lunes, abril 17, 2006

Buscando a Costantini


Una salida de subte que asocié enseguida, no sé porqué, con los sudorosos túneles de Retiro -ahí la imagen se congela, la corrida de última hora por el andén hacia otros trenes, otros destinos, en una lejana superficie-. Un libro como compañía de ruta (El Escarabajo de Oro?, la Rama Dorada?) ... las asociaciones se multiplican, se abren, mutan. Por allí detrás, el oro, acaso aportando algo de luz, o calor a ese momento en que el crepúsculo susurra de otras muertes. No puedo recordar más, salvo que estuve allí, en esa piel, con ese sabor a desesperanza y sin embargo, también con esa tenacidad irreductible, aquel asirse a la más frágil e íntima voluntad de ser, más allá de convicciones, recuerdos, esperanzas o temores.

Esto último lo digo ahora, en este momento en que, todo estirado hacia el fondo, tomé cierto impulso sobre algo más sólido que el agua, generando una ligera ilusión de ascenso. No pude concebirlo entonces, aquella noche, manoteando ciegamente algún sentido, buscando en cualquier parte el cobijo que esta sensación de carencia insiste en ubicar afuera. No lo pude decir, digo, porque entonces sólo podía lanzar imprecaciones y todas mis flechas se disparaban envenenadas.

A veces el pasado nos inunda, nos lleva de vuelta a la rastra, a revivir heridas que creíamos cicatrizadas, que vuelven diciendo que no todo está saldado, que a este incierto presente llegamos con deudas.

Desde luego, no es tanto la permanencia de residuos del pasado lo que pesa aquí en la boca del estómago, sino la sensación de que no hemos aprendido nada, que la experiencia obtenida tan duramente se ha esfumado y forzosamente deberemos recorrer el mismo camino con humillación e impotencia, temiendo un nuevo fracaso. Y que volvemos, como advertía Marechal, “a morder las vainas de la furia con los dientes más blandos”.

Hace diez años, otro embarazo, otra herida de amor, otro trabajo insuficiente, otras carencias, también, otras esperanzas, y la ilusión de que el cambio siempre estaba allí, -tal vez- a la vuelta de la esquina, esperándonos con los brazos abiertos, una sonrisa, un “llegaste!”, ahí, a ese lugar al que te encaminabas dolorosamente, paso tras paso, sostenido a veces únicamente en la fe.

Yo sé que no es así, como sé que las certezas que perdí en el camino no lo fueron, como sé que estoy aquí, ahora, y respiro y vivo, y que aún eso es sólo tiempo y forma y juego. Pero, a veces, me olvido, me distraigo, no sé...

“Suelo morirme a las mañanas.

Justamente a la hora

de guardar El Escarabajo de Oro en el portafolios[...]

Humberto Costantini, “Suele suceder”, Cuestiones con la vida, Buenos Aires, Sapientia, setiembre de

1970, pág. 11.

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