ha postulado que aquella biblioteca no constituye más que un escondite para ese particular libro.

Carlos Ruiz Zafón describe un tipo especial de biblioteca que merece ser mencionado, “El Cementerio de los Libros Olvidados” a los que cada librero tiene acceso con el compromiso de “rescatar” una de esas obras perdidas (La Sombra del Viento) .

Naturalmente, la mayoría de las bibliotecas adolecen del problema de la incompletud (en fin, todas, menos la de Babel) , es decir, ninguna reúne todos los libros que existen. Alguna, tal vez, podría abarcar la totalidad de los libros de un determinado universo (aunque, como apunta Alberto Manguel en su magnífica “Una Historia de la Lectura”, todo catálogo es arbitrario y excluyente, de manera que aún esos “universos” serían siempre abiertos. En un punto, algo se les escapa o desafía la clasificación. Por ejemplo, una misma obra puede ser catalogada desde distintos puntos de vista, cita Manguel el caso de Los Viajes de Gulliver, situado a la vez en Ficción, Sociología, Literatura Infantil, Fantasía, Viajes y Clásicos.

Luego están las bibliotecas que hemos conocido, recorriendo sus anaqueles, estantes y pasillos. La ceremonia de la tarjeta, de la elección, del intercambio.

La primer biblioteca que recuerdo fue la del Colegio que me tocó en suerte alrededor de los mágicos 6 años, en los que pertenecer al primer grado implicaba acceso indiscriminado a la biblioteca “grande”. Creo que la misma sensación de asombro, de sobrecogimiento ha marcado la entrada a las sucesivas bibliotecas que la fortuna ha puesto en mi camino, no siempre por su tamaño o majestuosidad, sino –en cada caso- por alguna particularidad que la distinguía.

En este sentido es de celebrar que cada biblioteca tenga su propio e intransferible ambiénce, logrado a fuerza de reunir libros, anaqueles, lectores y bibliotecarios en un mundo de objetos, iluminación e historia irrepetible.

Aquella biblioteca escolar era, claro está, bastante limitada, pero ya entonces contenía no sólo las obras que efectivamente pude retirar –como si fueran mías- y leer e intercambiar por otras (según recuerdo mi predilección por esos tiempos eran las aventuras de exploradores), sino que, en la brumosa sección de libros para mayores de 6 que ocupaba, lógicamente, la mayor parte del lugar, se hallaban apenas ocultos por el tiempo, todos los libros que alguna vez leería.

En tal sentido, parece razonable detenerse brevemente en una biblioteca con la rara cualidad de existir en diferentes espacios. El punto de unidad es, en este caso, un determinado lector, y la biblioteca, aquella que comprende todos los libros leídos por el mismo. Aún tengo fresca en la memoria la ocasión en la que me di cuenta, con cierta resignada aceptación, de que no viviría para siempre.

Tendría poco más de treinta años y conversaba con un grupo de amigos cuando uno me recomendó un libro que traía con él. Se me escapan los detalles, pero trataba,- me parece- del cine. Me sentí atraído, tal vez por el interés de mi amigo, y mientras pensaba que me gustaría verdaderamente leerlo, supe con total claridad que nunca lo haría. Supe también que aquel libro integraba desde ese momento una vasta lista (una biblioteca, al fin) de todos los libros que ya no tendría tiempo de leer. Supe, por fin, que no leería ese libro en particular porque había otros que me interesaban más y que no tenía sentido dejarlos para un “después” lejano y nebuloso que nunca llegaría, pues mi biblioteca personal por fuerza sería limitada.

Fue un gran alivio dejar de sostener la ilusión de una biblioteca infinita, y me hice instintivamente más selectivo, abandonando la juvenil desmesura de leer cualquier porquería que llegara a mis manos como si contuviera algún secreto mensaje a descifrar, una sabiduría oculta clamando por ser descubierta.

A veces me encuentro recorriendo esa personalísima biblioteca, buscando alguna obra o pasaje para releer, tratando de adivinar los títulos aún por descubrir, anticipando la lectura de aquellos ya adquiridos para una lectura postergada, con la vista puesta en un futuro sin urgencias cotidianas.

Sé que esa biblioteca de alguna manera me definirá, o acaso, cada lector, éste incluído, trae ya escrito su catálogo desde la noche de los tiempos, y vivirá mientras aún quede una página por leer.

Imágenes del descenso II



No es la historia la que se repite, sino nosotros. La piedra con la que nos empeñamos en tropezar otra vez, y otra, no se ha movido, sigue allí, conforme su naturaleza de piedra.

Y lo peor no es tropezar de nuevo, sino haber vuelto al mismo punto, siguiendo circularmente el mismo camino, como si fuera otro.

Tropezar, caer, levantarse, es lo de siempre, lo esperable, pero no aquí, extraviado en el mismo laberinto
.
Y si la caída es menos piadosa, no es la piedra, ni el suelo, sino nuestros huesos más duros, más pesados, las rigideces instaladas de a poco, imperceptiblemente, los reflejos que ya no responden con la misma urgencia.

Cuesta más incorporarse, pesamos de otra manera, el aire -más denso- se demora en volver. La senda se desvanece por delante y hay que pensar demasiado hacía adónde encaminarse, un pie atrás del otro.

Mejor detenerse aquí un poco, mejor dejar que la tierra nos sostenga, esperar un cambio de luz, aunque, claro, anochece y hace algo de frío, y esa leve sensación de nausea se extiende.

domingo, agosto 06, 2006

Adán Buenosayres

Prólogo Indispensable

En cierta mañana de octubre de 192., casi al mediodía, seis hombres nos internábamos en el cementerio de Oeste, llevando a pulso un ataúd de modesta factura (cuatro tablitas frágiles) cuya levedad era tanta, que nos parecía llevar en su interior, no la vencida carne de un hombre muerto, sino la materia sutil de un poema concluido. El astrólogo Schultze y yo empuñábamos las manijas de la cabecera, Franky Amundsen y Del Solar habían tomado las de los pies: al frente avanzaba Luis Pereda, fortachón y bamboleante como un jabalí ciego; detrás iba Samuel Tesler, exhibiendo un gran rosario de cuentas negras que manoseaba con ostentosa devoción. La primavera reía sobre las tumbas, cantaba en el buche de los pájaros, ardía en los retoños vegetales, proclamaba entre cruces y epitafios su jubilosa incredulidad acerca de la muerte. Y no había lágrimas en nuestros ojos ni pesadumbre alguna en nuestros corazones; porque dentro de aquel ataúd sencillo (cuatro tablitas frágiles) nos parecía llevar no la pesada carne de un hombre muerto, sino la materia leve de un poema concluido. Llegamos a la fosa recién abierta: el ataúd fue bajado hasta el fondo. Redoblaron primero sobre la caja los terrones amigos, y a continuación las paladas brutales de los sepultureros. Arrodillado sobre la tierra gorda, Samuel Tesler oró un instante con orgullosos impudor, mientras que los enterradores aseguraban en la cabecera de la tumba una cruz de metal en cuyo negro corazón de hojalata se leía lo siguiente:
ADAN BUENOSAYRES
R.I.P.
Luego regresamos todos a la Ciudad de la Yegua Tobiana. Consagré los días que siguieron a la lectura de los dos manuscritos que Adán Buenosayres me había confiado en la hora de su muerte, a saber: el Cuaderno de Tapas Azules y el Viaje a la Oscura Ciudad de Cacodelphia. Aquellos dos trabajos me parecieron tan fuera de lo común, que resolví darlos a la estampa, en la seguridad de que se abrirían un camino de honor en nuestra literatura. Pero advertí más tarde que aquellas páginas curiosas no lograrían del público una intelección cabal, si no las acompañaba un retrato de su autor y protagonista. Me di entonces a planear una semblanza de Adán Buenosayres: a la idea originaria de ofrecer un retrato inmóvil sucedió la de presentar a mi amigo en función de vida; y cuanto más evocaba yo su extraordinario carácter, las figuras de sus compañeros de gesta, y sobre todo las acciones memorables de que fui testigo en aquellos días, tanto más se agrandaban ante mis ojos las posibilidades novelescas del asunto. Mi plan se concretó al fin en cinco libros, donde presentaría yo a mi Adán Buenosayres desde su despertar metafísico en el número 303 de la calle Monte Egmont, hasta la medianoche del siguiente día, en que ángeles y demonios pelearon por su alma en Villa Crespo, frente a la iglesia de San Bernardo, ante la figura inmóvil del Cristo de la Mano Rota. Luego transcribiría yo el Cuaderno de Tapas Azules y Viaje a la Oscura Ciudad de Cacodelphia, como sexto y séptimo libros de mi relato. Las primeras páginas de esta obra fueron escritas en París, en el invierno de 1930. Una honda crisis espiritual me sustrajo después, no sólo a los afanes de la literatura, sino a todo linaje de acción. Afortunadamente, y muy a tiempo, advertí yo que no estaba llamado al difícil camino de los perfectos. Entonces, para humillar el orgullo de algunas ambiciones que confieso haber sustentado, retomé las páginas de mi Adán Buenosayres y las proseguí bien que desganadamente y con el ánimo de quien cumple un gesto penitencial. Y como la penitencia trae a veces frutos inesperados, volví a cobrar por mi obra un interés que se mantuvo hasta el fin, pese a las contrariedades y desgracias que demoraron su ejecución. La publico ahora, vacilando aún entre mis temores y mis esperanzas. Antes de acabar este prólogo, debo advertir a mi lector que todos los recursos novelescos de la obra, por extraños tal vez que les resulten a algunos, se ordenan rigurosamente a la presentación de un Adán Buenosayres exacto, y no a vanidosos intentos de originalidad literaria. Por otra parte, fácil ha de serle comprobar que, tanto en la cuerda poética como en la humorística, he seguido fielmente la tónica de Adán Buenosayres en su Cuaderno y en su Viaje. Y una observación final: podría suceder que alguno de mis lectores identificara a ciertos personajes de la obra, o se reconociera él mismo en alguno de ellos. En tal caso, no afirmaré yo hipócritamente que se trata de un parecido casual, sino que afrontaré las consecuencias: bien sé yo que, sea cual fuere la posición que ocupan en el Infierno de Schultze o los gestos que cumplen en mis cinco libros, todos los personajes de este relato levantan una "estatura heroica"; y no ignoro que, si algunos visten el traje de lo ridículo, lo hacen graciosamente y sin deshonor, en virtud de aquel "humorismo angélico" (así lo llamó Adán Buenosayres) gracias al cual también la sátira puede ser una forma de la caridad, si se dirije a los humanos con la sonrisa que tal vez los ángeles esbozan ante la locura de los hombres.

Leopoldo Marechal