Isabel... Isabel... he intuido el vacío... sentí su mirada
en todo el cuerpo y se me crispó el alma, y todo, lo que soy, lo que pienso,
siento, imagino quedó reducido a cenizas. Un frío glaciar me atraviesa y sé que
la muerte está siempre a un paso. Isabel, me dió vértigo; sabes que nunca me
han gustado las alturas, te he mencionado el magnetismo de los precipicios, la
fuerza irresistible del fondo. Quise entregarme de una vez a su abrazo... es
tan poco lo que me retiene y ese poco, al fin y al cabo, es humo.
Pero hay, a pesar de todo, una voluntad, una tozudez
irreductible, una duda ¿y si no fuera el final?, que me arraiga lo suficiente
para intentar la resistencia, desafiar lo inevitable o sus condiciones, hurgar
en el rincón más remoto del ser en busca de la energía para la última carga.
¿Será arrogancia el no querer morir echado, gimoteando o presa de algún
delirio? No estoy en condiciones de filosofar al respecto, es tal vez lo único
que me queda y acaso sobre con él consiga edificar una torre, un dolmen o una
lápida. Veremos.
e.c.
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