Querida Isabel,
Es de noche, la luna llena baña el palacio con su luz
lechosa, atraviesa el alabastro de sus columnas, se derrama sobre la bóveda
central, las torres, recorre los intrincados diseños de muros y ventanas. El
edificio se alza imponente, desafiando al cielo, que se desploma de estrellas a
su alrededor.
Recorro sus naves vacías con fascinación y una inexpresable
inquietud. Sigo un camino circular desde sus extremos al centro. Allí descubro
la cámara principal... un salón enorme, tambien vacío, salvo por un marmol de
unos dos metros de largo por uno de ancho y 60 centímetros de alto en el centro
de la desnuda habitación. Me acerco con cautela, un frio intenso habita la sala
y se instala rápidamente en mis huesos. La inquietud que fue sospecha
cristaliza en certeza... bajo ese marmol yace un cuerpo, y el edificio no es
palacio sino tumba...
Me desperté sin aliento asfixiado por ese monumento grotesco
en su tamaño y artificio, su belleza convertida en horror. Me levanté para
escribirte ya, con las manos temblorosas, para rogarte que cuando llegue mi
hora devuelvas mi cuerpo a la tierra, apenas envuelto en una leve mortaja (para
no exponer mi miseria), que pueda desaparecer en ella, ser consumido sin demora
por los insectos, atravesado por raíces y tallos, devolviendo el alimento que
he recibido, desintegrándome. Por favor asegúrate de que no quede rastro alguno
en el lugar... que el viento barra cualquier marca y la lluvia lo lave.
Prométemelo Isabel, no podré dormir hasta que no reciba tu palabra...
e.c.