jueves, abril 12, 2012

Cartas a Isabel Russo II


Querida Isabel,

Es de noche, la luna llena baña el palacio con su luz lechosa, atraviesa el alabastro de sus columnas, se derrama sobre la bóveda central, las torres, recorre los intrincados diseños de muros y ventanas. El edificio se alza imponente, desafiando al cielo, que se desploma de estrellas a su alrededor.

Recorro sus naves vacías con fascinación y una inexpresable inquietud. Sigo un camino circular desde sus extremos al centro. Allí descubro la cámara principal... un salón enorme, tambien vacío, salvo por un marmol de unos dos metros de largo por uno de ancho y 60 centímetros de alto en el centro de la desnuda habitación. Me acerco con cautela, un frio intenso habita la sala y se instala rápidamente en mis huesos. La inquietud que fue sospecha cristaliza en certeza... bajo ese marmol yace un cuerpo, y el edificio no es palacio sino tumba...

Me desperté sin aliento asfixiado por ese monumento grotesco en su tamaño y artificio, su belleza convertida en horror. Me levanté para escribirte ya, con las manos temblorosas, para rogarte que cuando llegue mi hora devuelvas mi cuerpo a la tierra, apenas envuelto en una leve mortaja (para no exponer mi miseria), que pueda desaparecer en ella, ser consumido sin demora por los insectos, atravesado por raíces y tallos, devolviendo el alimento que he recibido, desintegrándome. Por favor asegúrate de que no quede rastro alguno en el lugar... que el viento barra cualquier marca y la lluvia lo lave. Prométemelo Isabel, no podré dormir hasta que no reciba tu palabra...

e.c.

Cartas a Isabel Russo I


Isabel... Isabel... he intuido el vacío... sentí su mirada en todo el cuerpo y se me crispó el alma, y todo, lo que soy, lo que pienso, siento, imagino quedó reducido a cenizas. Un frío glaciar me atraviesa y sé que la muerte está siempre a un paso. Isabel, me dió vértigo; sabes que nunca me han gustado las alturas, te he mencionado el magnetismo de los precipicios, la fuerza irresistible del fondo. Quise entregarme de una vez a su abrazo... es tan poco lo que me retiene y ese poco, al fin y al cabo, es humo.

Pero hay, a pesar de todo, una voluntad, una tozudez irreductible, una duda ¿y si no fuera el final?, que me arraiga lo suficiente para intentar la resistencia, desafiar lo inevitable o sus condiciones, hurgar en el rincón más remoto del ser en busca de la energía para la última carga. ¿Será arrogancia el no querer morir echado, gimoteando o presa de algún delirio? No estoy en condiciones de filosofar al respecto, es tal vez lo único que me queda y acaso sobre con él consiga edificar una torre, un dolmen o una lápida. Veremos.

e.c.