viernes, mayo 05, 2006

Imágenes del descenso I


"Está todo bien" masculló, con la boca torcida por el esfuerzo, y siguió empujando la frase a través de labios contracturados, por momentos casi gimiendo, hasta que, reuniendo algunos jirones de energía de la desesperación o el miedo, se precipitó otra vez calle abajo.

Caminando en eses, gesticulando desarticuladamente, la voz cambiando de tonos, ora graves y apenas audibles ora agudos, rabiosos, fue dibujando en el aire y en la humedad de la calle los contornos de una angustia antigüa, punzante, perfectamente ejecutada en la rigidez de sus miembros.

Era un hombre joven, pero había siglos cargados en sus enjutos hombros, los omóplatos parecían pegarse a la espalda, formando un escudo. Parecía resistir al tiempo como quien se protege de un viento fuerte, tal vez para no dejar paso a un lustro más, ni un minuto adicional que lo consumiera en autoreproche y lástima de sí mismo. Sentí: “no puedo dejar que se muera solo”.

Sin embargo, al observarlo allí, tropezando -por momentos hasta caer de rodillas-, supe, con aquella certeza que se instala amarga en la boca del estómago, que el hombre no se haría ningún daño mayor ese día, ni en los sucesivos; que la tortura se la reservaba; aplicándola día a día, en dosis graduadas y metódicas, con escalofriante conciencia de su capacidad de soportar. Y la piedad se hizo tristeza, vacía, gris, impersonal como el pavimento.

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