No me inclino mayormente por las efemérides, aunque sí ante el oficio santo de la memoria (Mempo G. dixit.). Será que las primeras me resultan un poco agobiantes, tanto por la cantidad (apabullante) de eventos que se hace necesario cubrir (la posibilidad de un olvido injusto siempre acechando la precaria solidez de ese particular cosmos evocativo); como la pereza indescriptible de buscar una clasificación técnica, emocional y metafísicamente satisfactoria.
Sin embargo, hay ocasiones en que son las efemérides mismas las que salen a nuestro encuentro, las que nos hallan, suspendidos en la distracción del momento, atrapados en su fugacidad, y en tales casos , nos eximen de la responsabilidad de individualizarlas y, a la vez, nos imponen suavemente la de llevar su impronta. Un nuevo sentido, un mandato nos une ahora a ellas, el deber de ese efímero homenaje del recuerdo.
Si este tipo particular de recordatorio, en términos generales no me ocupa, tampoco lo ha hecho Adolfo Bioy Casares. Confieso que no leí “La Invención de Morel“, a pesar de la hiperbólica crítica de Borges (antes reproducida), y salvo alguna que otra lectura de Bustos Domecq, debo reconocer que B.C. ha sido para mí poco más que un viejo cheto y mujeriego, al que envidié a la distancia su cercanía a Borges y esa desafectada elegancia y seguridad en sí mismo del que nace con el porvenir asegurado.
No obstante, fue Bioy, o su particular efemérides el que me sorprendió, webeando. Tal vez más precisamente podría decirse que nos chocamos en una esquina cualquiera de la red (www.literatura.org), ensimismados, buscando otras cosas o simplemente paseando sin objeto, y como consecuencia de una circunspecta ojeada a su bio hube de enterarme de que ese día exactamente (8/3/06) se cumplían siete años de su muerte. La coincidencia no deja de ser menor, pero tal vez lo suficientemente llamativa para enfocar brevemente la atención, hasta entonces perdida, en un objeto concreto y acoger provisionalmente la hipótesis de que pudiera estar diciendo algo que valga la pena escuchar.
Lo desconozco casi todo acerca del concepto de sincronía (hay por allí una imagen de Freud, Jung, una biblioteca en penumbras y un coleóptero; un disco de The Police y poco más), aunque admito que me atrae. Cualquier vía alternativa a la causalidad o al mero azar no merece -pienso- ser desdeñada sin más. Este universo es demasiado unilateralmente cruel para descartar otras posibilidades de sentido.
Un tercer elemento se suma, aunque elípticamente. Circunstancias fortuitas ( ¿lo serán todas?) me ponen en contacto al día siguiente con la hija de otro escritor argentino, nacida ella, el ocho de marzo, e insisto en creer que aquí hay algo.
El qué ya es otra cuestión. Acaso su rastro sea demasiado tenue o -como la luna- arroje más sombras que certezas, tal vez importe más la búsqueda en sí, la intuición de “algo” más allá, que nos impulsa en una dirección impensada.
Debido a la forma en que se presenta este pequeño nudo de coincidencias, de muertes, nacimientos y escritores, resistiré la tentación de una investigación metódica, me abstendré de buscar deliberadamente otras coincidencias, otros sujetos o fechas, intentaré que vengan a mí, como lo hicieron antes, aunque ello exija una confianza ciega en un orden desconocido.
Como apunte liminar (o preventivo paraguas), valga el destacar la dificultad de realizar de manera intencional una actividad que por definición es inconciente, o no voluntaria, como más de un estudiante de zen podría atestiguar. Es esa complicación la que, sospecho, más me motiva.
Veremos qué sucede.
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