Como un puente que no fue,
un esqueleto de maderos negros,
de tiempo y alquitrán,
estirándose con esfuerzo desde la orilla
en actitud de súplica o espera,
aquel viejo muelle
resiste aún la impiedad del viento
y la nieve.
Tal vez,
en algún recoveco,
sus maderas
guarden la memoria
del instante en que
cielo, lago, muelle y montaña
se hicieron uno,
y todo pareció cobrar un sentido
que las palabras
no pueden aprehender.
Acaso el muelle sepa
que una vez, allí,
fui feliz.
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