No es que dejaran de vivir entre nosotros. Treinta años cruzándolos en cualquier esquina o bar o pasillo... Treinta años escuchándolos mentir, torcer, justificar... pero la lucha de tantos compañeros vivos y muertos no fue en vano y llegó un momento en que el consenso democrático los relegó al ámbito de lo vergonzante. Pero con la progresiva erosión de la impunidad estalló el miedo y ya sabemos cómo reaccionan los cobardes violentos. Otra vez se impone la resistencia, mantener la sed de justicia, la memoria implacable y la dignidad de los justos perseguidos.
Porque no hay paz sin justicia, nos hay justicia sin castigo a los culpables, no hay reconciliación sin arrepentimiento y reparación. Porque los que secuestran, torturan, desaparecen, matan, encubren y justifican el crimen son y serán siempre el enemigo.
A Julio López, a los testigos, a los que resisten
LOS ENEMIGOS
Ellos aquí trajeron los fusiles repletos
de pólvora, ellos mandaron el acerbo exterminio,
ellos aquí encontraron un pueblo que cantaba,
un pueblo por deber y por amor reunido,
y la delgada niña cayó con su bandera,
y el joven sonriente rodó a su lado herido,
y el estupor del pueblo vio caer a los muertos
con furia y con dolor.
Entonces, en el sitio
Donde cayeron asesinados,
Bajaron las banderas a empaparse de sangre
Para alzarse de nuevo frente a los asesinos.
Por estos muertos, nuestros muertos
Pido castigo.
Para los que de sangre salpicaron la patria,
Pido castigo.
Para el verdugo que mandó esta muerte,
Pido castigo,
Para el traidor que ascendió sobre el crimen
Pido castigo.
Para el que dio la orden de agonía,
Pido castigo.
Para los que defendieron este crimen,
Pido castigo.
No quiero que me den la mano
Empapada con nuestra sangre.
Pido castigo.
No los quiero de embajadores,
Tampoco en su casa tranquilos,
Los quiero ver juzgados,
En esta plaza, en este sitio.
Quiero castigo.
Pablo Neruda
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