viernes, febrero 01, 2008
(Fragmentos)
Atahualpa Yupanqui - Compositor y folklorista argentino.
[...]
Yo sé que muchos dirán
que peco de atrevimiento
si largo mi pensamiento
pal rumbo que ya elegí,
pero siempre hei sido ansí,
galopiador contra el viento.
Eso lo llevo en la sangre
dende mi tatarabuelo.
Gente de pata en suelo
fueron mis antepasaos;
criollos de cuatro provincias
y con indios misturaos.
Mi agüelo fue carretero,
mi tata fue domador;
nunca se buscó dotor
pues se curaban con yuyos,
o escuchando los murmuyos
de un estilo de mi flor.
Como buen rancho paisano
nunca faltó una encordada,
de ésas que parecen nada
pero que son sonadoras.
Según el canto y la hora
quedaba el alma sobada.
Mi tata era sabedor
por lo mucho que ha rodao.
Y después que había cantao
destemplaba cuarta y prima,
y le echaba un poncho encima
“pa que no hable demasiado...”.
La sangre tiene razones
que hacen engordar las venas.
Pena sobre pena y pena
hacen que uno pegue el grito.
La arena es un puñadito
pero hay montañas de arena.
No sé si mi canto es lindo
o si saldrá medio triste;
nunca fui zorzal, ni existe
plumaje más ordinario.
Yo soy pájaro corsario
que no conoce el alpiste.
Vuelo porque no me arrastro,
que el arrastrarse es la ruina;
anido en árbol de espina
lo mesmo que en cordilleras,
sin escuchar las zonceras
del que vuela a lo gallina.
No me arrimo así nomás
a los jardines floridos.
Sin querer vivo alvertido
pa no pisar el palito.
Hay pájaros que solitos
se entrampan por presumidos.
Aunque mucho he padecido
no me engrilla la prudencia.
Es una falsa experiencia
vivir temblándole a todo.
Cada cual tiene su modo;
la rebelión es mi cencia.
Pobre nací y pobre vivo,
por eso soy delicao.
Estoy con los de mi lao
cinchando tuitos parejos
pa hacer nuevo lo que es viejo
y verlo al mundo cambiao.
Yo soy de los del montón,
no soy flor de invernadero.
Soy como el trébol pampero,
crezco sin hacer barullo.
Me apreto contra los yuyos
y así lo aguanto al pampero.
Acostumbrao a las sierras
yo nunca me sé marear,
y si me siento alabar
me voy yendo despacito.
Pero aquel que es compadrito
paga pa hacerse nombrar.
Si alguien me dice señor,
agradezco el homenaje;
mas, soy gaucho entre gauchaje
y soy nada entre los sabios.
Y son pa mí los agravios
que le hagan al paisanaje.
La vanidá es yuyo malo
que envenena toda la huerta.
Es preciso estar alerta
manejando el azadón,
pero no falta el varón
que la riegue hasta en su puerta.
El trabajo es cosa buena,
es lo mejor de la vida;
pero la vida es perdida
trabajando en campo ajeno.
Unos trabajan de trueno
y es para otros la llovida.
Trabajé en una cantera
de piedritas de afilar.
Cuarenta sabían pagar
por cada piedra pulida,
y era a seis pesos vendida
en eso del negociar.
Apenas el sol salía
ya estaba a los martillazos,
y entre dos a los abrazos
con los tamaños piedrones,
y por esos moldejones
las manos hechas pedazos.
Otra vez fui panadero
y hachero en un quebrachal;
he cargao bloques de sal
y también he pelao cañas,
y un puñado de otras hazañas
pa mi bien o pa mi mal.
Buscando de desasnarme
fui pinche de escribanía;
la letra chiquita hacía
pa no malgastar sellao,
y era también apretao
el sueldo que recibía.
Cansao de tantas miserias
me largué pal Tucumán.
Lapacho, aliso, arrayán,
y hacha con los algarrobos.
¡Por dos cincuenta! Era robo
pa que uno tenga ese afán.
Sin estar fijo en un lao
a toda labor le hacía,
y ansí sucedió que un día
que andaba de benteveo
me topé con un arreo
que dende Salta venía.
Me picó ganas de andar
y apalabré al capataz,
y ansí, de golpe nomás
el hombre me preguntó:
¿Tiene mula? Cómo no,
le dije... Y hambre, de más.
A la semana de aquello
repechaba cordilleras,
faldas, cuestas y laderas
siempre pal lao del poniente,
bebiendo agua de vertiente
y aguantando las soleras.
Tal vez otro habrá rodao
tanto como he rodao yo,
y le juro, creameló,
que he visto tanta pobreza,
que yo pensé con tristeza:
Dios por aquí no pasó.
[...]
Una canción sale fácil
cuando uno quiere cantar.
Cuestión de ver y pensar
sobre las cosas del mundo.
Si el río es ancho y profundo
cruza quien sabe nadar.
Que otros canten alegrías
si es que alegres han vivido.
Que yo también he sabido
dormirme en esos engaños.
Pero han sido más los años
de porrazos recibidos.
Nadie podrá señalarme
que canto por amargao.
Si he pasao lo que he pasao
quiero servir de alvertencia.
El rodar no será cencia
pero tampoco es pecao.
Yo he caminao por el mundo,
he cruzao tierras y mares,
sin fronteras que me pare
y en cualesquiera guarida,
yo he cantao, tierra querida,
tus dichas y tus pesares.
A veces, caiban al canto
como vacaje a la aguada
para escuchar mis verseadas
hombres de todos los vientos,
trenzando sus sentimientos
al compás de mi encordada.
Pobre de aquel que no sabe
del canto las hermosuras.
La vida, la más oscura,
la que tiene más quebrantos,
hallará siempre en el canto
consuelo pa su tristura.
Dicen que no tienen canto
los ríos que son profundos.
Mas yo aprendí en este mundo
que el que tiene más hondura,
canta mejor por ser hondo,
y hace miel de su amargura.
Con los tumbos del camino
se entran a torcer las cargas.
Pero es ley que en huella larga
deberán acomodarse.
Y aquel que llega a olvidarse
las ha de pasar amargas.
Amigos: voy a dejar.
Está mi parte cumplida
en la forma preferida
de una milonga pampeana.
Canté de manera llana
ciertas cosas de mi vida.
Aura me voy. No sé adónde.
Pa mí todo rumbo es güeno.
Los campos, con ser ajenos
los cruzo de un galopito.
Guarida no necesito,
yo sé dormir al sereno...
Siempre hay alguna tapera
en la falda de una sierra.
Y mientras siga esta guerra
de injusticias para mí,
yo he de pensar desde allí
canciones para mi tierra.
Y aunque me quiten la vida
o engrillen mi libertad.
¡Y aunque chamusquen quizá
mi guitarra en los fogones,
han de vivir mis canciones
en l alma de los demás!
¡No me nuembren, que es pecao,
y no comenten mis trinos!
Yo me voy con mi destino
pal lao donde el sol se pierde.
¡Tal vez alguno se acuerde
que aquí cantó un argentino!
jueves, enero 31, 2008
Don Ata

TESTIMONIO FINAL
(J.E. Seri - A. Yupanqui)
Celebro mi destino
de sentir como siento,
de vivir como vivo,
de morir como muero.
Y porque lo celebro
y soy al fin la nada
de la sombra de un verso,
os digo: ¡muchas gracias!
Mil gracias, si señor
de la vida y la muerte,
por ser apenas esto,
brizna efímera y leve.
Y el de pasar mis días
finales en el mundo,
con las manos vacías
y el corazón profundo.
de libros
Una lección anarquista
30/01/08
Por Oscar Taffetani
(APe).- Llega a nuestras manos un carnet de la Unión de Repartidores de Pan de Bahía Blanca, firmado por su secretario general, H. Aguilera, en 1928.
El carnet le fue extendido al joven LT, que entraba al gremio de los panaderos para ganar un salario que le permitiera ayudar a la economía de su familia.
Los Estatutos de aquel sindicato, impresos en las mismas hojas del carnet, decían con claridad cuál era el compromiso de la entidad, así como el de sus afiliados.
“Esta Sociedad tiene por objeto (art. 2) mejorar las condiciones moral y materialmente de sus asociados por los siguientes medios: a) procurar que en todas las panaderías exista uniformidad en los salarios y condiciones de trabajo; b) sostener una biblioteca en su local y organizar conversaciones y conferencias instructivas...”
En otro pasaje se marca la completa autonomía (y autofinanciación) del sindicato para cumplir con sus objetivos: “Los conflictos entre patrones y empleados sólo se solucionarán con la intervención de la Sociedad, sin permitir la intromisión de personas extrañas a la misma...” (art. 3).
En los pasajes citados está implícito un pensamiento sobre el papel de las organizaciones sociales y políticas en la formación -léase educación- de sus bases y cuadros dirigentes.
El mismo debate
Así como los jacobinos franceses de 1789, fieles al credo iluminista, tenían especial devoción por la Enciclopedia (que guardara en un solo libro la suma del conocimiento humano), así también los reformadores y transformadores sociales del siglo XIX y principios del XX hallaron en la Bibliotecas (bibliotecas populares, autónomas, libres de censura) una gran herramienta para la ilustración y alfabetización política de la juventud obrera.
Y los anarquistas fueron más allá: con proyectos como la Escuela Moderna de Barcelona, creada en 1901 por Francisco Ferrer Guardia, apuntaron a desarrollar una pedagogía libertaria, que cambiara las mentes y las conciencias y que fuera preparando a los futuros hombres y mujeres para cambiar el orden político y social.
La vertiente educacionista del anarquismo (así la llamaban) no fue la única. También estaban los gremialistas, que hallaban en el ámbito de sociabilidad de los mismos sindicatos -al decir de Juan Suriano- “un excelente instructor y educador obrero”.
Por último, estaban esos luchadores que, siendo concientes de que cada sociedad diseña la educación que necesita, pensaban que una nueva pedagogía sólo podía ser desarrollada en una situación post-revolucionaria. En otras palabras: que la educación anarquista sólo podría impartirse tras el derrumbe del “Estado burgués”.
Hoy estudiamos todas esas vertientes de pensamiento, y aquel debate, con un espíritu casi arqueológico, sin advertir que esas mismas ideas podrían ser reformuladas y lanzadas otra vez al tapete en este comienzo de siglo.
Autonomía y libertad
El sistema capitalista, en una fase de trasnacionalización que no entrevieron, en su magnitud, los padres del socialismo y el comunismo, deja como legado, a la humanidad futura, un nivel de exclusión y expulsión masiva de la historia nunca antes visto.
Hubo saltos inéditos en el conocimiento (pensemos en la revolución digital o en la revolución genética, sin ir más lejos). Pero esas revoluciones conviven con arcaicas y violentas relaciones de propiedad sobre los bienes de la naturaleza, los bienes industriales y la cultura.
Ciertamente, como herencia de las luchas libertarias y socialistas de siglo y medio, nos ha quedado un pasado “arqueológico” extraordinariamente rico en ideas y realizaciones por estudiar, junto con innegables avances en la legislación del derecho general y de los nuevos derechos.
Pero allí nos encontramos, a menudo, con el aborrecible doble estándar: derechos humanos sí, pero para algunos; ciudadanía para unos pocos; un rasero distinto para medir a los pudientes y a los no-pudientes.
¿Cómo podríamos plantear, en este contexto, aquella pregunta que dividía las aguas en la pedagogía anarquista del siglo XIX?
La revolución social (aquella “RS” que consignaban esperanzados en sus cartas los encarcelados y los clandestinos de aquella época), en el mundo del panóptico global y la hipervigilancia, se vuelve improbable.
Es difícil, en los tiempos que corren, que una hipotética “toma de la Bastilla” le gane a la humanidad el derecho a redactar un nuevo calendario o elaborar una nueva pedagogía.
Además -como observaron Marx y otros pensadores- es casi nula la posibilidad de que el hombre o la mujer degradados, embrutecidos o privados del conocimiento, se conviertan en sujetos de cambio.
Sin embargo, se nos ocurre que la fórmula es sencilla. Sigue siendo sencilla. Tan sencilla como aquella estampada en el carnet de un modesto miembro de la Unión de Repartidores de Pan, Bahía Blanca, 1928: mejorar las condiciones morales y materiales.
El pan, el libro... y las alpargatas, por qué no.
Y un espíritu libertario para tejer redes, no solo en la Web.
Agencia de Noticias "Pelota de Trapo"
martes, enero 29, 2008
SORIANO

Por Eduardo Galeano
En uno de sus cuentos, Soriano imaginó un partido de fútbol en algún pueblito perdido en la Patagonia. Al equipo local, nunca nadie le había metido un gol en su cancha. Semejante agravio estaba prohibido, bajo pena de horca o tremenda paliza. En el cuento, el equipo visitante evitaba la tentación durante todo el partido, pero al final el delantero centro quedaba solo frente al arquero y no tenía más remedio que pasarle la pelota entre las piernas.
Diez años después, cuando Soriano llegó al aeropuerto de Neuquén, un desconocido lo estrujó en un abrazo y lo alzó con valija y todo:
–¡Gol, no! ¡Golazo! –gritó–. ¡Te estoy viendo! ¡A lo Pelé lo festejaste! –y cayó de rodillas, elevando los brazos al cielo.
Después, se cubrió la cabeza:
–¡Qué manera de llover piedras! ¡Qué biaba nos dieron!
Soriano, boquiabierto, escuchaba con la valija en la mano.
–¡Se te vinieron encima! ¡Eran un pueblo! –gritó el entusiasta. Y señalándolo con el pulgar, informó a los curiosos que se iban acercando:
–A éste, yo le salvé la vida.
Y les contó, con lujo de detalles, la tremenda gresca que se había armado al fin del partido: ese partido que el autor había jugado en soledad, una noche lejana, sentado ante una máquina de escribir, un cenicero lleno de puchos y un par de gatos dormilones.
(El texto de Galeano, llamado “El lector” forma parte de su libro Bocas del tiempo. Hoy se cumplen once años de la muerte de Osvaldo Soriano.)
www.pagina12.com.ar (hoy)