Me pides una carta de amor… mas temo no poder complacerte. Es que el agente de correos hace tiempo no me visita. Primero fue la caída de la casilla postal contigua al portón, que lo obligaba a encaramarse por sobre éste y sortear las malezas del frente, a riesgo de toparse de improviso con alguna serpiente, tropezar sobre la ocasional llanta o, peor aún, esquivar los disparos del Coronel Aureliano, mi único vecino, que ante ruidos sospechosos tenía como sola respuesta, cosas del oficio de guerrero, un "¡Alto!" y la seguidilla de estampidas de su antigua Mauser. Por fortuna la vista del coronel no es tan aguda como su oído y las balas solían perderse silbando en el bosque o repicaban sobre la pared del gallinero abandonado, allí atrás, entre los guayacanes.
Luego, creo que yo mismo me derrumbé, tal vez, bajo el peso de todo el correo comercial que atiborraba la entrada de mi hogar, ofreciendo insistentemente una miríada de productos y servicios que en nada alivian esta pesadez, este desgarro de tu silencio.
Me pides una carta de amor, más no me correspondes; como si fuera yo río y tú mar, y me viera obligado a volcarme entero en ti, y tú… lejana, misteriosa, indiferente como el océano, acaso ignorando que cada letra ha sido escrita con sangre, que cada palabra se forjó a fuego lento en este caldero de mi alma. Los silencios se pueblan de palabras, y la soledad de temores, y en incontables noches he recorrido la cabaña, como jaguar enjaulado, herido, furioso… luego de esperar en vano otra vez una noticia tuya.
Más luego, fue la vaina esa del incendio. No sé ya cómo comenzó, pero sí que terminó rápidamente… todo lo mío ha sido combustible, fácil presa de las llamas. Lo vi desvanecerse bajo las lenguas de fuego. Me quedé allí, al lado, hasta que se extinguió la ultima brasa y con ella el último objeto que me anclara a aquel mundo formado e intermediado por cosas sin valor.
Las botellas de ron que atiné a rescatar al salir, las consumí en el mismo instante en que el incendio se tragaba mi pasado. Ésta es la última, la que confío al arroyo, con tu carta. Ahora vivo aquí, al fondo del terreno, adónde el arroyo, que hoy oficiará de mensajero, forma un pequeño recodo, donde los árboles dan sombra suficiente al mediodía, y al oscurecer llega tenue el canto nocturno de la guerrilla.
Alcanzo a recolectar lo suficiente para comer (frutos silvestres, huevos y cosas por el estilo) sin aventurarme demasiado lejos. En raras ocasiones atrapo algún conejo, pues nunca me han caído bien los vegetarianos. Los objetos de la vida civilizada de a poco se han ido perdiendo o transformando su sentido, sus funciones son otras, inimagibales hace apenas unos meses. Ya no dispongo de tiempo para dedicarles. Tengo demasiado para no hacer.
En fin, con esta carta me despido del último vestigio de lo que vez fui (y con ello, claro, lo que has sido tu en mi); si algo queda de aquel corresponsal, se va con ella, siguiendo el camino del agua, tal vez a perderse nuevamente en tu mar.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario