Hay gente por ahí, con la que nunca compartiste un café, ni cruzaste una mirada, y que sin embargo te son tan cercanos como un hermano, tan entrañables como un amigo de la infancia, tan imprescindibles como el café con leche con medias lunas.
Saber que están allí afuera, respirando, recorriendo los mismos sucesos colectivos con su mirada particular, compartiendo sin saberlo un mismo asombro, iguales tristezas y esperanzas, te reconforta, y el mundo parece un lugar menos inhóspito.
Hay gente por ahí que posee un talento tan inmenso que los podés admirar incondicionalmente, a salvo del aguijón ponzoñoso de la envidia; de esos que te hacen reir hasta las lágrimas, sin renunciar a la conciencia; que jamás pisaron púlpitos ni cátedras pero enseñan todo el tiempo.
Hay gente por ahí que desvela lo absurdo y lo cruel de esta vida con ternura y compasión y humor; que vive a pesar de todo, que comparte lo mejor de sí sin medir el precio.
Hay gente por ahí que te hace querer lugares en los que nunca estuviste, enarbolar banderas que no sabías que existían, hinchar por equipos que no son el tuyo.
De esa gente tan poca, tan valiosa, tan necesaria era el Negro Fontanarrosa. Y cuando se te mueren perdiste tu entrada para la final de Rosario Central con Ñuls, tu mesita en la ventana de El Cairo (ahí, donde termina la ola en los mundiales) y un cachito más de ganas.
Qué lo parió.
GRACIAS NEGRO!
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