Todos tenemos, o al menos, el suscripto tiene y –como es habitual en estos casos, generaliza -, algunos textos que definen cierto momento, o bien nos definen en determinada circunstancia, o bien consideramos que nos definen a secas.
De tal forma configuran una visión del mundo o de nosotros mismos, devienen pre-texto de futuras acciones, se erigen, a veces, como norma y nos condicionan.
No es sencillo determinar si los buscamos, o ellos nos encuentran. La posibilidad de que una intersección plena de sentido derivara del mero azar resulta tan inquietante que probablemente lo releguemos a las sombras, de donde emergerá en los momentos de crisis en los que ni nuestros textos nos sostienen.
Con el tiempo lo hice a un lado, por ser precisamente “algo adolescente”. La madurez y las certidumbres de mi flamante “adultez” exigían otras seguridades. Claro que otra vuelta de tuerca más adelante me siento aún más interpretado que entonces y, desde esta incertidumbre radical, y esta tristeza, veo alejarse sin desgarro muchos sueños que no lograron superar esa definición…
Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
lo que no conocemos y apenas sospechamos,
Rubén Darío
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