domingo, diciembre 20, 2015

del filosofar



Pienso, estimo, sospecho
Deseo, barrunto, deduzco
Anhelo, colijo, pregunto
Fantaseo, supongo, infiero
Temo, me entusiasmo, espero
Sueño,  auguro, opino
Presiento,  reflexiono, proyecto
Cavilo, medito, presumo,
Especulo, reflexiono, desespero
y al final del día
la única certeza

es este estar;
existir
dudando 

sábado, diciembre 19, 2015

Noviembre

Acaba de caer la última hoja del castaño.
La vi flotar, indecisa, unos segundos
Antes de posarse a medias sobre un charco
No hubo tiempo para ceremonias, un 
Transeúnte ya la hundía bajo la bota, 
Y el momento pasó, como casi todos.
Las demás, que hasta ayer
alfombraban el patio y crujían al paso,
esperan su destino embolsadas en el rincón.
Los bosques ayer dorados, se han oxidado irremediablemente
Allí adonde la desnudez no llega todavía
Y el sol, lejano y pálido
apenas asoma de vez en cuando
entre nubes espesas y sombrías,

30 tonos de gris pincelados por el viento.
Y aunque el frío aún no muerda
Va mostrando los dientes.
Dicen que podría nevar el domingo
Revuelvo cajones buscando la bufanda
pero no la encuentro...


22/11/2015

domingo, enero 20, 2013

Del gran Humberto Costantini


Suelo morirme a las mañanas.
Justamente a la hora
de guardar El escarabajo de oro en el portafolios,
cuando el andén de Constitución
recibe los últimos boqueos de mi subterráneo,
y el reumatismo, que ya me perdió el respeto,
me palmea confianzudamente la rodilla
al levantarme.
Suelo morirme a las mañanas,
casi sin odio le digo no va más
a tanta cosa ardiente que me brota ¿de dónde?
y un dos, un dos, un dos,
el viejo embozalarse molinetes,
el viejo insomnio trepando pasamanos,
un dos, un dos, un dos
un poco de fatiga y la bufanda
y la piel de aguantar
hasta el dedo del jefe en mis papeles.
Y me muero.
Acudo al Equanil, recuerdo deudas,
me grito pobre tipo,
y ya me estoy tocando la calvicie,
y ya salgo a comprar comprando bicarbonato,
me doy un tironcito a la mortaja,
y chau, me quedo muerto.

Pero ocurre que a veces,
a veces porque sí,
por primavera,
por cuento por salir,
o por muchacha,
me vuelvo inteligente, solidario,
sé de pronto quién soy
y dónde piso.
Se me viene un pasado a la memoria
y me nace un futuro en la garganta,
crezco en el tiempo
y me circulo entero.
Y ya me nace la palabra hombre
y el prodigio de ser hasta el zapato
de puro estar cambiando el universo,
creyéndome y creyendo.

Creyéndome y creyendo
cuando le planto un no como una casa
al jefe, al comisario, a Jesucristo,
cuando me doy en Cacho para siempre,
haciendo lo que hago, cosas, cuentos,
pateando la tristeza,
alborotando,
dando mi piel caliente,
mis dos manos,
este soy yo venga una copa y cante,
qué tanto fin de mes ni tanta cuenta,
sí el hermanito Zeus
me hace la seña del as
y voy matando

y voy matando sombras
degollando
muñecos de aserrín que dicen dónde
dónde nos lleva este sufrir sufriendo
y hasta cuándo
hasta cuando me saquen a tirones
de esta ciudad que es hembra
y me responde

que todo el aire es canto
y voy cantando.

Y entonces sí,
entonces sí compadre, resucito,
siento mis pies que pisan y prometen,
se me va el reuma, el hígado, el resfrío,
ando de Constantini hasta los pelos,
digo gran puta lo que soy viviendo,
le aprieto la cintura a Buenos Aires,
le hago un hijo de sangre, canto y cuento,
y salgo a caminar con tanta vida,
con tanta cosa ardiente aquí en el pecho.

Homberto Costantini  

jueves, abril 12, 2012

Cartas a Isabel Russo II


Querida Isabel,

Es de noche, la luna llena baña el palacio con su luz lechosa, atraviesa el alabastro de sus columnas, se derrama sobre la bóveda central, las torres, recorre los intrincados diseños de muros y ventanas. El edificio se alza imponente, desafiando al cielo, que se desploma de estrellas a su alrededor.

Recorro sus naves vacías con fascinación y una inexpresable inquietud. Sigo un camino circular desde sus extremos al centro. Allí descubro la cámara principal... un salón enorme, tambien vacío, salvo por un marmol de unos dos metros de largo por uno de ancho y 60 centímetros de alto en el centro de la desnuda habitación. Me acerco con cautela, un frio intenso habita la sala y se instala rápidamente en mis huesos. La inquietud que fue sospecha cristaliza en certeza... bajo ese marmol yace un cuerpo, y el edificio no es palacio sino tumba...

Me desperté sin aliento asfixiado por ese monumento grotesco en su tamaño y artificio, su belleza convertida en horror. Me levanté para escribirte ya, con las manos temblorosas, para rogarte que cuando llegue mi hora devuelvas mi cuerpo a la tierra, apenas envuelto en una leve mortaja (para no exponer mi miseria), que pueda desaparecer en ella, ser consumido sin demora por los insectos, atravesado por raíces y tallos, devolviendo el alimento que he recibido, desintegrándome. Por favor asegúrate de que no quede rastro alguno en el lugar... que el viento barra cualquier marca y la lluvia lo lave. Prométemelo Isabel, no podré dormir hasta que no reciba tu palabra...

e.c.

Cartas a Isabel Russo I


Isabel... Isabel... he intuido el vacío... sentí su mirada en todo el cuerpo y se me crispó el alma, y todo, lo que soy, lo que pienso, siento, imagino quedó reducido a cenizas. Un frío glaciar me atraviesa y sé que la muerte está siempre a un paso. Isabel, me dió vértigo; sabes que nunca me han gustado las alturas, te he mencionado el magnetismo de los precipicios, la fuerza irresistible del fondo. Quise entregarme de una vez a su abrazo... es tan poco lo que me retiene y ese poco, al fin y al cabo, es humo.

Pero hay, a pesar de todo, una voluntad, una tozudez irreductible, una duda ¿y si no fuera el final?, que me arraiga lo suficiente para intentar la resistencia, desafiar lo inevitable o sus condiciones, hurgar en el rincón más remoto del ser en busca de la energía para la última carga. ¿Será arrogancia el no querer morir echado, gimoteando o presa de algún delirio? No estoy en condiciones de filosofar al respecto, es tal vez lo único que me queda y acaso sobre con él consiga edificar una torre, un dolmen o una lápida. Veremos.

e.c.

lunes, marzo 01, 2010

La Escritura de Dios





La cárcel es profunda y de piedra; su forma, la de un hemisferio casi perfecto, si bien el piso(que también es de piedra) es algo menor que un círculo máximo, hecho que agrava de algún modo los sentimientos de opresión y de vastedad. Un muro medianero la corta; éste, aunque altísimo, no toca la parte superior de la bóveda; de un lado estoy yo, Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom, que Pedro de Alvarado incendió; del otro, hay un jaguar, que mide en secretos pasos iguales el tiempo y el espacio del cautiverio. A ras del suelo, una larga ventana con barrotes corta el muro central. En la hora sin sombra [el mediodía] se abre una trampa en lo alto y un carcelero que ha ido borrando los años maniobra una roldana de hierro, y nos baja, en la punta de un cordel, cántaros con agua y trozos de carne. La luz entra en la bóveda; en ese instante puedo ver al jaguar.

He perdido la cifra de los años que yazgo en la tiniebla; yo, que alguna vez era joven y podía caminar por esta prisión, no hago otra cosa que aguardar, en la postura de mi muerte, el fin que me destinan los dioses. Con el hondo cuchillo de pedernal he abierto el pecho de las víctimas y ahora no podría, sin magia, levantarme del polvo.

La víspera del incendio de la Pirámide, los hombres que bajaron de altos caballos me castigaron con metales ardientes para que revelara el lugar de un tesoro escondido. Abatieron, delante de mis ojos, el ídolo del dios, pero éste no me abandonó y me mantuve silencioso entre los tormentos. Me laceraron, me rompieron, me deformaron y luego desperté en esta cárcel, que ya no dejaré en mi vida mortal.

Urgido por la fatalidad de hacer algo, de poblar de algún modo el tiempo, quise recordar, en mi sombra, todo lo que sabía. Noches enteras malgasté en recordar el orden y el número de unas sierpes de piedra o la forma de un árbol medicinal. Así fui debelando los años, así fui entrando en posesión de lo que ya era mío. Una noche sentí que me acercaba a un recuerdo preciso; antes de ver el mar, el viajero siente una agitación en la sangre. Horas después, empecé a avistar el recuerdo; era una de las tradiciones del dios. Éste, previendo que en el fin de los tiempos ocurrirían muchas desventuras y ruinas, escribió el primer día de la Creación una sentencia mágica, apta para conjurar esos males. La escribió de manera que llegara a las más apartadas generaciones y que no la tocara el azar. Nadie sabe en qué punto la escribió ni con qué caracteres, pero nos consta que perdura, secreta, y que la leerá un elegido. Consideré que estábamos, como siempre, en el fin de los tiempos y que mi destino de último sacerdote del dios me daría acceso al privilegio de intuir esa escritura. El hecho de que rodeara una cárcel, no me vedaba esa esperanza; acaso yo había visto miles de veces la inscripción de Qaholom y sólo me faltaba entenderla.

Esta reflexión me animó y luego me infundió una especie de vértigo. En el ámbito de la Tierra hay formas antiguas, formas incorruptibles y eternas; cualquiera de ella podía ser el símbolo buscado. Una montaña podía ser la palabra de dios, o un río o el imperio o la configuración de los astros. Pero en el curso de los siglos, las montañas se allanan y el camino de un río suele desviarse y los imperios conocen mutaciones y estragos y la figura de los astros varía. En el firmamento hay mudanza. La montaña y la estrella son individuos y los individuos caducan. Busqué algo más tenaz, más invunerable. Pensé en las generaciones de los cereales, de los pastos, de los pájaros, de los hombres. Quizás en mi cara estuviera escrita la magia, quizás yo mismo fuera el fin de mi busca. En ese afán estaba cuando recordé que el jaguar era uno de los atributos del dios.

Entonces mi alma se llenó de piedad. Imaginé la primera mañana del tiempo, imaginé a mi dios confiando el mensaje a la piel viva de los jaguares, que se amarían y se engendrarían sin fin, en cavernas, en cañaverales, en islas, para que los últimos hombres lo recibieran. Imaginé esa red de tigres, ese caliente laberinto de tigres, dando horror a los prados y a los rebaños para conservar un dibujo. En la otra celda había un jaguar; en su vecindad percibí una confirmación de mi conjetura y un secreto favor.

Dediqué largos años a aprender el orden y la configuración de las manchas. Cada ciega jornada me concedía un instante de luz, y así pude fijar en la mente las negras formas que tachaban el pelaje amarillo. Algunas incluían puntos; otras formaban rayas transversales en la cara interior de las piernas; otras, anulares, se repetían. Acaso eran un mismo sonido o una misma palabra. Muchas tenían bordes rojos.

No diré las fatigas de mi labor. Más de una vez grité a la bóveda que era imposible descifrar aquel texto. Gradualmente, el enigma concreto que me atareaba me inquietó menos que el enigma genérico de una sentencia escrita por un dios. ¿Qué tipo de sentencia (me pregunté) construirá una mente absoluta? Consideré que aun en los lenguajes humanos no hay proposición que no implique el universo entero; decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. Consideré que en el lenguaje de un dios, toda palabra enunciaría esa infinita concatenación de los hechos, y no de un modo implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Con el tiempo, la noción de una sentencia divina parecióme pueril o blasfematoria. Un dios, reflexioné, sólo debe decir una palabra y en esa palabra la plenitud. Ninguna voz articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo. Sombras o simulacros de esa voz que equivale a un lenguaje y cuanto puede comprender un lenguaje, son las ambiciosas y pobres voces humanas, todo, mundo, universo.

Un día o una noche - entre mis días y mis noches, ¿qué diferencia cabe? - soñé que en el piso de la cárcel había un grano de arena. Volví a dormir, indiferente; soñé que despertaba y que había dos granos de arena. Volví a dormir; soñé que los granos de arena eran tres. Fueron, así, multiplicándose hasta colmar la cárcel y yo moría bajo ese hemisferio de arena. Comprendí que estaba soñando; con un vasto esfuerzo me desperté. El despertar fue inútil; la innumerable arena me sofocaba. Alguien me dijo: No has despertado a la vigilia, sino a un sueño anterior. Ese sueño está dentro de otro, y así hasta lo infinito, que es el número de granos de arena. El camino que habrás de desandar es interminable y morirás antes de haber despertado realmente.

Me sentí perdido. La arena me rompía la boca, pero grité: Ni una arena soñada puede matarme ni hay sueños que estén dentro de los sueños. Un resplandor me despertó. En la tiniebla superior se cernía un círculo de luz. Vi la cara y las manos del carcelero, la rodaja, el cordel, la carne y los cántaros.

Un hombre se confunde, gradualmente con la forma de su destino; un hombre es, a la larga, sus circustancias. Más que un descifrador o un vengador, más que un sacerdote del dios, yo era un encarcelado. Del incansable laberinto de sueños yo regresé como a mi casa a la dura prisión. Bendije su humedad, bendije su tigre, bendije el agujero de luz, bendije mi viejo cuerpo doliente, bendije la tiniebla y la piedra.

Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo (no sé si estas palabras difieren). El éxtasis no repite sus símbolos; hay quien ha visto a Dios en un resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de una rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita. Entretejidas, la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron, y yo era una de las hebras de esa trama total, y Pedro de Alvarado, que me dio tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los efectos y me bastaba ver esa Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh, dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! Vi el universo y vi los íntimos designios del universo. Vi los orígenes que narra el Libro del Común. Vi las muchas montañas que surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo, vi las tinajas que se volvieron contra los hombres, vi los perros que les destrozaron las caras. Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la escritura del tigre.

En una fórmula de catorce palabras casuales (que parecen casuales) y me bastaría decirla en voz alta para ser todopoderoso. Me bastaría decirla para abolir esta cárcel de piedra, para que el día entrara en mi noche, para ser joven, para ser inmortal, para que el tigre destrozara a De Alvarado, para sumir el santo cuchillo en pechos españoles, para reconstruir la pirámide, para reconstruir el imperio. Cuarenta sílabas, catorce palabras, y yo, Tzinacán, regiría las tierras que rigió Moctezuma. Pero yo sé que nunca diré esas palabras, porque ya no me acuerdo de Tzinacán.

Que muera conmigo el misterio que está escrito en los tigres. Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto lo ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él. Ese hombre ha sido él y ahora no le importa. Qué le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si él ahora no es nadie. Por eso no pronuncio la fórmula, por eso dejo que me olviden los días, acostado en la oscuridad.

A Emma Risso Platero

Jorge Luis Borges

lunes, mayo 11, 2009



-Me gustan los poemas por muchas razones -dijo-. Una de ellas es porque captan esa preocupación ancestral y pueden explicarlo.
Reconoció que los poetas estaban profundamente afectados por el vínculo con el espíritu, pero que se daban cuenta de ello de manera intuitiva y no de manera deliberada y pragmática como lo hacen los brujos.
-Los poetas no tienen una noción directa del espíritu -continuó-. Esa es la causa por la cual sus poemas realmente no son verdaderos gestos al espíritu, aunque andan bastante cerca.
Tomó uno de mis libros de poesía de la silla próxima a él. Era una colección de poemas escritos por Juan Ramón Jiménez. Lo abrió en una página señalada por un marcador; me lo tendió e hizo señas para que leyera.

¿Soy yo quien anda, esta noche,
por mi cuarto, o el mendigo
que rondaba mi jardín,
al caer la tarde?...
Miro
en torno y hallo que todo
es lo mismo y no es lo mismo...
¿La ventana estaba abierta?
¿Yo no me había dormido?
¿El jardín no estaba verde
de luna? ... ...El cielo era limpio
y azul... Y hay nubes y viento
y el jardín está sombrío...

Creo que mi barba era
negra... Yo estaba vestido
de gris... Y mi barba es blanca
y estoy enlutado... ¿Es mío
éste andar? ¿Tiene esta voz,
que ahora suena en mí, los ritmos
de la voz que yo tenía?
¿Soy yo, o soy el mendigo
que rondaba mi jardín,
al caer la tarde?...
Miro
en torno... Hay nubes y viento...
El jardín está sombrío ...

...Y voy y vengo... ¿Es que yo
no me había ya dormido?
Mi barba está blanca... Y todo
es lo mismo y no es lo mismo...

Releí el poema otra vez para mis adentros y capté el estado de impotencia y azoro del poeta. Le pregunté a don Juan si él captaba lo mismo.
-Creo que el poeta siente la presión de la vejez y el ansia que eso produce -dijo don Juan-. Pero eso es sólo una parte. La otra parte, la que me interesa es que el poeta, aunque no mueve nunca su punto de encaje, intuye que algo increíble está en juego. Intuye con gran precisión que existe un factor innominado, imponente por su misma simplicidad que determina nuestro destino.

viernes, diciembre 12, 2008

Inventarios



PARA DIANA

Por la luz y por la sombra,
Y las tardes junto al río
Por el fuego y la madera y las piedras y el camino
Por los paseos en el bosque,
el sol jugando sobre el lago,
la aventura. el descanso,
y la rosa y el gusano;

Por los alerces, por el puma,
el salto del delfín y las mareas,
por el canto y el silencio
y la ternura y el encuentro;

Por la serenidad y la esperanza,
El dolor, el gozo y la risa
el perfume de jazmines, la sorpresa,
Por el viento, la montaña y la neblina;

Por Todos los colores y las lágrimas,
los frutos de esta tierra y las estrellas,
por la sábana, el mantel y los amigos;

Por la pantera, el ciervo y el vacío,
La música, el brujo y el estío,
Por este cuerpo, el corazón, las manos,
la gracia, la semilla, el carpintero;

Por la enseñanza, la memoria y el olvido
Los finales, intermedios y principios
y la paz, la sencillez y el retorno,
el abrazo, el círculo, la poesía
la fuente, el cantaro y la nada,
la respiración, la vida y el regazo
y vos y yo... y el infinito,
GRACIAS!


Juan