jueves, abril 20, 2006

Entrevero

Hay cierta calle en el viejo Palermo

que en sueños, creo haber recorrido,

bajo un cielo saturado de estrellas,

perfume de azahar, canto de grillo.


Presiento que alguna noche de estas,

embriagada de tiempo y de olvido,

me encuentre repitiendo esos pasos,

en un eco de entreveros perdidos;


y al llegar a la esquina en la que

su trazo deviene campo infinito,

me aguarde, acechando, el destino

poncho al hombro, desvainado el cuchillo.

Traful


Como un puente que no fue,

un esqueleto de maderos negros,

de tiempo y alquitrán,

estirándose con esfuerzo desde la orilla

en actitud de súplica o espera,

aquel viejo muelle

resiste aún la impiedad del viento

y la nieve.


Tal vez,

en algún recoveco,

sus maderas

guarden la memoria

del instante en que

cielo, lago, muelle y montaña

se hicieron uno,

y todo pareció cobrar un sentido

que las palabras

no pueden aprehender.


Acaso el muelle sepa

que una vez, allí,

fui feliz.

Julio, un año nuevo


Mirá, no pido mucho,

solamente tu mano, tenerla

como un sapito que duerme asì contento.

Necesito esa puerta que me dabas

para entrar a tu mundo, ese trocito

de azùcar verde, de redondo alegre.

¿No me prestàs tu mano en esta noche

de fìn de año de lechuzas roncas?

No puedes, por razones tècnicas.

Entonces la tramo en el aire, urdiendo cada dedo,

el durazno sedoso de la palma

y el dorso, ese paìs de azules àrboles.

Asì la tomo y la sostengo,

como si de ello dependiera

muchìsimo del mundo,

la sucesión de las cuatro estaciones,

el canto de los gallos, el amor de los hombres.

Julio Cortázar, "Happy New Year"

miércoles, abril 19, 2006

Un hombre

UN HOMBRE

a Humberto Constantini


un hombre se me viene cayendo por la sangre

con una copa rota entre los dientes

no soy yo

somos todos

la soledad

el tajo de odio en la memoria somos

un hombre se me viene derrrumbando

por la oscura saliva del silencio

salpicando mis ojos con antiguas cucharas

lágrimas que él inventa cuando pisa

los charcos de mi sangre

un hombre se me viene cayendo por la herida

no hagan música o fuego

no soplen ni respiren

quiere decirnos algo

hay un sur de rodillas preguntando

dónde estábamos todos

cómo fue que dejamos crecer la indiferencia

para que de una puerta salga el enceguecido

tirando puñetazos al aire

echando espuma por la boca

un hombre se me viene cayendo por la sangre

con pasos de borracho

no hagan ruido no escupan

no demoren

quiere decirnos algo


Jorge Boccanera, de Contra el Bufón del Rey, 1980

Hoy por hoy

Hoy simplemente

no me da la gana,

la energía, la rabia o el llanto,

de empujar el cuerpo

por las calles,

a contramano;

de creer, esperar,

entregarme a los sueños

temerario,

de buscar una mirada hermana

o rozar la esperanza

con la mano.


Hoy parece todo

mucho más difícil,

turbio, mistongo, enmarañado,

y agobiada el alma se retoba,

buscando en lo oscuro

un remanso.


Hoy me pesa

la vida en cada paso,

y si pudiera hoy elegir,

eligiría

morir mansa

y quedamente

en tu regazo.


Correspondencia

Me pides una carta de amor… mas temo no poder complacerte. Es que el agente de correos hace tiempo no me visita. Primero fue la caída de la casilla postal contigua al portón, que lo obligaba a encaramarse por sobre éste y sortear las malezas del frente, a riesgo de toparse de improviso con alguna serpiente, tropezar sobre la ocasional llanta o, peor aún, esquivar los disparos del Coronel Aureliano, mi único vecino, que ante ruidos sospechosos tenía como sola respuesta, cosas del oficio de guerrero, un "¡Alto!" y la seguidilla de estampidas de su antigua Mauser. Por fortuna la vista del coronel no es tan aguda como su oído y las balas solían perderse silbando en el bosque o repicaban sobre la pared del gallinero abandonado, allí atrás, entre los guayacanes.

Luego, creo que yo mismo me derrumbé, tal vez, bajo el peso de todo el correo comercial que atiborraba la entrada de mi hogar, ofreciendo insistentemente una miríada de productos y servicios que en nada alivian esta pesadez, este desgarro de tu silencio.

Me pides una carta de amor, más no me correspondes; como si fuera yo río y tú mar, y me viera obligado a volcarme entero en ti, y tú… lejana, misteriosa, indiferente como el océano, acaso ignorando que cada letra ha sido escrita con sangre, que cada palabra se forjó a fuego lento en este caldero de mi alma. Los silencios se pueblan de palabras, y la soledad de temores, y en incontables noches he recorrido la cabaña, como jaguar enjaulado, herido, furioso… luego de esperar en vano otra vez una noticia tuya.

Más luego, fue la vaina esa del incendio. No sé ya cómo comenzó, pero sí que terminó rápidamente… todo lo mío ha sido combustible, fácil presa de las llamas. Lo vi desvanecerse bajo las lenguas de fuego. Me quedé allí, al lado, hasta que se extinguió la ultima brasa y con ella el último objeto que me anclara a aquel mundo formado e intermediado por cosas sin valor.

Las botellas de ron que atiné a rescatar al salir, las consumí en el mismo instante en que el incendio se tragaba mi pasado. Ésta es la última, la que confío al arroyo, con tu carta. Ahora vivo aquí, al fondo del terreno, adónde el arroyo, que hoy oficiará de mensajero, forma un pequeño recodo, donde los árboles dan sombra suficiente al mediodía, y al oscurecer llega tenue el canto nocturno de la guerrilla.

Alcanzo a recolectar lo suficiente para comer (frutos silvestres, huevos y cosas por el estilo) sin aventurarme demasiado lejos. En raras ocasiones atrapo algún conejo, pues nunca me han caído bien los vegetarianos. Los objetos de la vida civilizada de a poco se han ido perdiendo o transformando su sentido, sus funciones son otras, inimagibales hace apenas unos meses. Ya no dispongo de tiempo para dedicarles. Tengo demasiado para no hacer.

En fin, con esta carta me despido del último vestigio de lo que vez fui (y con ello, claro, lo que has sido tu en mi); si algo queda de aquel corresponsal, se va con ella, siguiendo el camino del agua, tal vez a perderse nuevamente en tu mar.

martes, abril 18, 2006

Leonidas


–Confinado, harto
de vivir, encallado
en esa hartura,
a navegar aquellas páginas
–¡ay nimia astucia!–
con repentino, cuan extraño,
entusiasmo me di.

Y un día un Bernárdez y otro, un Homero;
y un José Hernández, otro, y otro un Garcilaso;
y otro un Eliot y un Lugones, otro;
y un Pound un día y otro, un Discépolo;
y otro un Virgilio y un Quevedo, otro;
y otro día un Del Campo y otro, un Dante y otro
un Macedonio;
y un Apollinaire otro y un Borges, otro día;
y otro un Boscán y un Marechal, otro,
volví a sentirme:
en grotesca, infernal –así lo juzgo ahora–
mezcolanza.

Pero entonces,
como ya en anteriores crisis
habíame ocurrido,
escuchar parecíame esas Voces
en polifónico, ordenado,
excelso coro.

Y, entre ellas,
mi voz –en paralelo canto–
con ellas concertada,
(lo hubiese yo jurado, lo juraba),
magnífica elevábase.

* Comienzo de Odiseo confinado

Leonidas Lamborghini

lunes, abril 17, 2006

Buscando a Costantini


Una salida de subte que asocié enseguida, no sé porqué, con los sudorosos túneles de Retiro -ahí la imagen se congela, la corrida de última hora por el andén hacia otros trenes, otros destinos, en una lejana superficie-. Un libro como compañía de ruta (El Escarabajo de Oro?, la Rama Dorada?) ... las asociaciones se multiplican, se abren, mutan. Por allí detrás, el oro, acaso aportando algo de luz, o calor a ese momento en que el crepúsculo susurra de otras muertes. No puedo recordar más, salvo que estuve allí, en esa piel, con ese sabor a desesperanza y sin embargo, también con esa tenacidad irreductible, aquel asirse a la más frágil e íntima voluntad de ser, más allá de convicciones, recuerdos, esperanzas o temores.

Esto último lo digo ahora, en este momento en que, todo estirado hacia el fondo, tomé cierto impulso sobre algo más sólido que el agua, generando una ligera ilusión de ascenso. No pude concebirlo entonces, aquella noche, manoteando ciegamente algún sentido, buscando en cualquier parte el cobijo que esta sensación de carencia insiste en ubicar afuera. No lo pude decir, digo, porque entonces sólo podía lanzar imprecaciones y todas mis flechas se disparaban envenenadas.

A veces el pasado nos inunda, nos lleva de vuelta a la rastra, a revivir heridas que creíamos cicatrizadas, que vuelven diciendo que no todo está saldado, que a este incierto presente llegamos con deudas.

Desde luego, no es tanto la permanencia de residuos del pasado lo que pesa aquí en la boca del estómago, sino la sensación de que no hemos aprendido nada, que la experiencia obtenida tan duramente se ha esfumado y forzosamente deberemos recorrer el mismo camino con humillación e impotencia, temiendo un nuevo fracaso. Y que volvemos, como advertía Marechal, “a morder las vainas de la furia con los dientes más blandos”.

Hace diez años, otro embarazo, otra herida de amor, otro trabajo insuficiente, otras carencias, también, otras esperanzas, y la ilusión de que el cambio siempre estaba allí, -tal vez- a la vuelta de la esquina, esperándonos con los brazos abiertos, una sonrisa, un “llegaste!”, ahí, a ese lugar al que te encaminabas dolorosamente, paso tras paso, sostenido a veces únicamente en la fe.

Yo sé que no es así, como sé que las certezas que perdí en el camino no lo fueron, como sé que estoy aquí, ahora, y respiro y vivo, y que aún eso es sólo tiempo y forma y juego. Pero, a veces, me olvido, me distraigo, no sé...

“Suelo morirme a las mañanas.

Justamente a la hora

de guardar El Escarabajo de Oro en el portafolios[...]

Humberto Costantini, “Suele suceder”, Cuestiones con la vida, Buenos Aires, Sapientia, setiembre de

1970, pág. 11.