
Escribir.
No puedo.
Nadie puede.
Hay que decirlo: no se puede.
Y se escribe.
Lo desconocido que uno lleva en sí mismo: escribir, eso es lo que se
consigue. Eso o nada.
Se puede hablar de un mal del escribir.
No es sencillo lo que intento decir, pero creo que es algo en lo que
podemos coincidir, camaradas de todo el mundo.
Hay una locura de escribir que existe en sí misma, una locura de
escribir furiosa, pero no se está loco debido a esa locura de escribir.
Al contrario.
La escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo
que vamos a escribir. y con total lucidez.
Es lo desconocido de sí, de su cabeza, de su cuerpo. Escribir no es ni
siquiera una reflexión, es una especie de facultad que se posee junto a
su persona, paralelamente a ella, de otra persona que aparece y avanza,
invisible, dotada de pensamiento, de cólera, y que a veces, por propio
quehacer, está en peligro de perder la vida.
Si se supiera algo de lo que se va a escribir, antes de hacerlo, antes
de escribir, nunca se escribiría. No valdría la pena.
Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos -sólo lo
sabemos después- antes, es la cuestión más peligrosa que podemos
planteamos. Pero también es la más habitual.
La escritura: la escritura llega como el viento, está desnuda, es la
tinta, es lo escrito, y pasa como nada pasa en la vida, nada, excepto
eso, la vida.
Marguerite Duras
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