viernes, diciembre 12, 2008

Inventarios



PARA DIANA

Por la luz y por la sombra,
Y las tardes junto al río
Por el fuego y la madera y las piedras y el camino
Por los paseos en el bosque,
el sol jugando sobre el lago,
la aventura. el descanso,
y la rosa y el gusano;

Por los alerces, por el puma,
el salto del delfín y las mareas,
por el canto y el silencio
y la ternura y el encuentro;

Por la serenidad y la esperanza,
El dolor, el gozo y la risa
el perfume de jazmines, la sorpresa,
Por el viento, la montaña y la neblina;

Por Todos los colores y las lágrimas,
los frutos de esta tierra y las estrellas,
por la sábana, el mantel y los amigos;

Por la pantera, el ciervo y el vacío,
La música, el brujo y el estío,
Por este cuerpo, el corazón, las manos,
la gracia, la semilla, el carpintero;

Por la enseñanza, la memoria y el olvido
Los finales, intermedios y principios
y la paz, la sencillez y el retorno,
el abrazo, el círculo, la poesía
la fuente, el cantaro y la nada,
la respiración, la vida y el regazo
y vos y yo... y el infinito,
GRACIAS!


Juan

lunes, diciembre 01, 2008

OTRO POEMA DE LOS DONES



Gracias quiero dar al divino
Laberinto de los efectos y de las causas
Por la diversidad de las criaturas
Que forman este singular universo,
Por la razón, que no dejará de soñar
Con un plano del laberinto.
Por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises,
Por el amor, que nos deja ver a los otros
Como los ve la Divinidad,
Por el firme diamante y el agua suelta,
Por el álgebra, palacio de precisos cristales,
Por las místicas monedas de Angel Silesio,
Por Schöpenhauer,
Que acaso descifró el universo,
Por el fulgor del fuego
Que ningún ser humano puede mirar sin un asombro antiguo,
Por la caoba, el cedro y el sándalo,
Por el pan y la sal,
Por el misterio de la rosa
Que prodiga color y no lo ve,
Por ciertas vísperas y días de 1955,(!)
Por los duros troperos que en la llanura
Arrean los animales y el alba,
Por la mañana en Montevideo,
Por el arte de la amistad,
Por el último día de Sócrates,
Por las palabras que en un crepúsculo se dijeron
De una cruz a otra cruz,
Por aquel sueño del Islam que abarcó
Mil noches y una noche,
Por aquel otro sueño del infierno,
De la torre del fuego que purifica
Y de las esferas gloriosas,
Por Swedenborg,
Que conversaba con los ángeles en las calles de Londres,
Por los ríos secretos e inmemoriales
Que convergen en mí,
Por el idioma que, hace siglos, hablé en Nortumbia,
Por la espada y el arpa de los sajones,
Por el mar, que es un desierto resplandeciente
Y una cifra de cosas que no sabemos
Y un epitafio de los vikings,
Por la música verbal de Inglaterra,
Por la música verbal de Alemania,
Por el oro, que relumbra en los versos,
Por el épico invierno,
Por el nombre de un libro que no he leído :
Gesta Dei per Francos,
Por Verlaine, inocente como los pájaros,
Por el prisma de cristal y la pesa de bronce,
Por las rayas del tigre,
Por las altas torres de San Francisco y de la isla de Manhattan,
Por la mañana en Texas.
Por aquel Sevillano que redactó la Epístola Moral
Y cuyo nombre, como él hubiera preferido, ignoramos,
Por Séneca y Lucano, de Córdoba,
Que antes del español escribieron
Toda la literatura española,
Por el geométrico y bizarro ajedrez,
Por la tortuga de Zenón y el mapa de Royce,
Por el olor medicinal de los eucaliptos,
Por el lenguaje, que puede simular la sabiduría,
Por el olvido, que anula o modifica el pasado,
Por la costumbre,
Que nos repite y nos confirma como un espejo,
Por la mañana, que nos depara la ilusión de un principio,
Por la noche, su tiniebla y su astronomía,
Por el valor y la felicidad de los otros,
Por la patria, sentida en los jazmines
en una vieja espada,
Por Whitman y Francisco de Asís, que ya escribieron el poema,
Por el hecho de que el poema es inagotable
Y se confunde con la suma de las criaturas
Y no llegará jamás al último verso
Y varía según los hombres,
Por Frances Haslam, que pidió perdón a sus hijos
Por morir tan despacio,
Por los minutos que preceden al sueño,
Por el sueño y la muerte,
Esos dos tesoros ocultos,
Por los íntimos dones que no enumero,
Por la música, misteriosa forma del tiempo.

JORGE LUIS BORGES

COMO LA CIGARRA




Tantas veces me mataron,
tantas veces me morí,
sin embargo estoy aqui
resucitando.
Gracias doy a la desgracia
y a la mano con puñal
porque me mató tan mal,
y seguí cantando.

Cantando al sol como la cigarra
después de un año bajo la tierra,
igual que sobreviviente
que vuelve de la guerra.

Tantas veces me borraron,
tantas desaparecí,
a mi propio entierro fui
sola y llorando.
Hice un nudo en el pañuelo
pero me olvidé después
que no era la única vez,
y volví cantando.

Tantas veces te mataron,
tantas resucitarás,
tantas noches pasarás
desesperando.
A la hora del naufragio
y la de la oscuridad
alguien te rescatará
para ir cantando.

María Elena Walsh

Muchas Gracias




Sirve y me inclino
ante tu palabra, luz de mi pensamiento. Abrirán
las puertas, dejarán entender: los artistas, los
intelectuales, siempre
han sacudido el polvo de la realidad; descubrieron
caminos, emancipaciones
que no siempre lograron recorrer: era
prematuro en algunos casos, en otros fue distinto
– convengamos–, otras palabras son, bajar
la corredera de la mira, buscar con el guión
y dar justamente sobre algo que puede
moverse; un bulto,
un meneo a menos de cien metros
de tu corazón vulnerable, también enemigo.

La suerte ha dejado aquí de andar
fallando: se encendió la luz y pudo verse el caos, las
flagrancias: esa mano
allí, esta codicia; el miedo y otras mezquindades se pusieron
en evidencia y el amor
no aparecía por ninguna parte. Recompuestos
de la sorpresa, rendidos ante los hechos, nadie
pudo negar que en este país, en este
continente, nos estamos todos muriendo de vergüenza.

Aquí estoy perdiendo amigos, buscando
viejos compañeros de armas, ganándome tardíamente
la vida, queriendo respirar
trozos de esperanzas, bocanadas de aliento; salir
volando para no hacer agua, para
ver toda la tierra y caer en sus brazos.

Paco Urondo

lunes, septiembre 01, 2008

Orígenes




Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso de su huida
hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí, tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento...

Angel Gonzalez murió en Madrid el 12 de enero de 2008

Noticias de allá lejos

Arte de ultimar
Telegramas
http://static.pagina12.com.ar/fotos/20080901/notas/na32fo02.jpg
Por Juan Sasturain

En un libro muy divertido e inteligente titulado Museo del chisme, Edgardo Cozarinsky recoge y transcribe una anécdota –un chisme, un alevoso trascendido– que implica a dos grandes escritores franceses del siglo veinte, dos premios Nobel, dos amigos que no dejaron de polemizar durante décadas: el ateo consecuente André Gide y el no menos católico militante François Mauriac.

Según cuenta Cozarinsky que le contaron, cada vez que el homosexual Gide iba de vacaciones a Marruecos o Argelia en busca de sosiego y algo más, y se encamaba con algún dócil jovencito del lugar solía –después de los hechos– detenerse en dejar huella memoriosa de su paso. Así, acostumbraba confiarle al ocasional compañero de lecho que él, en Francia, era un hombre muy conocido, un escritor famoso, y que sería bueno para el muchacho tener su nombre bien presente a la hora de establecer contactos íntimos con otros ocasionales turistas sexuales europeos: “No te olvides: diles que estuviste con François Mauriac”. Qué bárbaro este Gide.

Pero parece ser que la capacidad de gastar bromas pesadas del autor de Los monederos falsos al torturado novelista de Nudo de víboras llegó (desde) mucho más lejos que el norte de Africa. Que incluso trascendió el mero tránsito al Otro Lado. Así, es historia famosa y largamente testimoniada que el 20 de febrero de 1951, un día después de la muerte del viejo Gide, François Mauriac recibió un telegrama que decía textualmente: “L’enfer n’existe pas STOP Tu peux te dissiper STOP Préviens Claudel STOP Signé: André Gide” (El Infierno no existe STOP Podés relajarte STOP Avisale a Paul Claudel STOP Firmado: André Gide).

Desechada por quién sabe qué prejuicio realista la autoría del propio Gide, el telegrama ha sido atribuido con ligereza a varios improbables –el mismísimo Jean-Paul Sartre (no tenía humor para algo así) o la bella musa existencialista Anne Marie Cazalis– para finalmente cargarlo casi sin margen de error en la cuenta y la fama del malogrado Roger Nimier, un talentoso provocador de derecha que dejó –entre otras– un par de excelentes novelas, El húsar azul y D’Artagnan enamorado, y el guión de Ascensor para el cadalso –de Louis Malle, con música de Miles Davis– antes de deshacerse en una curva con su Aston Martin y una amiga, a los 37 años, en 1962.

A todo esto, el flaco François Mauriac, convertido de algún modo en magra estatua viviente de las letras francesas más académicas y equívocamente conservadoras, sobrevivió largamente tanto a Gide como a Nimier, como a tantos. Tuvo cuatro hijos –todos escritores, varios de ellos en actividad– y dejó un puñado de novelas y de ensayos que se leían mucho en la Argentina hasta los sesenta. Ya no. A Graham Greene le gustaba y lo defendió. No es poco.

Estos chistes de humor verde y negro que desempolvamos vienen a cuento porque en un día como hoy, el primero de septiembre de 1970, a los 85 años, finalmente también Mauriac dio las hurras y se tomó el buque definitivo. No se sabe que haya enviado ningún telegrama para saber dónde está.

© 2000-2008 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Todos los Derechos Reservados

martes, agosto 05, 2008

Variaciones sobre un tema de Segalen



Por Juan Sasturain


Si el tiempo perdona la obra, ataca al obrero

Víctor Segalen, “Estelas”, 1914.

Si el tiempo perdona la obra ataca

al obrero dice Daniel Santoro entre maquetas

propias y cascarones naturales

pone sellos chinos sobre sus pinturas peronistas

anda en el Pulky se baja del Graciela

cree en el Tao y en la tercera posición

predica las Veinte Verdades

como si no fueran

demasiadas.

Segalen Víctor, arqueólogo francés, poeta

iluminado a la sombra

de la Gran Muralla

se subió al techo –del mundo o del Tíbet– y de allí

explicó el aire puro, las pocas cosas que quedan

cuando uno sube.

Subir / saber

es soltar cosas.

Hay que construir sobre arena,

con madera y papel. No ir contra el

tiempo sino alimentarlo dice Segalen

según Santoro.

Somos /debemos

deberíamos ser

dóciles combustibles del tiempo y no

diques infructuosos, pircas de tonta piedra,

cortina metálica, la sólida casita

del chanchito práctico

según diseño

del congelado

del engrupido Disney.

Santoro –pienso, me gustaría– podría pintar

Los Tres Chanchitos

en la versión del Víctor pasado por Lao Tsé

y bendecida por Evita: una serie

de estampas troqueladas

suplemento de Mundo Infantil para niños efímeros

únicos y privilegiados de los cincuenta

sentados a la sombra

encolumnada de la

bendita Fundación.

Si el tiempo perdona la doctrina, ataca

al militante se podría decir con

Segalen y el viejo Chuang Tzú

convidado de paja

y no de piedra.

Que ya está dicho en la historia y padecido

en la historieta

que supimos conseguir.

El tiempo es lobo del hombre

lobo en general

y es bueno que sople y coma, se lleve

lo que es suyo, tenga siempre qué morder,

nos haga olitas en el lomo,

arrugas en la piel del río.

Todo tuyo tiempo: yo sólo toco y me voy

como Pentrelli vivo al toque

saco el cuerpo pongo el aire

a tu mordisco:

soplá y me voy.


© 2000-2008 www.pagina12.com.ar

martes, junio 17, 2008

Cenizas


-Te he dicho que hay muchas razones por las que me gustan los poemas –dijo-. Una de ellas es que me permiten acecharme a mi mismo. Me doy una sacudida con ellos. Mientras tú me los lees y yo los escucho, apago mi diálogo interno y dejo que mi sielncio cobre impulso. Así, la combinación del poema y del silencio se transforman en el procedimiento que descarga el sacudón.

Explicó que los poetas, sin saberlo, anhelan el mundo de los brujos. Como no sopn brujos, ni están en el camino del conocimiento, lo único que les queda es el anhelo.

-Veamos si puedes sentir lo que te estoy diciendo –dijo entregándome un libro de poemas de José Gorostiza.

Lo abrí adonde estaba marcado y él me señaló el poema que le gustaba.

...este morir incesante,

tenaz, esta muerte viva,

¡oh Dios! Que te está matando

en tus hechuras estrictas,

en las rosas y en las piedras,

en las estrellas ariscas

y en la carne que se gasta

como una hoguera encendida,

por el canto, por el sueño,

por el color de la vista.

...que acaso te han muerto allá

siglos de edades arriba,

sin advertirlo nosotros,

migajas, borra, cenizas

de tí, que sigues presente

como una estrella mentida

por su sola luz, por una

luz sin estrella, vacía,

que llega al mundo escondiendo

su catástrofe infinita.

-Al oír el poema –dijo don Juan una vez que hube terminado de leer- siento que ese hombre está viendo la esencia de las cosasy yo veo con él. No me interesa de qué trata el poema. Sólo me interesan los sentimientos que el anhelo del poeta me brinda. Siento su anhelo y lo tomo prestado y tomo prestada su belleza. Y me maravillo ante el hecho de que el poeta, como un verdadero guerrero, la derroche en los que la reciben, en los que la aprecian, reteniendo para sí tan sólo su anhelo. Esa sacudida, ese impacto de la belleza es el acecho.

Carlos Castaneda, El Conocimiento Silencioso

jueves, mayo 29, 2008

“Mi identidad es lo que hago”

Emilio Utrilla - Identidad III

Silvia Baron Supervielle y su novela La forma intermediaria
Por Silvina Friera

“No se es uno mismo cuando no se es amado”, escribe Manuel Marino, biólogo y editor que se enamora perdidamente de Rebeca Lerson, una actriz tan frívola como vanidosa y manipuladora que juega a tres puntas –con su marido, un director teatral, y con sus dos amantes, Manuel y Armand– mientras escribe su primera obra de teatro en la que recrea el presente de sus relaciones. En su segunda novela publicada en el país, La forma intermediaria (Adriana Hidalgo) –que presentó ayer en la Alianza Francesa junto a Edgardo Cozarinsky–, Silvia Baron Supervielle, poeta, narradora, traductora y ensayista argentina que reside en París desde 1961, despliega con maestría y gran sutileza una narración de una musicalidad extraordinaria, iluminadora por su belleza melancólica, donde la escritura de esa pieza de teatro deviene en uno de los motores que impulsa la trama.

Manuel intenta sobrellevar (o comprender) ese amor no correspondido con una investigación sobre la historia del caballo, excusa que le permite esbozar una suerte de genealogía del origen del hombre y el nacimiento de los sentimientos. “Cuanto más progresa la búsqueda, más creo que la primera criatura nació del reflejo de un sentimiento que la conmovió”, dice.

Baron Supervielle dulcifica la aspereza del español rioplatense con un sutil acento francés. En la manera en que se dilata el verde color del tiempo de sus ojos revela algo del asombro de regresar “a mis pagos”, expresión que elige para subrayar que se considera una escritora del Río de la Plata. Hija de madre uruguaya de origen español y de padre argentino de origen francés, nació en 1934 en Buenos Aires, donde comenzó a escribir poemas y cuentos. “La lengua no define la nacionalidad de una persona, ni mucho menos el país de la infancia, que es el verdadero país de un escritor. Mi región es el Río de la Plata y lo será hasta la muerte, aunque viva en París y escriba en francés”, dice la escritora en la entrevista con Página/12. “La lengua tiene la virtud de afincar, de echar raíces. Cuando se escribe en otra lengua, después no podés irte de ese lugar. Escribo en francés y ya no puedo irme de Francia. No quiero volver a cambiar; cambié una vez y se acabó. Una cosa que ata muchísimo son los muertos. Mi mamá murió cuando yo tenía dos años y está enterrada en Buenos Aires, como mi padre y mis abuelos. Los muertos son más fuertes que los vivos, lo pude comprobar”, señala la autora de la novela La orilla oriental (publicada también por Adriana Hidalgo), escrita especialmente en homenaje a su madre y al Uruguay; de los poemarios El agua extranjera y Después del paso (ambos publicados por la editorial cordobesa Alción) y del ensayo El cambio de lengua para un escritor (Corregidor), entre otros títulos, y traductora al francés de Borges, Macedonio Fernández, Alejandra Pizarnik, Silvina Ocampo, Arnaldo Calveyra y Angel Bonomini, entre otros.

–¿Por qué no escribe en español?

–Escribía en español hasta que me fui, en 1961. Me fui a trabajar a París y me fui quedando. Me era muy difícil seguir escribiendo en español al estar alejada de mi país, de los míos, de mis amistades, y pensé que si seguía escribiendo en español iba a estar más aislada. Tenía conocimientos superficiales de francés y de pronto unos amigos franceses me pidieron que les mostrara algunos de mis cuentos y poemas; entonces traté de traducirme al francés y fue un verdadero desastre (risas). Para que ellos conocieran lo que hacía, empecé a escribir directamente en francés. Con la lengua francesa descubrí un terreno de creación total que me convenía. Dejé la escritura en español y me fui nutriendo del francés, tratando de que la cultura y el prestigio de la lengua francesa no me avasallaran. La lengua francesa es muy flexible, muy dulce, se puede modular muy bien y trabajar con originalidad. La escritura es mucho más flexible de lo que uno piensa. Aprendí a escribir y a ser escritora con la lengua francesa. Antes escribía, pero no era una escritora.

–En sus dos novelas siempre aparecen personajes que escriben. ¿Cómo explica esta recurrencia?

–Esos personajes que escriben soy yo. No me había fijado en eso, pero creo que todos intentan escribir para salvarse. Lo que me gusta es cambiar un poco los géneros literarios: de una novela hacer una especie de libro-reflexión sobre un tema, de los poemas hacer poemas cortos que sean una suerte de antipoemas; mis ensayos no son ensayos, son otra cosa. Ahora estoy escribiendo un diario, sin fechas y en tiempo presente. Por primera vez quiero cortar con el Río de la Plata, entonces me quedo en el tiempo presente que es terrible, porque se mezcla con el pasado sin que yo me dé cuenta.

“¡Qué horror! ¿Me vas a fotografiar? Eso no lo sabía”, le dice Baron Supervielle a la fotógrafa. “Mis fotos están acá (señala el grabador), ¿no se puede fotografiar esto? Mis fotos son mis palabras, y las que no dije todavía”, bromea la escritora. “Yo estoy entre dos lenguas y dos culturas, es mi verdad y eso me encanta. Cuando uno está entre, tiene más posibilidades de creación porque ve todo de afuera y tiene que ir a buscar las cosas –explica la autora de La forma intermediaria–. Beckett escribía en inglés, que era su lengua, pero después de dos o tres libros se daba cuenta de que el idioma lo estaba captando tanto que se pasaba al francés. Cuando el francés comenzaba a dirigirlo, volvía al inglés que ya estaba debilitado. Beckett era extraordinario, se traducía él mismo; los libros que publicaba en inglés los traducía al francés. Admiro muchísimo a Beckett porque hizo un gran trabajo del hombre solo, despojado de todo, con su propia escritura.”

–Sus personajes están un poco perdidos, siempre tratando de saber quiénes son. ¿Qué es para usted la identidad?

–Mi identidad es lo que hago, son mis libros, que finalmente son los que van a hablar por mí. Escribo para darme la sensación de vida, escribir es la vida misma. La vida de los escritores está en los libros.

–En algunos casos, además de estar perdidos, sus personajes también quieren olvidar. ¿No es contradictorio?

–No, una cosa lleva a la otra. Para escribir hay que alejarse un poco de todos los vínculos y cortar, que es lo que me sucedió a mí, pero no olvidar, porque eso es imposible, pero sí cortar y empezar de nuevo. Quizás exagero un poco con esos personajes perdidos porque yo no estoy tan perdida (risas). Ahora traté de estar perdida escribiendo ese diario todo en presente, pero es muy difícil. No sé por qué inventaron el presente... no existe, no lo podés agarrar, es este instante (toma una taza de café), y ya se fue. El presente es una cosa inasible. No sé si este diario va a llegar a contentarme, pero me gusta escribirlo para forzarme a no abusar de las reminiscencias de mi región, de mis pagos, y entrar en otra dificultad. Es muy curioso el tema de los tiempos. El tiempo de un escritor es el pasado, por las lecturas, por los dolores, por la infancia, por las ausencias. El pasado es una cosa mórbida, es muy triste, pero también maravilloso, si uno lo puede transformar un poco.

–¿La forma tan poética de su narrativa es originalmente así o tiene que ver con el hecho de que, además de ser poeta, la traducción de sus dos novelas fueron hechas por poetas, Silvio Mattoni y Juana Bignozzi?

–Sigo mucho el ritmo y a veces me parece que no está bien porque confundo al lector, pero es más fuerte que yo; es mi placer seguir ese ritmo. La poesía es música y se puede expresar tanto en la forma del poema como en la prosa. Los libros que me gustan tienen algo de poesía; hay algo en la manera o en la música del escritor, así sea un ensayo, una novela o lo que sea. En realidad, no veo ningún límite entre mi prosa poética y mi narrativa. Son como músicas diferentes que quiero escuchar.

© 2000-2008 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Todos los Derechos Reservados

martes, mayo 06, 2008

Night & Day

Foto: Jose Luis Cabezas

“El gran Ernesto Sabato, de quien tuve la fortuna de ser amigo (y por el cual, cuando cumplió noventa años en 2002, pronuncié el discurso oficial en la fiesta que se organizó para él en Madrid) habla de las dos escrituras. Está la escritura diurna, en la que un escritor, incluso cuando inventa, expresa un mundo en el que se reconoce, expresa sus valores, las cosas en las que cree, su manera de ser. Por ejemplo, Ernesto Sabato —que incluso se ha comprometido con causas nobles, que durante años sacrificó su literatura para ocuparse de los desaparecidos en Argentina, sin participar en ninguna marcha, pero yendo a buscar, uno por uno, a estos desaparecidos— escribió un hermoso libro sobre esta experiencia, pero en este mismo libro dice que la realidad más profunda de su alma no se encuentra en estas páginas sino en aquellas verdades escondidas, expresadas en su narrativa, verdades algunas veces detestables, dice él explícitamente, que a menudo lo han traicionado, es decir, que han traicionado sus convicciones morales.

Ésta es la escritura nocturna, en la que repentinamente el escritor ajusta cuentas con algo que emerge dentro de él y que desconocía que poseía. Creo que a todos les sucede descubrir, cada tanto, con un escalofrío, ciertos sentimientos, pulsiones inquietantes —incluso horribles—, que nos asombran, que nos horrorizan, que nos ponen frente a un rostro que no sabíamos que teníamos. Uno se encuentra cara a cara con la Medusa de la vida y, en ese momento, incluso si fuese más deseable tener otros encuentros, un escritor —todos y cada uno de ellos— tiene la obligación de la verdad; si nos hemos enfrentado cara a cara con la Medusa no podemos mandarla con el peluquero para que le arregle su cabeza de serpientes para que se vea presentable. Incluso cuando un sosia dice cosas diferentes a las que él quisiera escuchar y decir, el escritor debe testimoniar esta desagradable verdad y cederle la pluma a la escritura nocturna, que algunas veces desconcierta a quien escribe. La escritura nocturna es aquella en la que no siempre se dicen las cosas que se desean, los valores en los que se cree, pero se deja emerger de lo más profundo algo a veces desconocido.”

Claudio Magris

Fragmento: Entrevista CONFABULARIO. 29 de abril de 2006
Traducción de María Teresa Meneses

Confesión: En “El Infinito Viajar” Magris reitera estos conceptos, que por pereza rescato de este reportaje “robado” de www.ddooss.org en lugar de reproducir su última versión.

jueves, abril 24, 2008

Al Maestro, con cariño



Referencias, datos personales

A mí me han hecho los hombres que andan bajo

el cielo del mundo

buscan el brillo de la madrugada

cuidan la vida como un fuego.

Me han enseñado a defender la luz que canta conmovida

me han traído una esperanza que no basta soñar

y por esa esperanza conozco a mis hermanos.

Entonces río contemplando mi apellido, mi rostro en

el espejo

yo sé que no me pertenecen

en ellos ustedes agitan un pañuelo

alargan una mano por la que no estoy solo.

En ustedes mi muerte termina de morir.

Años futuros que habremos preparado

conservarán mi dulce creencia en la ternura,

la asamblea del mundo será un niño reunido.


(El juego en que andamos)


La victoria

En un libro de versos salpicado

por el amor, por la tristeza, por el mundo,

mis hijos dibujaron señoras amarillas,

elefantes que avanzan sobre paraguas rojos,

pájaros detenidos al borde de una página,

invadieron la muerte,

el gran camello azul descansa sobre la palabra ceniza,

una mejilla se desliza por la soledad de mis huesos,

el candor vence al desorden de la noche.


(Gotán)


Arte poética

Entre tantos oficios ejerzo éste que no es mío,

como un amo implacable

me obliga a trabajar de día, de noche,

con dolor, con amor,

bajo la lluvia, en la catástrofe,

cuando se abren los brazos de la ternura o del, alma,

cuando la enfermedad hunde las manos.

A este oficio me obligan los dolores ajenos,

las lágrimas, los pañuelos saludadores,

las promesas en medio del otoño o del fuego,

los besos del encuentro, los besos del adiós,

todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre.

Nunca fui el dueño de mis cenizas, mis versos,

rostros oscuros los escriben como tirar contra la muerte.


(Velorio del solo)


Juan Gelman

lunes, marzo 17, 2008

De un amigo de la casa...

Arte de ultimar

De leer aventuras a la aventura de leer

Por Juan Sasturain
http://static.pagina12.com.ar/fotos/20080317/notas/na32foi01.jpg

Por cuestiones –digamos– laborales he tenido que contestar últimamente con cierta regularidad preguntas acerca de la lectura. Hablar/escribir/pensar sobre el acto de leer. En general, se trata acerca de su necesidad, y de la catástrofe que supone su aparente desaparición como hábito entre niños, jóvenes y no tanto. En general, por ignorancia o pereza, no tengo demasiado que decir al respecto que no sean los lugares comunes del buen sentido: qué lástima que se lea menos (si es que es así); lo que se pierden los que no leen y, sobre todo, no jodamos demasiado con la necesidad, la obligación y otras compulsiones. Los que leemos (literatura) lo hacemos básicamente porque nos gusta, por placer. Y eso, si cabe, es lo único que vale la pena y vale el gusto transmitir. Una experiencia placentera que otros, si se les canta, pueden llegar a compartir, y experimentar por sí, como debe ser.

La otra cuestión conexa –que es la misma, al fin– suele centrarse en el pedido de una crónica personal del acceso a la lectura. Cualquiera tiene la suya. Me suelen pedir la mía, los primeros pasos, cómo se produjo el contagio, los primeros síntomas y la caída en la enfermedad. Creo que tiene validez generacional y por eso me animo a recontarla una vez más.

Soy del ’45 y me tocó ser chico, hasta los diez, en varios e intercambiables pueblos de la provincia de Buenos Aires. No me contaron/leyeron muchos cuentos de pibe, ni los clásicos; pero antes de leer, igual algo escuchaba: a los seis y a las seis sintonizaba Radio Splendid y seguía las aventuras de Tarzán de rama en rama, navegaba con Sandokán. En mi casa, por entonces, hacia principios de los cincuenta, había algunos libros pero no una biblioteca; plomadas católicas de Editorial Difusión, novelas de las Ediciones Selectas de Jackson, clásicos inabordables a dos columnas de Sopena, algo de Tor (recuerdo un Stefan Zweig), algunos libros de hazañas de la Segunda Guerra –espías, submarinos alemanes–; módicos best sellers de la época: Cronin, Vicky Baum, el maestro Somerset Maugham, poco más. Había un Martín Fierro, un Quijote que mi viejo leía a carcajadas, y las Rimas de Bécquer en cuero y un Tú y Yo de Paul Geraldy que, como algunas novelas y lecturas más modernas, eran y sobre todo serían después el legado de mi hermana Sarita, siete años mayor. Es bueno tener una hermana mayor. Pero nadie “compraba libros” sistemáticamente; habían ido quedando ahí. No leí casi nada de eso, sólo los de guerra; y después.

Pero se compraba mucha letra impresa en el kiosco, y me mandaban a mí: el diario y El Gráfico o Goles para mi viejo; y revistas femeninas para el sector: Damas y Damitas o Maribel o Cuéntame o Chabela o Para Ti y, más tarde, Vosotras. Y estaba el Leoplán, ya en el formato chico de tapas a color, mensuario con cuentos, una novela y secciones fijas. Esas revistas –por suerte– no se tiraban y pocos años después leí ahí a Jack London, Simenon, Hammett y al que le gustaba a mi vieja: William Irish (lo pronunciaba “irísh”); en esos Leoplán se me revelarían –sin saber que era el joven Walsh quien traducía y editaba– el Roal Dahl de El hombre del sur –primer cuento que me dio vuelta la cabeza–, Bierce, Poe, Bradbury, la literatura, al fin... Pero eso sería después. Mientras, para mí, Mundo Infantil –y no Billiken: mi viejo era peronista– y El Pato Donald.

Así, hasta los diez años leía historietas y juntaba las revistas. Pilas. De las de Disney con dibujo humorístico –ahí leí al gran Carl Barks y a Oesterheld sin saberlo...– pasé a las de aventuras, las versiones de Editorial Muchnik de los yanquis traducidos: Superhombre, Tommy Futuro, Hacha Brava. Ya dibujaba todo el día: Donald, Mickey, Superman y cowboys con sombrero mal colocado copiados de Puño fuerte y El Gorrión, que leía de ojito. Así, sólo revistas; nada de libros –me regalaban Vida Espiritual de Vigil, para los cumpleaños...– y de la Colección Robin Hood, sólo los de El Príncipe Valiente, de Hal Foster, porque tenía dibujos grandes. Eso duró hasta tercer grado: 1954.

Al año siguiente lo bajaron al peronismo, mi viejo fue cesanteado y nos fuimos a Mar del Plata donde viví cinco años, hasta los quince. Y creo que todo lo que vendría después ya está ahí. Fue la primera ciudad grande que conocí: me puse los largos, anduve en ascensor por primera vez, fui al cine solo a ver dibujos animados –Disney, Tex Avery, Chuck Jones– al Opera los lunes, y las tres películas de aventuras de los miércoles en el Atlantic y me intoxiqué con las nuevas revistas “mexicanas” de Novaro –Roy Rogers, La Zorra y el Cuervo, Archi–. Hasta que me encontré con Oesterheld en el otoño del ’57, al comienzo de quinto grado. Así, durante dos años largos, los últimos de la primaria, leí Ernie Pike, Ticonderoga, Joe Zonda, El Eternauta, Randall, Sherlock Time... y descubrí, con los dibujos de Pratt, Breccia y Solano, la Aventura, el relato de aventuras que no había leído ni en Verne ni en Salgari ni mucho menos en Stevenson, que vendría después.

Con el secundario sucedieron dos cosas. Una, que apareció el pelado Marcángeli –el profesor de Castellano e Historia–, que más allá de la Marianela de Galdós programada y obligatoria prestaba libros y podía, por ejemplo, traer un lunes un soneto de Borges recortado del suplemento cultural de La Nación para que leyéramos “A un capitán de los ejércitos de Cromwell” y se nos revelara la poesía. La segunda cosa, en consecuencia, fue que dejé las revistas y empecé a comprar libros, juntar los míos: anárquicamente primero –de aventuras africanas, expediciones, el Diario de Ana Frank, novelas de guerra o de crímenes– y sistemáticamente después, cuando se lanzó Eudeba y me hice adicto: en el kiosco de la Editorial Universitaria de Buenos Aires de la esquina de San Luis y San Martín de la Feliz me compré –de a paquetes de cuatro libritos– todas las primeras entregas de la Serie del Siglo y Medio (sesquicentenario de la Revolución, 1960) treinta, cuarenta libros en los que descubrí, antes que otras, la literatura argentina, sobre todo cuentistas y poetas, todo: de Hidalgo a Borges y Marechal, de Echeverría a Quiroga y Arlt.

Cuando me di cuenta, el mal ya estaba hecho: ya escribía, ya no tenía regreso.

© 2000-2008 www.pagina12.com.ar|República Argentina|Todos los Derechos Reservados

viernes, febrero 22, 2008

Trelew - La Fuga

Humberto Costantini

El libro de Trelew (Extractos)

I

Historia de ferocidad y de muerte; cuando mandaba en la república argentina una oprobiosa junta militar; cuando los comandantes unidos en pacto habían ordenado presidente al general Augusto Lanusse habían colocado de Ministro del Interior a Arturo Mog Rig.

Por ese entonces la represión se había desatado con gran violencia en todo el vasto territorio argentino; desde Misiones hasta la Patagonia, desde las provincias de Cuyo hasta las tierras del Atlántico, la vara ensangrentada de la represión cobraba innumerables víctimas.

Porque los hombres no deseaban la dictadura militar; el pueblo con energía repudiaba a los usurpadores del poder; con indignación, a los explotadores de su trabajo.

Por lo que las cárceles se iban llenando de prisioneros de guerra; lugares de hacinamiento y de tortura, sitios de vejaciones y de muerte [...]

A raíz de lo cual muchos prisioneros, aquellos a quienes la dictadura más temía, fueron concentrados en la lejana cárcel de Rawson; los más aguerridos entre los defensores del pueblo, en la unidad carcelaria de Rawson, en la provincia de Chubut.[...]

IV

Y el 15 de agosto de 1972 comenzó el camino hacia la libertad; a las seis de la tarde, las primeras acciones del operativo.

En el fondo de la cárcel de Rawson, un casi imperceptible movimiento de hombres; junto a las últimas celdas, unos pocos muchachos acercándose naturalmente a los guardias.

Apenas unas palabras en voz baja; sólo la escueta orden de no resistir; en la mano, el brillo acerado de una pistola.

A las seis y cincuenta en el aeropuerto de Trelew; con exactitud se han de cumplir cada uno de los pasos. [...]

V

A veinticinco kilómetros, el aeropuerto de Trelew; a unos pocos minutos, el avión hacia la libertad.

Ya se acercan ahora a Trelew los liberados; ya entra ahora en la explanada del aeropuerto el primer grupo de combatientes.

El avión ha empezado a carretear por la pista, pero desde la cabina de radio alguien ha ordenado esperar; un guerrillero con uniforme de oficial ha dado con claridad la orden al pilotoY ellos rápidamente suben; los seis primeros ya están a bordo del avión.

La libertad de Chile los espera; con despliegue de barbas los espera la victoriosa patria de Fidel.

VI

Pero dónde han quedado los otros compañeros? Porqué no están allí junto a los que van hacia la libertad? No vuelan con los que se reintegran a la lucha?

El deterioro de un transmisor los priva de los autos; sorpresivamente una estúpida falla les impide salir junto con los primeros liberados.

Ellos también corren ahora hacia Trelew; ellos también por la pequeña interminable carretera de ripio

VII

Pero la esperanza se desvanece en las vacías pistas de aterrizaje; la libertad, en el avión fugitivo de aerolíneas[...]

La rendición, el único camino; la entrega de las armas, la única posibilidad de vivir para continuar la lucha.

Como lo previeron en las largas vigilias de la cárcel, ellos piden un juez, exigen la presencia de un médico; como acordaron en sus planes, la presencia de periodistas para garantizar sus vidas.

Bonet del ERP, Pujadas de Montoneros, María berger, de FAR dicen sus sencillas verdades al mundo...

viernes, febrero 08, 2008

Scriptorium II




Escribir.


No puedo.


Nadie puede.


Hay que decirlo: no se puede.


Y se escribe.


Lo desconocido que uno lleva en sí mismo: escribir, eso es lo que se

consigue. Eso o nada.


Se puede hablar de un mal del escribir.

No es sencillo lo que intento decir, pero creo que es algo en lo que

podemos coincidir, camaradas de todo el mundo.


Hay una locura de escribir que existe en sí misma, una locura de

escribir furiosa, pero no se está loco debido a esa locura de escribir.

Al contrario.


La escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo

que vamos a escribir. y con total lucidez.


Es lo desconocido de sí, de su cabeza, de su cuerpo. Escribir no es ni

siquiera una reflexión, es una especie de facultad que se posee junto a

su persona, paralelamente a ella, de otra persona que aparece y avanza,

invisible, dotada de pensamiento, de cólera, y que a veces, por propio

quehacer, está en peligro de perder la vida.


Si se supiera algo de lo que se va a escribir, antes de hacerlo, antes

de escribir, nunca se escribiría. No valdría la pena.

Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos -sólo lo

sabemos después- antes, es la cuestión más peligrosa que podemos

planteamos. Pero también es la más habitual.


La escritura: la escritura llega como el viento, está desnuda, es la

tinta, es lo escrito, y pasa como nada pasa en la vida, nada, excepto

eso, la vida.


Marguerite Duras

Scriptorium I


Escribir es dejar de ser escritor
por Enrique Vila-Matas

Muchas veces me he visto obligado a contestar a la pregunta de por qué escribo Al principio, cuando era muy joven y tímido, utilizaba la breve respuesta que daba André Gide a esa pregunta y contestaba: “Escribo para que me lean.

Si bien es cierto que escribo para que me lean, con el tiempo he aprendido a completar con otras verdades mi sincera respuesta a la pregunta de por qué escribo. Ahora, cuando me hacen la inefable pregunta, explico que me hice escritor porque 1) quería ser libre, no deseaba ir a una oficina cada mañana, 2) porque vi a Mastroianni en La noche de Antonioni; en esa película -que se estrenó en Barcelona cuando tenía yo dieciséis años- Mastroianni era escritor y tenía una mujer (nada menos que Jeanne Moreau) estupenda: las dos cosas que yo más anhelaba ser y tener

Casarse con una Jeanne Moreau no es fácil, tampoco lo es ser realmente un escritor. Por aquellos días, yo tenía una vaga idea de que no era sencillo ni una cosa ni la otra, pero no sabia hasta qué punto eran dos cosas muy complicadas, sobre todo la de ser escritor

Yo vi La noche y empecé a adorar la imagen pública de esos seres a los que llamaban escritores. Me gustaron, en un primer momento, Boris Vian, Albert Camus, Scott Fitzgerald y André Malraux. Los cuatro por su fotogenia, no por lo que hubieran escrito. Cuando mi padre me preguntó qué carrera pensaba estudiar -É1 tenía la callada ilusión de que yo quisiera ser abogado-, le dije que pensaba ser como Malraux. Recuerdo la cara de estupor de mi padre, y también recuerdo lo que entonces me dijo: Ser Malraux no es una carrera, eso no se estudia en la universidad.

Hoy sé muy bien por qué deseaba ser como Malraux. Porque ese escritor, además de tener una expresión de hombre curtido, se había construido una leyenda de aventurero y de hombre no reñido con la vida, esa vida que yo tenía por delante y a la que no quería renunciar Lo que en esos días yo no sabía era que para ser escritor había que escribir, y además escribir como mínimo muy bien, algo para lo que hay que armarse de valor y, sobre todo, de una paciencia infinita, esa paciencia que supo describir muy bien Oscar Wilde: Me pasé toda la mañana corrigiendo las pruebas de uno de mis poemas, y quité una coma. Por la tarde, volví a ponerla.

Todo esto lo explicó muy bien Truman Capote en su célebre prólogo a Música para camaleones cuando dijo que un día comenzó a escribir sin saber que se había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo: Al principio fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y escribir mal; y luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil pero brutal.

Así pues, yo en esos días no sabía que para ser escritor había que escribir, y además había que escribir como mínimo muy bien. Pero es que, por no saber, ni sabía que era preciso renunciar a una notable porción de vida si se quería realmente escribir Por no saber, ni sabía que escribir, en la mayoría de los casos, significa entrar a formar parte de una familia de topos que viven en unas galerías interiores trabajando día y noche. Por no saber, ni sabía que iba a acabar siendo escritor, pero un tipo de escritor alejado de la figura de Malraux, pues me esperaban aventuras, pero más del lado de la literatura que de la vida.

Pero escribir vale la pena, no conozco nada más atractivo que la actividad de escribir, aunque al mismo tiempo haya que pagar cierto tributo por ese placer. Porque es un placer y es -como decía Danilo Kis- elevación: La literatura es elevación. No inspiración, les ruego. Elevación. Epifanía joyceana. Es el instante en que se tiene la impresión de que, en toda la nulidad del hombre y de la vida, hay de todos modos unos cuantos momentos privilegiados, que hay que aprovechar. Es un don de Dios o del diablo, poco importa, pero un don supremo.

Hoy en día, con el auge de la nueva narrativa española, se dan entre nosotros dos tipos de escritores jóvenes, de escritores principiantes: por una parte, están los que no ignoran que se trata de un oficio duro y paciente, un oficio en el que se avanza en tinieblas y le obliga a uno a jugarse la vida, a arriesgar (como decía Michel Leiris) la vida como lo hace un torero; por otra parte, están los que ven en la literatura una carrera y buscan el dinero y la fama como primer objetivo de su trabajo.

No tengo alma de predicador y, además, no quiero desanimar ni a unos ni a otros, de modo que citaré de nuevo a Oscar Wilde, citaré ese consejo que le dio a un joven al que le habían dicho que debía comenzar desde abajo: No, empieza desde la cumbre y siéntate arriba. Gabriel Ferrater lo dijo de otra forma: Un escritor es como un artillero. Está condenado, lo sabemos todos, a caer un poco más abajo de su meta. Por ejemplo, si yo pretendo ser Musil y caigo un poco más abajo, pues ya es bastante más arriba. Pero si pretendo ser como un autor de cuarta fila...

Un escritor debe tener la máxima ambición y saber que lo importante no es la fama o el ser escritor sino escribir, encadenarse de por vida a un noble pero implacable amo, un amo que no hace concesiones y que a los verdaderos escritores los lleva por el camino de la amargura, como muy bien se aprecia en frases como esta de Marguerite Duras: “Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos.

Plantearse escribir es adentrarse en un espacio peligroso, porque se entra en un oscuro túnel sin final, porque jamás se llega a la satisfacción plena, nunca se llega a escribir la obra perfecta o genial, y eso produce la más grande de las desazones. Antes se aprende a morir que a escribir. Y es que (como dice Justo Navarro) ser escritor, cuando ya se sabe escribir, es convertirse en un extraño, en un extranjero: tienes que empezar a traducirte a ti mismo. Escribir es hacerse pasar por otro, escribir es dejar de ser escritor o de querer parecerte a Mastroianni para simplemente escribir, escribir lo que escribirías si escribieras. Es algo terrible pero que recomiendo a todo el mundo, porque escribir es corregir la vida -aunque sólo corrijamos una sola coma al día-, es lo único que nos protege de las heridas insensatas y golpes absurdos que nos da la horrenda vida auténtica (debido a su carácter de horrenda, el tributo que debemos pagar para escribir y renunciar a parte de la vida auténtica no es pues tan duro como podría pensarse) o bien, como decáa Italo Svevo, es lo mejor que podemos hacer en esta vida y, precisamente por ser lo mejor, deberíamos desear que lo hiciera todo el mundo: “Cuando todos comprendan con la claridad con que yo lo hago, todos escribirán. La vida será literaturizada. La mitad de la humanidad se dedicarí a leer y a estudiar lo que la otra mitad de la humanidad habrá escrito. Y el recogimiento ocupará la mayor parte del tiempo que será así arrebatado a la horrible vida verdadera. Y si una parte de la humanidad se rebelase y se negase a leer las lucubraciones de los demás, mucho mejor. Cada uno se leería a sí mismo.

Leyendo a los otros o a nosotros mismos, poco margen veo yo para estallidos bílicos y mucho en cambio para la capacidad de un hombre para respetar los derechos de otro hombre, y viceversa. Nada menos agresivo que un hombre que baja la vista para leer un libro que tiene en sus manos. Habría que partir a la búsqueda de ese recogimiento universal. Se me dirá que se trata de una utopía, pero sólo en el futuro todo es posible.
___________________________________________
Enrique Vila-Matas:Nacido en 1948, vive en Barcelona; es autor de
unaimportante obra traducida a nueve lenguas.

Este artículo se reproduce aquí por cortesía de Editorial Anagrama.

Este texto no puede reproducirse ni archivarse sin permiso del autor y/o The Barcelona Review. Rogamos lean las condiciones de uso.

navegacin: barcelona review nmero 23 marzo-abril 2001

jueves, febrero 07, 2008

Paloma ausente



(Violeta Parra)


Cinco noches que lloro por los caminos,
cinco cartas escritas que lleva el viento,
cinco pañuelos negros son los testigos
de los cinco dolores que llevo adentro.

Paloma ausente,
blanca paloma:
rosa naciente.


Paso lunas enteras mirando al cielo
con un solo deseo en el pensamiento:
quién no descendería a mi palomita,
la que viene'escondida en los elementos.

Dice un papel escrito con tinta verde,
que teniendo paciencia todo se alcanza.
Una que bien la tuvo salió bailando
de su jardín al arco de las alianzas.

Una jaula del aire viene bajando
con todos sus barrotes de calamina:
todos los pajarillos vienen trinando;
sin embargo, distingo a mi golondrina.

Voy a ponerme un traje de mariposa
mañana cuando llegue mi palomita,
en los dedos banderas de tres colores
y en las pestañas miles de candelillas.

(1964-1965)

martes, febrero 05, 2008

Imagen "posible" de la Biblioteca de Babel de Borges

http://itp.nyu.edu/spatialdesign/blog/archives/2006/10/index.html


-Ah, sí, la Biblioteca -dijo Gonzalo-, la Biblioteca pero, qué de problemas me da, qué de conflictos me produce. Contiene las Obras más preciosas, las más veneradas, escritas por los máximos genios, por los espíritus más selectos de la Humanidad; pero de qué me sirven, Señores, si se muerden, se muerden una a otra, y también debido a su número excesivo se devalúan, su excesiva abundancia las Abarata, porque son Demasiadas, ay, Demasiadas. Entonces yo señores, he debido contratar Lectores, y les pago un buen sueldo, porque me da vergüenza que todas estas obras se queden sin ser Leídas, pero son Demasiadas y estos hombres no pueden leer todo, aunque lean sin darse tregua el día entero. Lo peor es que los libros se Muerden como Perros, se muerden hasta darse Muerte.

WITOLD GOMBROWICZ

Transatlántico

viernes, febrero 01, 2008

Coplas del Payador Perseguido (1972)
(Fragmentos)

Atahualpa Yupanqui - Compositor y folklorista argentino.


[...]

Yo sé que muchos dirán
que peco de atrevimiento
si largo mi pensamiento
pal rumbo que ya elegí,
pero siempre hei sido ansí,
galopiador contra el viento.

Eso lo llevo en la sangre
dende mi tatarabuelo.
Gente de pata en suelo
fueron mis antepasaos;
criollos de cuatro provincias
y con indios misturaos.

Mi agüelo fue carretero,
mi tata fue domador;
nunca se buscó dotor
pues se curaban con yuyos,
o escuchando los murmuyos
de un estilo de mi flor.

Como buen rancho paisano
nunca faltó una encordada,
de ésas que parecen nada
pero que son sonadoras.
Según el canto y la hora
quedaba el alma sobada.

Mi tata era sabedor
por lo mucho que ha rodao.
Y después que había cantao
destemplaba cuarta y prima,
y le echaba un poncho encima

“pa que no hable demasiado...”.

La sangre tiene razones
que hacen engordar las venas.

Pena sobre pena y pena
hacen que uno pegue el grito.
La arena es un puñadito
pero hay montañas de arena.

No sé si mi canto es lindo
o si saldrá medio triste;
nunca fui zorzal, ni existe
plumaje más ordinario.
Yo soy pájaro corsario
que no conoce el alpiste.

Vuelo porque no me arrastro,
que el arrastrarse es la ruina;
anido en árbol de espina
lo mesmo que en cordilleras,
sin escuchar las zonceras
del que vuela a lo gallina.

No me arrimo así nomás
a los jardines floridos.
Sin querer vivo alvertido
pa no pisar el palito.
Hay pájaros que solitos
se entrampan por presumidos.

Aunque mucho he padecido
no me engrilla la prudencia.
Es una falsa experiencia
vivir temblándole a todo.
Cada cual tiene su modo;
la rebelión es mi cencia.

Pobre nací y pobre vivo,
por eso soy delicao.
Estoy con los de mi lao
cinchando tuitos parejos
pa hacer nuevo lo que es viejo
y verlo al mundo cambiao.

Yo soy de los del montón,
no soy flor de invernadero.
Soy como el trébol pampero,
crezco sin hacer barullo.
Me apreto contra los yuyos
y así lo aguanto al pampero.

Acostumbrao a las sierras
yo nunca me sé marear,
y si me siento alabar
me voy yendo despacito.

Pero aquel que es compadrito
paga pa hacerse nombrar.

Si alguien me dice señor,
agradezco el homenaje;
mas, soy gaucho entre gauchaje
y soy nada entre los sabios.
Y son pa mí los agravios
que le hagan al paisanaje.

La vanidá es yuyo malo
que envenena toda la huerta.
Es preciso estar alerta
manejando el azadón,
pero no falta el varón
que la riegue hasta en su puerta.

El trabajo es cosa buena,
es lo mejor de la vida;
pero la vida es perdida
trabajando en campo ajeno.
Unos trabajan de trueno
y es para otros la llovida.

Trabajé en una cantera
de piedritas de afilar.
Cuarenta sabían pagar
por cada piedra pulida,
y era a seis pesos vendida
en eso del negociar.

Apenas el sol salía
ya estaba a los martillazos,
y entre dos a los abrazos
con los tamaños piedrones,
y por esos moldejones
las manos hechas pedazos.

Otra vez fui panadero
y hachero en un quebrachal;
he cargao bloques de sal
y también he pelao cañas,
y un puñado de otras hazañas
pa mi bien o pa mi mal.

Buscando de desasnarme
fui pinche de escribanía;
la letra chiquita hacía
pa no malgastar sellao,
y era también apretao
el sueldo que recibía.

Cansao de tantas miserias
me largué pal Tucumán.
Lapacho, aliso, arrayán,
y hacha con los algarrobos.
¡Por dos cincuenta! Era robo
pa que uno tenga ese afán.

Sin estar fijo en un lao
a toda labor le hacía,
y ansí sucedió que un día
que andaba de benteveo
me topé con un arreo
que dende Salta venía.

Me picó ganas de andar
y apalabré al capataz,
y ansí, de golpe nomás
el hombre me preguntó:
¿Tiene mula? Cómo no,
le dije... Y hambre, de más.

A la semana de aquello
repechaba cordilleras,
faldas, cuestas y laderas
siempre pal lao del poniente,
bebiendo agua de vertiente
y aguantando las soleras.

Tal vez otro habrá rodao
tanto como he rodao yo,
y le juro, creameló,
que he visto tanta pobreza,
que yo pensé con tristeza:
Dios por aquí no pasó.

[...]

Una canción sale fácil
cuando uno quiere cantar.
Cuestión de ver y pensar
sobre las cosas del mundo.
Si el río es ancho y profundo
cruza quien sabe nadar.

Que otros canten alegrías
si es que alegres han vivido.
Que yo también he sabido
dormirme en esos engaños.
Pero han sido más los años
de porrazos recibidos.

Nadie podrá señalarme
que canto por amargao.
Si he pasao lo que he pasao
quiero servir de alvertencia.
El rodar no será cencia
pero tampoco es pecao.

Yo he caminao por el mundo,
he cruzao tierras y mares,
sin fronteras que me pare
y en cualesquiera guarida,
yo he cantao, tierra querida,
tus dichas y tus pesares.

A veces, caiban al canto
como vacaje a la aguada
para escuchar mis verseadas
hombres de todos los vientos,
trenzando sus sentimientos
al compás de mi encordada.

Pobre de aquel que no sabe
del canto las hermosuras.
La vida, la más oscura,
la que tiene más quebrantos,
hallará siempre en el canto
consuelo pa su tristura.

Dicen que no tienen canto
los ríos que son profundos.
Mas yo aprendí en este mundo
que el que tiene más hondura,
canta mejor por ser hondo,
y hace miel de su amargura.

Con los tumbos del camino
se entran a torcer las cargas.
Pero es ley que en huella larga
deberán acomodarse.
Y aquel que llega a olvidarse
las ha de pasar amargas.

Amigos: voy a dejar.
Está mi parte cumplida
en la forma preferida
de una milonga pampeana.
Canté de manera llana
ciertas cosas de mi vida.

Aura me voy. No sé adónde.
Pa mí todo rumbo es güeno.
Los campos, con ser ajenos
los cruzo de un galopito.
Guarida no necesito,
yo sé dormir al sereno...

Siempre hay alguna tapera
en la falda de una sierra.
Y mientras siga esta guerra
de injusticias para mí,
yo he de pensar desde allí
canciones para mi tierra.

Y aunque me quiten la vida
o engrillen mi libertad.
¡Y aunque chamusquen quizá
mi guitarra en los fogones,
han de vivir mis canciones
en l alma de los demás!

¡No me nuembren, que es pecao,
y no comenten mis trinos!
Yo me voy con mi destino
pal lao donde el sol se pierde.

¡Tal vez alguno se acuerde
que aquí cantó un argentino!

jueves, enero 31, 2008

Don Ata


TESTIMONIO FINAL
(J.E. Seri - A. Yupanqui)

Celebro mi destino
de sentir como siento,
de vivir como vivo,
de morir como muero.

Y porque lo celebro
y soy al fin la nada
de la sombra de un verso,
os digo: ¡muchas gracias!

Mil gracias, si señor
de la vida y la muerte,
por ser apenas esto,
brizna efímera y leve.

Y el de pasar mis días
finales en el mundo,
con las manos vacías
y el corazón profundo.

de libros

Una lección anarquista
30/01/08

Por Oscar Taffetani

(APe).- Llega a nuestras manos un carnet de la Unión de Repartidores de Pan de Bahía Blanca, firmado por su secretario general, H. Aguilera, en 1928.

El carnet le fue extendido al joven LT, que entraba al gremio de los panaderos para ganar un salario que le permitiera ayudar a la economía de su familia.

Los Estatutos de aquel sindicato, impresos en las mismas hojas del carnet, decían con claridad cuál era el compromiso de la entidad, así como el de sus afiliados.

“Esta Sociedad tiene por objeto (art. 2) mejorar las condiciones moral y materialmente de sus asociados por los siguientes medios: a) procurar que en todas las panaderías exista uniformidad en los salarios y condiciones de trabajo; b) sostener una biblioteca en su local y organizar conversaciones y conferencias instructivas...”

En otro pasaje se marca la completa autonomía (y autofinanciación) del sindicato para cumplir con sus objetivos: “Los conflictos entre patrones y empleados sólo se solucionarán con la intervención de la Sociedad, sin permitir la intromisión de personas extrañas a la misma...” (art. 3).

En los pasajes citados está implícito un pensamiento sobre el papel de las organizaciones sociales y políticas en la formación -léase educación- de sus bases y cuadros dirigentes.


El mismo debate


Así como los jacobinos franceses de 1789, fieles al credo iluminista, tenían especial devoción por la Enciclopedia (que guardara en un solo libro la suma del conocimiento humano), así también los reformadores y transformadores sociales del siglo XIX y principios del XX hallaron en la Bibliotecas (bibliotecas populares, autónomas, libres de censura) una gran herramienta para la ilustración y alfabetización política de la juventud obrera.

Y los anarquistas fueron más allá: con proyectos como la Escuela Moderna de Barcelona, creada en 1901 por Francisco Ferrer Guardia, apuntaron a desarrollar una pedagogía libertaria, que cambiara las mentes y las conciencias y que fuera preparando a los futuros hombres y mujeres para cambiar el orden político y social.

La vertiente educacionista del anarquismo (así la llamaban) no fue la única. También estaban los gremialistas, que hallaban en el ámbito de sociabilidad de los mismos sindicatos -al decir de Juan Suriano- “un excelente instructor y educador obrero”.

Por último, estaban esos luchadores que, siendo concientes de que cada sociedad diseña la educación que necesita, pensaban que una nueva pedagogía sólo podía ser desarrollada en una situación post-revolucionaria. En otras palabras: que la educación anarquista sólo podría impartirse tras el derrumbe del “Estado burgués”.

Hoy estudiamos todas esas vertientes de pensamiento, y aquel debate, con un espíritu casi arqueológico, sin advertir que esas mismas ideas podrían ser reformuladas y lanzadas otra vez al tapete en este comienzo de siglo.

Autonomía y libertad

El sistema capitalista, en una fase de trasnacionalización que no entrevieron, en su magnitud, los padres del socialismo y el comunismo, deja como legado, a la humanidad futura, un nivel de exclusión y expulsión masiva de la historia nunca antes visto.

Hubo saltos inéditos en el conocimiento (pensemos en la revolución digital o en la revolución genética, sin ir más lejos). Pero esas revoluciones conviven con arcaicas y violentas relaciones de propiedad sobre los bienes de la naturaleza, los bienes industriales y la cultura.

Ciertamente, como herencia de las luchas libertarias y socialistas de siglo y medio, nos ha quedado un pasado “arqueológico” extraordinariamente rico en ideas y realizaciones por estudiar, junto con innegables avances en la legislación del derecho general y de los nuevos derechos.

Pero allí nos encontramos, a menudo, con el aborrecible doble estándar: derechos humanos sí, pero para algunos; ciudadanía para unos pocos; un rasero distinto para medir a los pudientes y a los no-pudientes.

¿Cómo podríamos plantear, en este contexto, aquella pregunta que dividía las aguas en la pedagogía anarquista del siglo XIX?

La revolución social (aquella “RS” que consignaban esperanzados en sus cartas los encarcelados y los clandestinos de aquella época), en el mundo del panóptico global y la hipervigilancia, se vuelve improbable.

Es difícil, en los tiempos que corren, que una hipotética “toma de la Bastilla” le gane a la humanidad el derecho a redactar un nuevo calendario o elaborar una nueva pedagogía.

Además -como observaron Marx y otros pensadores- es casi nula la posibilidad de que el hombre o la mujer degradados, embrutecidos o privados del conocimiento, se conviertan en sujetos de cambio.

Sin embargo, se nos ocurre que la fórmula es sencilla. Sigue siendo sencilla. Tan sencilla como aquella estampada en el carnet de un modesto miembro de la Unión de Repartidores de Pan, Bahía Blanca, 1928: mejorar las condiciones morales y materiales.

El pan, el libro... y las alpargatas, por qué no.

Y un espíritu libertario para tejer redes, no solo en la Web.


Agencia de Noticias "Pelota de Trapo"