viernes, diciembre 29, 2006

De libris


Entre los inevitables ritos que acompañan la ficción del pase de año, me ronda desde hace un tiempo la idea de repasar lecturas. Un mero listado resulta árido y poco comprometido, mientras que una "crítica", demasiado pretencioso . La selección de lecturas -siempre azarosa- dificilmente puede constituir un valor objetivo en sí mismo (aunque ocultará sin duda su propio sentido) y obliga -en todo caso- a hacer distincciones acaso enojosas.

En fin, no renuncio a una especie de ayuda memoria, a recorrer ese último estante de la biblioteca personal, auscultándo sus intersticios, lo que queda y lo que que aún no ha flotado a la superficie.

En consecuencia es fuerza hallar un procedimiento. He pensado que un puente que cuelgue, con su intrínseca inseguridad, entre ambos extremos podía acercarse a un método, algo, al fin, no alejado de lo que pasa en general en esta página, volver a leer, reproducir, re-escribir los textos que me atraviesan, o buscan su propia voz. Así, pues, buscaré en cada uno de aquellos, un fragmento que parezca apropiado, y se verá. Para establecer algún tipo de orden, empezaré de atrás para adelante, de lo más reciente a los más antigüo, aunque no me ceñiré a ello si en cualquier momento un texto reclama su lugar.

Kafka en la Orilla
Haruki Murakami

"-Cada uno de nosotros sigue perdiendo algo muy preciado (...) .Oportunidades importantes, posibilidades, sentimientos que no podrán recuperarse jamás. Esto es parte de lo que significa estar vivo. Pero dentro de nuestra cabeza, porque creo que es ahí donde debe estar, hay un pequeño cuarto donde vamos dejando todo esto en forma de recuerdos. Seguro que es algo parecido a las estanterías de esta biblioteca. Y nosotros, para localizar dónde se esconde algo de nuestro corazón, tenemos que ir haciendo siempre fichas catalográficas. hay que limpiar, ventilar la habitación, cambiar el agua en los jarrones de flores. Dicho de otro modo, tú deberás vivir hasta el fin de tus días en tu propia biblioteca"

Angela's Ashes
Frank McCourt

“I talk to St. Francis and tell him about Margaret, Oliver, Eugene, my father singing Roddy McClorey and bringing home no Money, my father sending no Money from England, Theresa and the green sofa, my terrible sin son Carrigogunnell, why couldn’t they hang Hermann Göering for what he did to the little children with shoes scattered around concentration camps, the Christian Brother who closed the door in my face, the time they wouldn’t let me be an altar boy, my small brother Michael walking up the lane with the broken shoe clacking, my bad eyes that I’m ashamed of, the Jesuit Brother who closed the door in my face and the tears in Mam’s eyes when I slapped her”

Seda
Alessandro Baricco

“Francia, sus viajes por el mar, el perfume de las moreras en Lavilledieu, los trenes de vapour, la voz de Hélène. Hervé Joncourt continuó contando su vida como nunca en su vida lo había hecho. Aquella muchacha continuaba mirándolo con una violencia que imponía a cada una de sus palabras la obligación de sonar memorables. La habitación parecía ahora haber caído en una inmovilidad sin retorno cuando de improviso, y de forma absolutamente silenciosa, la joven sacó una mano de debajo del vestido, deslizándola sobre la estera ante ella.”

Seda
Alessandro Baricco

miércoles, diciembre 06, 2006

Luna y panorama de insectos

(Poema de amor)

La luna en el mar riela,
en la lona gime el viento
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul

Espronceda


Mi corazón tendría la forma de un zapato
si cada aldea tuviera una sirena.
Pero la noche es interminable cuando se apoya en los enfermos
y barcos que buscan ser mirados para poder hundirse tranquilos.

Si el aire sopla blandamente
mi corazón tiene la forma de una niña.
Si el aire se niega a salir de los cañaverales
mi corazón tiene la forma de una milenaria boñiga de toro.

Bogar, bogar, bogar, bogar,
hacia el batallón de puntas desiguales,
hacia un paisaje de acechos pulverizados.
Noche igual de la nieve, de los sistemas suspendidos.
Y la luna.
¡La luna!
Pero no la luna.
La raposa de las tabernas,
el gallo japonés que se comió los ojos,
las hierbas masticadas.

No nos salvan las solitarias en los vidrios,
ni los herbolarios donde el metafísico
encuentra las otras vertientes del cielo.
Son mentira las formas. Sólo existe
el círculo de bocas del oxígeno.
Y la luna.
Pero no la luna.
Los insectos,
los muertos diminutos por las riberas,
dolor en longitud,
yodo en un punto,
las muchedumbres en el alfiler,
el desnudo que amasa la sangre de todos,
y mi amor que no es un caballo ni una quemadura,
criatura de pecho devorado.
¡Mi amor!


Ya cantan, gritan, gimen: Rostro. ¡Tu rostro! Rostro.
Las manzanas son unas,
las dalias son idénticas,
la luz tiene un sabor de metal acabado
y el campo de todo un lustro cabrá en la mejilla de la moneda.
Pero tu rostro cubre los cielos del banquete.
¡Ya cantan!, ¡gritan!, ¡gimen!,
¡cubren! ;trepan! ¡espantan!

Es necesario caminar, ¡de prisa!, por las ondas, por las ramas,
por las calles deshabitadas de la edad media que bajan al río,
por las tiendas de las pieles donde suena un cuerno de vaca herida,
por las escalas, ¡sin miedo! por las escalas.
Hay un hombre descolorido que se está bañando en el mar;
es tan tierno que los reflectores le comieron jugando el corazón.
Y en el Perú viven mil mujeres, ¡oh insectos!, que noche y día
hacen nocturnos y desfiles entrecruzando sus propias venas.

Un diminuto guante corrosivo me detiene. ¡Basta!
En mi pañuelo he sentido el tris
de la primera vena que se rompe.

Cuida tus pies, amor mío, ¡tus manos!,
ya que yo tengo que entregar mi rostro,
mi rostro, ¡mi rostro!, ¡ay, mi comido rostro!

Este fuego casto para mi deseo,
esta confusión por anhelo de equilibrio,
este inocente dolor de pólvora en mis ojos,
aliviará la angustia de otro corazón
devorado por las nebulosas.

No nos salva la gente de las zapaterías,
ni los paisajes que se hacen música al encontrar las llaves oxidadas.
Son mentira los aires. Sólo existe
una cunita en el desván
que recuerda todas las cosas.
Y la luna.
Pero no la luna.
Los insectos,
los insectos solos.
crepitantes, mordientes. estremecidos, agrupados,
y la luna
con un guante de humo sentada en la puerta de sus derribos.
¡¡La luna!!

New York. 4 de enero de 1930.

Federico García Lorca

sábado, diciembre 02, 2006

Muda




Tu tarea consiste
en eludir,
rehuir, rehusar, hurtarte,
buscando algo
o alguien
más allá.

Quizás “escapar”
sea muy rotundo,
sin lugar a la sutileza
de la mirada
deambulando por zócalos o corbatas,
posándose apenas un instante allí,
volviendo con brusco aleteo
más lejos,
adonde hay siempre premura por estar,
donde aguardan
obligaciones impostergables
ineludibles
inapelables...

No.
“escapar” no permitiría,
por ejemplo,
que ignores la urgencia
de la retirada,
ni la consistencia con la que
te evaporas
me eclipsas

Mas,
¿porqué ignorar palabras tan precisas
como precaver,
prevenir o conjurar ?
si al fin y al cabo,
la guardia en alto,
rígida la nuca,
el cuerpo en estrategia defensiva,
volviéndose sobre sí mismo
alejándose hacia aquí,
anclado
por invisibles
hilos
de deseo
en mí

y en el fondo de tus ojos,
en la raíz de tu ser,
una sensación oscura,
viscosa,
sublevándose

viernes, diciembre 01, 2006

Imágenes del descenso IV

Huan

En algun momento, no puedo precisar cuándo, las cosas simplemente comenzaron a disolverse. Como va perdiendo sus formas el paisaje en el atardecer, elevándose un velo impalpable que funde planicie y cielo, y el camino con leves temblores se desvance. Los árboles se agigantan brevemente para luego perder sus contornos en colores cada vez más uniformes, oscuros, homogéneos.
Primero fue el trabajo. De pronto perdió todo significado. No sabía para qué. Y cada uno de los pequeños rituales se escabullía. No sólo perdí toda capacidad de concentración, sino que me olvidaba hasta de las rutinas más sencillas. Empezaron a apilarse los papeles en mi escritorio y en cada caso parecía imposible encontrar la punta de un ovillo cada vez más enmarañado.
No se demoraron las quejas y recriminaciones.¡No tenía nada que contestar! No podía explicar cómo olvidé presentar ese recurso en plazo. No imaginaba cuánto había pasado desde que pasé a ver el expediente de Ordoñez. El tiempo parecía escurrirse entre mis manos sin que pudiera siquiera reconstruir qué había hecho.
Tras sumarias expresiones de preocupación por mi salud (física o mental, tal vez ambas) ante las cuáles no supe qué contestar, me encontré prontamente sin empleo. No pude protestar, es que, al fin y al cabo tenían razón.
Tampoco opuse resistencia cuando se fue Irene. Lo venía anunciando. Cuando sustituyó los reclamos por largas miradas en las que perplejidad y ofensa se alternaban y fundían, y el silencio entre los dos llegaba a cada rincón de la casa. No sabía qué razón invocar para que se quedara. Creo que cualquier intento habría bastado para detener su figura incierta en el marco de la puerta, pero la menor palabra resultaría casi ofensiva quebrando aquel silencio al que casi religiosamente nos habíamos habituado.
Tengo que aclarar -si tal palabra guarda algún sentido- que nunca estuve tan consciente de lo que le pasaba a los demás, que podía sentir su dolor, su desconcierto, el esfuerzo por explicarse este obsceno retraimiento, esta suerte de autismo que me impedía, decían, comprender el mal que causaba a otros y a mí mismo. Allí, a lo lejos, en otro estadio de la existencia, que se volvía progresivamente más instrascendente, había sido lo que se llamaba un "joven promisorio". Una carrera profesional establecida, un matrimonio "perfecto", responsabilidades, dinero, “buena” familia... en fin, las condiciones que convencionalmente auguran el "éxito". Todo ello, claro, lleva implícito que las cosas tengan bordes, entidad, se diferencien unas de otros, que cuenten con fronteras distinguibles. Las relaciones sociales, los objetivos económicos, el bien, el mal, lo cultural y lo deportivo, la santamadreiglesia y los aujeros negros y el plan de vida de cada uno, tenían todos en común la definición, un concepto que resumía lo esencial de su ser y les permitía ser amados, despreciados, pensados o ignorados, de cualquier manera ubicados en compartimentos a voluntad o deseo. Tan detallada y minuciosamente clasificados que cobraban existencia autónoma, jugando, seduciendo, presionando, inundando los sentidos de formas...
Pero, todo eso fue antes, antes de que comenzara la disolución.

martes, noviembre 28, 2006

Cerezas


de Manuel Vincent



He subido de nuevo al valle de los cerezos, en la Marina Alta, donde en otros tiempos fui muy feliz en medio del silencio tratando de descifrar el jeroglífico que los lagartos llevan grabado en el rabo. A estas alturas de la vida no he logrado comprender todavía por qué el esplendor de un paisaje unas veces te llena de un placer casi salvaje los sentidos y otras te sume en una profunda tristeza. Como en otros días de primavera, también esta mañana mientras ascendía muy despacio las ramas cuajadas de cerezas maduras invadían el interior del coche por las ventanillas y al arrebatarle sin esfuerzo este fruto al árbol tenía la sensación de estar recibiendo de la vida un amor inmerecido. Pero hoy es uno de esos días en que sientes que la belleza te hiere. Siempre que subo a este valle cuyo esplendor he soñado desde mi juventud creo estar ejerciendo mi particular mito de Sísifo, aunque cada vez es distinta la piedra que uno carga. Sísifo no la transportaba sobre su espalda, sino en el corazón o en la mente, porque la cima del monte se hallaba en el interior de sí mismo y ese es el mito: bajar y volver a subirte desde el pozo ciego de las entrañas hasta la cumbre de la inteligencia soleada para despeñarte una y otra vez. La piedra siempre es uno en cuerpo y alma. ¿Cómo es posible estar tan triste en medio de esta enorme lumbre de cerezas encendidas? Antes de emprender viaje esta mañana he visto a una pareja de ratas grises encaramadas en una palmera desayunando pequeños dátiles de oro y luego durante la ascensión esta imagen ha sido sustituida por el olor a espliego que llenaba mi memoria y dentro de ella iba restaurando los fragmentos de una pasión con el sonido de unos versos de Horacio. Al final del camino me he sentado sobre mi propia melancolía a la sombra de una pared que aún rezumaba por las grietas la lluvia pasada. Desde allí arriba cada barranco abre un ojo azul, que es el mar donde han naufragado todos los placeres de la juventud. Jugaba con el bastón a arrancar una piedra de buen tamaño que se hallaba a mis pies cuando de forma imprevista por debajo ha salido un lagarto, que antes de huir ha quedado un momento extasiado mirándome con la cabeza ladeada. En su rabo he creído leer esta inscripción labrada hace miles de años: olvida el pasado y toma lo que la hora presente te dé. Después he arrancado la piedra y ella por sí misma ha salido rodando por todo el valle poseída por el fuego de los cerezos. Se lleva mi corazón. Iré a recogerla mañana.

lunes, noviembre 20, 2006

Leer y escribir

En la clase de Castellano de primer año del secundario, la profesora preguntó quiénes leían. Levanté la mano junto con un par de compañeros. Ella me preguntó qué estaba leyendo. “Una de Corín Tellado”, le contesté. Hubo unas risas generales que acompañaron la cara desconcertada de la profesora. Supuse que mi respuesta no era un carta ganadora y maldije mi ímpetu participativo. Pasaron dos meses, y una tarde la profesora, antes de irse del aula, me volvió a preguntar con una ligera sorna y un tono casi compasivo: “¿Y ahora qué estás leyendo?”. No sin cierto temor a provocarme un nuevo contratiempo, susurré: “Una de Dostoievsky”. Ella se quedó mirándome. “¿Cuál?”, preguntó. Crimen y castigo, confesé. Puso la palma de la mano en mi mejilla, y sonrió. “Vas bien”, dijo. Nunca supe por qué leía de chica. En mi casa no había libros. Había, bueno, una enciclopedia que hacía juego con los muebles del comedor, y una Historia de Grecia y de Roma en dieciséis tomos que nadie en dos décadas se ocupó de abrir. Las novelitas de Corín Tellado me las había empezado a comprar en el kiosco de la esquina no bien me cansé de leer Susy, secretos del corazón. Las recuerdo como películas porno, en las que la trama nunca importa. Pasaba rápidamente las hojas de peripecia y circunstancia para llegar a los párrafos en los que él se inflamaba de deseo y ella lo detenía justo antes de ceder a su pasión. Cómo apareció Dostoievsky, no tengo la menor idea. Sí recuerdo que con Crimen y castigo me sentía Jo, la de Mujercitas, arrobada, leyendo, comiendo manzanas deliciosas mientras el tiempo pasaba en el altillo. Jo fue la primera lectora cuya descripción leí. Y lo que me había atrapado de esa descripción era la fuga, el receso, la tregua que para esa niña suponía entrar en una trama imaginaria y lograr que la realidad se diluyera. “Escribir es una forma de libertad personal. Nos libera de la identidad colectiva que vemos forjarse a nuestro alrededor. Al final, los escritores escribirán no para ser héroes proscriptos de alguna subcultura, sino para salvarse a sí mismos, para sobrevivir como individuos.” Esto se lo escribió John de Lillo en una carta a Jonathan Franzen, que era joven, novelista, exitoso, mediático, buen mozo, culto, colaborador del New Yorker, best seller y, así y todo, estaba deprimido. Muy deprimido. Franzen es autor de un ensayo que causó bastante revuelo hace unos años cuando lo publicó en Harper’s Bazaar. Se llamaba “¿Para qué molestarse?”. Es inevitable no asociarlo con el inolvidable Crack Up de Fitzgerald, sólo que esta vez el autor no se miraba trágica y genialmente el ombligo, sino que desnudaba un cuadro de situación general. Era un largo y nutricio análisis de la posición actual de la novela en el campo cultural norteamericano. Era fundamentalmente la admisión de que los novelistas ya no son quienes cambiarán nada, que el ámbito de influencia de una novela es cada día más acotado y pequeño, y que mientras lectores y escritores siguen encapsulados en su fascinación por las tramas y los estilos, las nuevas tecnologías se ocupan de hacer el lifting cultural en millones de consumidores que no tienen conciencia de sí. Los escritores pueden cosechar fama y prestigio, algunos pocos hasta ganar dinero, pero la novela como producto cultural ya no es ni masivo ni decisivo. Salvo artefactos editoriales mayúsculos, como Harry Potter o Memoria de mis putas tristes, ningún lector invierte ansiedad en la expectativa de una próxima novela. La no ficción ha reemplazado a la tregua de la lectura de ficción. La lectura ya no es un viaje hacia una dimensión imaginaria, sino un baño de inmersión en la realidad y el intento de salir un poco más airosos de nuestras confusiones.“Ya había comprendido que la promoción o el trayecto en limusina a una filmación de Vogue no eran simples complementos. Eran el premio principal”, decía Franzen, con el desasosiego de quien se había tomado demasiado en serio a sí mismo. “El novelista tiene cada vez más cosas que decir a lectores que cada vez tienen menos tiempo de leer: ¿dónde encontrar la energía de influir en una cultura en crisis, cuando la crisis consiste en la imposibilidad de influir en la cultura?”, se preguntaba Franzen en el artículo del Harper’s. Y es una gran pregunta.Un gran cuchillo que no vemos y que no empuñamos ha dividido la torta en tres. De un lado, el más pequeño, como el de los que no saben o no contestan en algunas encuestas, están los fieles a la letra escrita. Del otro, están los que sólo buscan calmarse: entretenerse de lo insoportable con los medios electrónicos que no demandan esfuerzo intelectual y ofrecen como mercancías valiosas desde traseros femeninos pintados con flúo hasta hombres rata disfrazados de araña. Y, finalmente, están los que no pueden elegir, porque están mucho más atrás de cualquier posibilidad de elección cultural. Shirley Heath, antropóloga y lingüista de Stanford, se pasó una década, los ’80, recorriendo “zonas de transición forzosa” como aeropuertos, transportes públicos, salas de espera o lugares de veraneo entrevistando a gente a la que veía con libros “serios” en sus manos. Quería saber, Heath, por qué esa gente lee, cuando la lectura de ese tipo de libros parece hoy una forma de resistencia a las inercias de la época. Su investigación la llevó a concluir que hay dos tipos de “lectores resistentes”: aquellos para quienes el hábito de leer fue “firmemente inculcado” en la infancia, como un don familiar, como un rasgo de aristocracia cultural relativa al “buen uso del tiempo libre”, y aquellos que, más misteriosamente, han sido niños “socialmente aislados”, y que han aprendido solos a dejarse acompañar por los autores de los libros que han leído. De este segundo tipo de lectores es del que, según Heath, suelen salir los escritores.Leer y escribir son dos acciones humanas vinculadas en la primera de sus acepciones a la alfabetización. Cuántas personas en una sociedad son capaces de codificar y decodificar letras es uno de los índices que miden cierto estado de las cosas. Pero leer y escribir, en una segunda capa de esa cebolla, implica actualmente otro tipo de actividad intelectual que roza, en el mundo del mercado, la bancarrota. De ahí la gran pregunta de Franzen y el origen de su perturbación: si nuestra cultura de mercado se las ha ingeniado para pertrecharse contra toda influencia cultural, ¿de dónde sacar la energía para influir sobre ella? ¿Con qué artilugios o atributos seductores se puede desenmascararla? ¿Con qué piedra se puede romper el hechizo de la parafernalia electrónica? ¿Cómo dar cuenta de esos otros mundos paralelos que se baten a duelo mientras las nuevas generaciones se internan cada vez más en el reino de lo literal, lo instantáneo, lo ligero? ¿Cómo escapar del presunto elitismo al que lectores y escritores son condenados por los organizadores anónimos de esta triste gran fiesta?

Sandra Russo

lunes, noviembre 06, 2006

El Otro



¿Por qué mencionar los nombres
de dioses o estrellas,
espuma de un océano oculto,
polen de un jardín recóndito,
cuando lo que nos duele es la vida misma,
cuando cada nuevo día
desgarra nuestras entrañas,
cuando al caer la noche
nos retorcemos destrozados?
¿Cuándo sentimos el dolor del otro,
alguien a quien desconocemos
pero que siempre está presente,
y es la víctima, el enemigo, el amor
y todo lo que necesitamos
para llegar a ser completos?
Nunca alces tus súplicas a lo oscuro,
no apures la copa de la alegría de un solo trago.
Mira a tu alrededor:
hay alguien, siempre hay alguien,
que respira tu sofoco,
se alimenta de tu hambre
y, al morir, convive
con la mitad más pura de tu muerte.

Rosario Castellanos

martes, octubre 31, 2006

Imagenes del descenso III

Si, me cogí a unas cuantas mujeres bellas. El mérito, desde luego, no fue mío sino más bien de las circunstancias o el azar. De todas formas los motivos no tienen relevancia para la estadística.

Dicho sea de paso, encuentro adecuada la brevedad de la palabra coger; tomar, asir por unos instantes. No es más lo que nos da el encuentro de los cuerpos que implausiblemente se llamó "conocer" en el viejo testamento, como si pudiera conocerse a alguien. O -para el caso- "poseer", una variante más a tono con el capitalismo aunque igualmente ilusoria, cuando no poseemos ni el tiempo de nuestro propio cuerpo. Por cierto, nada resulta más torpe que "hacer el amor", no se sostiene ni gramaticalmente. La fealdad de la palabra me exime de hablar de “follar”. Perdoná esta disgresión charlie, no viene al caso; es que me peleo con las palabras, aunque ya te hablaré más sobre eso.

Volviendo. No he desdeñado mi cuota de cerveza, consumiéndola en cualquier lugar menos bares, museos o iglesias y he sido tan moroso como dormilón. De las peleas sólo puedo decir que devolví cada golpe y que me crujieron los huesos de las manos más veces de las que puedo recordar. Escuché a Brahms y a Bach hasta que me sangraron los tímpanos y le dí, le dí duro...pero, acá me tenés, frente a esta máquina, puta que se ofrece y se niega, y nada. Te juro que nunca quise ser escritor, no me interesa comunicarme con nadie, no pretendo la posteridad y, como dije, con las mujeres no me ha ido tan mal, al menos hasta ahora. Pero, es esta bola de metal, este líquido ardiente, este vaho fétido que se me alojó en la entraña, negándose a salir, a liberarme de su peso.

Somos esclavos de las palabras viejo charlie, siervos de términos y definiciones que se apilan unos sobre otros sobre nuestras cabezas y corazones, prisioneros entre los alambres de púa y trincheras que delimitan conceptos, nociones, significantes y significados, esa siniestra herencia de Adán. Debió comerse todas las manzanas de aquel arbol ponzoñoso, pero jamás ponerles nombre.

Piedra tras piedra encerrándose en sus sepulcros, y con cada nuevo bautismo achicando el mundo, empujándo al vacío lo innombrable. Eso, esa cosa, esa bola de hierro que se aloja en la entraña, ese líquido fuego que no puedo expulsar, que no disuelven ni la mujeres, ni la cerveza, ni un sábado afortunado en Palermo, y aquello que se vuelca sobre mi máquina, charlie, una sustancia viscosa que se escurre entre las letras, adhiriéndolas, tranformándolas, tornándolas tan inútiles como vacías.

Mientras tanto, esta bola de fuego, este hierro líquido, incandescente, demanda su lugar, exige hurgar como un gusano ciego la madera, rasgar el vientre de las cosas, penetrar en los silencios volcando su semilla. Quiere reventar en palabras de furia y de viento, estallando sobre el mundo como bombas, cayendo como granizo de fuego sobre las bibliotecas, llevándose en su torrente a los diccionarios, a los tesauros, las etimologías y los filólogos.

Miento. Sabés que miento, lo dice tu sonrisa torcida. Si no estuviera el testimonio de los perros viejos, bastarían estos párrafos. “No es la arcilla sino el orfebre” me susurra dulcemente un temprano sabor a muerte, y la impotencia que se retuerce sobre el asfalto y aquella sustancia viscosa que ya inunda la habitación, si, ahí donde le doy y le doy, embistiendo una y otra vez las sombras.

¿Porqué me mentiste charlie, con tu receta de lumpen desgraciado, y aquel pálido, cínico consuelo final? Tu procacidad, esa que te hizo famoso charlie, es cosa de jardín de infantes al lado de la obscena desnudez de mi deseo, de esta bola líquida, de este fuego en el vientre, de esta navaja de hielo que quiere vomitarme sobre un papel charlie, y no puede.

Al cabo del día, ni la muerte nos hermana tanto como el deseo, charlie, viejo, esa herida abierta, nuestro emblema de incompletitud, siempre urgente, sedienta, sin importar sobre qué objeto recaiga. Fijate, viejo perro, mirá bien a quién pertenece tu deseo y sabrás quién es tu amo. Claro, ya lo conocés, si lo has estado sirviendo toda la vida, o huyéndole, los ojos brillando blancos en la espesura, tropezando con raíces, adhiriéndote al fango, mientras se agudiza el aullar de la jauría. Ese mismo con el que jugaste a la traición, al desengaño y toda esa basura, sin hacerte más sabio ni más fuerte... ofrendando esa bola de hierro, ese líquido fuego que te quema la entraña... y la mía.

A Charles Bukowski

http://www.lexia.com.ar/bukowsky.htm "Cómo ser un gran escritor"

domingo, octubre 29, 2006

Vuelo sin Orillas


Abandoné las sombras,
las espesas paredes,
los ruidos familiares,
la amistad de los libros,
el tabaco, las plumas,
los secos cielorrasos;
para salir volando,
desesperadamente.

Abajo: en la penumbra,
las amargas cornisas,
las calles desoladas,
los faroles sonámbulos,
las muertas chimeneas
los rumores cansados,
desesperadamente.

Ya todo era silencio,
simuladas catástrofes,
grandes charcos de sombra,
aguaceros, relámpagos,
vagabundos islotes
de inestable riberas;
pero seguí volando,
desesperadamente.

Un resplandor desnudo,
una luz calcinantes
e interpuso en mi ruta,
me fascinó de muerte,
pero logré evadirme
de su letal influjo,
para seguir volando,
desesperadamente.

Todavía el destino
de mundos fenecidos,
desorientó mi vuelo
-de sideral constancia-
con sus vanas parábolas
y sus aureolas falsas;
pero seguí volando,
desesperadamente.

Me oprimía lo flúido,
la limpidez maciza,
el vacío escarchado,
la inaudible distancia,
la oquedad insonora,
el reposo asfixiante;
pero seguía volando,
desesperadamente.

Ya no existía nada,
la nada estaba ausente;
ni oscuridad, ni lumbre,
-ni unas manos celestes-
ni vida, ni destino,
ni misterio, ni muerte;
pero seguía volando,
desesperadamente.

Oliverio Girondo

miércoles, octubre 11, 2006

Mienten


Mienten
el amarillo sol sobre mi frente
el hijo azul que prospera en tu vientre
la vida se detuvo hace tiempo
y de repente
Mienten
la sonrisa del adolescente
las pretenciones de los pretendientes
miente el feliz reflejo en el espejo
de alguna gente.

Y mienten
quien dice que no es urgente
porque el fantasma del hambre
se aparece entre mi gente
y no me puedo enderezar
y estoy parado
naci para trabajar, naci para trabajar,
y no hay trabajo.

Mienten
esa agonia sobre mi pecho verde
la mala racha de un hombre valiente
las cuatro puñaladas de esos cuatro
delincuentes.

Mienten
yo te iba a dar lo que tu me pidieses
que no soy yo quien merece perderte
con lo que te he buscado amor mio
no me dejes.

Y mienten
que nadie se llame a engaño
han marcado la baraja
y me han robado la suerte
y no me puedo enderezar
y estoy parado
naci para trabajar, naci para trabajar,
y no hay trabajo.


Roque Narvaja




Oración de un desocupado



Padre,
desde los cielos bájate, he olvidado
las oraciones que me enseñó la abuela,
pobrecita, ella reposa ahora,
no tiene que lavar, limpiar, no tiene
que preocuparse andando el día por la ropa,
no tiene que velar la noche, pena y pena,
rezar, pedirte cosas, rezongarte dulcemente.

Desde los cielos bájate, si estás, bájate entonces,
que me muero de hambre en esta esquina,
que no sé de qué sirve haber nacido,
que me miro las manos rechazadas,
que no hay trabajo, no hay,
bájate un poco, contempla
esto que soy, este zapato roto,
esta angustia, este estómago vacío,
esta ciudad sin pan para mis dientes, la fiebre
cavándome la carne,
este dormir así,
bajo la lluvia, castigado por el frío, perseguido
te digo que no entiendo, Padre, bájate,
tócame el alma, mírame
el corazón,!
yo no robé, no asesiné, fui niño
y en cambio me golpean y golpean,
te digo que no entiendo, Padre, bájate,
si estás, que busco
resignación en mí y no tengo y voy
a agarrarme la rabia y a afilarla
para pegar y voy
a gritar a sangre en cuello


Juan Gelman


lunes, octubre 09, 2006

Los dinosaurios caminan de nuevo...

No es que dejaran de vivir entre nosotros. Treinta años cruzándolos en cualquier esquina o bar o pasillo... Treinta años escuchándolos mentir, torcer, justificar... pero la lucha de tantos compañeros vivos y muertos no fue en vano y llegó un momento en que el consenso democrático los relegó al ámbito de lo vergonzante. Pero con la progresiva erosión de la impunidad estalló el miedo y ya sabemos cómo reaccionan los cobardes violentos. Otra vez se impone la resistencia, mantener la sed de justicia, la memoria implacable y la dignidad de los justos perseguidos.

Porque no hay paz sin justicia, nos hay justicia sin castigo a los culpables, no hay reconciliación sin arrepentimiento y reparación. Porque los que secuestran, torturan, desaparecen, matan, encubren y justifican el crimen son y serán siempre el enemigo.

A Julio López, a los testigos, a los que resisten


LOS ENEMIGOS

Ellos aquí trajeron los fusiles repletos
de pólvora, ellos mandaron el acerbo exterminio,
ellos aquí encontraron un pueblo que cantaba,
un pueblo por deber y por amor reunido,
y la delgada niña cayó con su bandera,
y el joven sonriente rodó a su lado herido,
y el estupor del pueblo vio caer a los muertos
con furia y con dolor.
Entonces, en el sitio
Donde cayeron asesinados,
Bajaron las banderas a empaparse de sangre
Para alzarse de nuevo frente a los asesinos.

Por estos muertos, nuestros muertos
Pido castigo.
Para los que de sangre salpicaron la patria,
Pido castigo.
Para el verdugo que mandó esta muerte,
Pido castigo,
Para el traidor que ascendió sobre el crimen
Pido castigo.
Para el que dio la orden de agonía,
Pido castigo.
Para los que defendieron este crimen,
Pido castigo.
No quiero que me den la mano
Empapada con nuestra sangre.
Pido castigo.

No los quiero de embajadores,
Tampoco en su casa tranquilos,
Los quiero ver juzgados,
En esta plaza, en este sitio.
Quiero castigo.

Pablo Neruda

viernes, octubre 06, 2006

Ah. mis amigos, habláis de rimas


Ah, mis amigos, habláis de rimas
y habláis finamente de los crecimientos libres...
en la seda fantástica os dan las hadas de los leños
con sus suplicios de tísicas
sobresaltadas
de alas...

Pero habéis pensado
que el otro cuerpo de la poesía está también allá, en el Junio
de crecida,
desnudo casi bajo las agujas del cielo?

Qué haríais vosotros, decid, sin ese cuerpo
del que el vuestro, si frágil y si herido, vive desde "la división",
despedido del "espíritu", él, que sostiene oscuramente sus
juegos
con el pan que él amasa y que debe recibir a veces
en un insulto de piedra?
Habéis pensado, mis amigos,
que es una red de sangre la que os salva del vacío,
en el tejido de todos los días, bajo los metales del aire,
de esas manos sin nada al fin como las ramas de Junio,
a no ser una escritura de vidrio?

Oh, yo sé que buscáis desde el principio el secreto de la tierra,
y que os arrojáis al fuego, muchas veces, para encontrar el
secreto...
Y sé que a veces halláis la melodía más difícil
que duerme en aquellos que mueren de silencio,
corridos por el padre río, ahora, hacia las tiendas del viento...
Pero cuidado, mis amigos, con envolveros en la seda de la
poesía
igual que en un capullo...
No olvidéis que la poesía,
si la pura sensitiva o la ineludible sensitiva,
es asimismo, o acaso sobre todo, la intemperie sin fin,
cruzada o crucificada, si queréis, por los llamados sin fin
y tendida humildemente, humildemente, para el invento del
amor...

Juanele
Juan L. Ortiz

miércoles, octubre 04, 2006

Días como navajas


siendo muchacho dividí en partes iguales el tiempo
entre los bares y las bibliotecas; cómo me las arreglaba para proveerme de
mis otras necesidades es un puzzle; bueno, simplemente no
me preocupaba demasiado por eso-
si tenía un libro o un trago entonces no pensaba demasiado
en otras cosas- los tontos crean su propio
paraíso.

en los bares, pensaba que era rudo, quebraba cosas, peleaba
con otros hombres, etc...

en las bibliotecas era otra cosa: estaba callado, iba
de sala en sala, no leía tantos libros enteros
sino partes de ellos: medicina, geología, literatura y
filosofía. Psicología, matemáticas, historia, otras cosas me
aburrían. Con la música estaba más interesado en la música y en
la vida de los compositores que en los aspectos técnicos...

sin embargo, era con los filósofos con los que me sentía en hermandad:
Schopenhauer y Nietzsche, incluso aquel viejo díficil-de-leer Kant;
encontré que Santayana, bastante popular en aquella época,
cojeaba y era aburrido; con Hegel realmente tenías que escarbarlo, sobre todo
con una resaca; hay muchos de los que leí de los que me he olvidado,
quizás con buena razón, pero recuerdo un tipo que escribió un
libro entero en el que probaba que la luna no estaba allí
y tan bien lo hizo que después pensaba, está
absolutamente en lo cierto, la luna no está allí.

¿cómo cresta va un muchacho dignarse a trabajar
8 horas al día cuando la luna ni siquiera está allí?
¿qué otra cosa
estará faltando?
y
no me gustaba la literatura tanto como los críticos
literarios; ellos sí que eran verdaderos aguijones, esos tipos usaban
un lenguaje refinado, hermoso a su manera, para llamar a otros
críticos, otros escritores, unos huevones. Me
subían el ánimo
peor eran los filósofos quienes satisfacían
esa necesidad
que acechaba en alguna parte de mi confuso cráneo: vadeando
por sus excesos y su
vocabulario cuajado
aún me asombraban
saltaban hacia mí
brincaban
con una llameante declaración lúdica que aparecía ser
una verdad absoluta o una puta casi
absoluta verdad,
y esta certeza era la que yo buscaba en una vida
diaria que más bien parecía un pedazo de
cartón.

qué grandes tipos eran esos viejos perros, me ayudaron a atravesar
esos días como navajas y noches llenas de ratas; y mujeres
regateando como martilleros del infierno.

mis hermanos, los filósofos, me hablaban como nadie
venido de las calles o alguna otra parte; llenaban
un inmenso vacío.
Qué buenos muchachos, ah, ¡qué buenos muchachos!

sí las bibliotecas ayudaron; en mi otro templo, los bares,
era otra cosa, más simplista, el
lenguaje y el camino era diferente...

días de bibliotecas, noches de bares.
las noches eran todas parecidas,
hay un tipo sentado cerca, quizás no de
mal aspecto, pero a mí no me parece bien,
hay una horrible muerte allí -pienso en mi padre,
en maestros de escuela, en caras, en las monedas y billetes; en sueños
de asesinos de ojos fríos; bueno,
de alguna forma este tipo y yo llegamos a cruzar miradas
una furia lentamente comienza a acumularse: somos enemigos,
gato y perro, cura y ateo, fuego y agua; la tensión crece,
bloque sobre bloque apilado, esperando el choque; nuestras manos
se abren y cierran, cada uno bebe, ahora, finalmente con un propósito:

su cara se torna hacia mí:
"¿alguna huevá te molesta?"

"sí. tú"

"¿querís algo
p'arreglarla?"

"seguro."

terminamos nuestros tragos, no paramos, nos movemos hacia el
fondo del bar, afuera en el callejón; nos
damos vuelta, mirándonos cara a cara.

le digo, "no hay más que aire entre nosotros. ¿algo
para cerrar el hueco?"

él se precipita hacia mí y de alguna forma es una parte de una parte de la parte.

Charles Bukowski

A ver si entiendo



¿Dices

Que te tortura el no poder escribir

O que

No puedes escribir porque estás torturado?

¿Dices

Que en estos tiempos te han convertido en un escéptico

O que

Estos tiempos confirman tu escepticismo?

Mira, voy a decirte una cosa

Preferiría tener que echarles el lazo a las reses

Que hablar de política contigo

Preferiría caer borracho perdido

Debajo de un camión de remolque

Tu desesperación es más aburrida

Que el Merv Griffin Show

Tu gimoteante lloriqueo

Tus grandes soluciones baratas para la delincuencia

Levanta el culo y ponte a cocinar

Haz con tu tiempo

Lo que quieras

Pero no malgastes el mío



Sam Shepard

Crónicas de Motel

2/80

Santa Rosa, Ca.

lunes, octubre 02, 2006

En mi oficio o mi arte sombrío...


En mi oficio o mi arte sombrío
ejercido en la noche silenciosa
cuando sólo la luna se enfurece
y los amantes yacen en el lecho
con todas sus tristezas en los brazos,
junto a la luz que canta yo trabajo
no por ambición ni por el pan
ni por ostentación ni por el tráfico de encantos
en escenarios de marfil,
sino por ese mínimo salario
de sus más escondidos corazones.

No para el hombre altivo
que se aparta de la luna colérica
escribo yo estas páginas de efímeras espumas,
ni para los muertos encumbrados
entre sus salmos y ruiseñores,
sino para los amantes, para sus brazos
que rodean las penas de los siglos,
que no pagan con salarios ni elogios
y no hacen caso alguno de mi oficio o mi arte.

DYLAN THOMAS
Versión de Elizabeth Azcona Cranwell

jueves, septiembre 14, 2006

Discurso en el Depósito de Objetos Perdidos


DISCURSO EN EL DEPÓSITO DE OBJETOS PERDIDOS

Perdí algunas diosas en el camino de sur a norte,
y también muchos dioses en el camino de este a oeste.
Se me apagaron para siempre un par de estrellas, ábrete cielo.
Se me hundió en el mar una isla, otra.
Ni siquiera sé exactamente dónde dejé las garras,
quién trae mi piel, quién vive en mi concha.
Mis hermanos murieron cuando me arrastré a la orilla
y sólo algún huesito celebra en mí ese aniversario.
Salté de mi pellejo, perdí vértebras y piernas,
me alejé de mis sentidos muchísimas veces.
Desde hace mucho cerré mi tercer ojo ante todo esto,
me despedí de todo con la aleta, me encogí de ramas.
Se esfumó, se perdió, se dispersó a los cuatro vientos.
Yo misma me sorprendo de mí misma, de lo poco que quedó
de mí
:un individuo aislado, del género humano por ahora,
que sólo perdió su paraguas ayer en el tranvía.

WISLAWA SZYMBORSKA
De "Si acaso" 1978 Versión de Gerardo Beltrán

jueves, agosto 31, 2006

Hay un Morir



No me lleves a sombras de la muerte
Adonde se hará sombra mi vida,
Donde sólo se vive el haber sido.
No quiero el vivir del recuerdo.
Dame otros días como éstos de la vida.
Oh no tan pronto hagas
De mí un ausente
Y el ausente de mí.
¡Que no te lleves mi Hoy!
Quisiera estarme todavía en mí.

Hay un morir si de unos ojos
Se voltea la mirada de amor
Y queda sólo el mirar del vivir.
Es el mirar de sombras de la Muerte.
No es Muerte la libadora de mejillas,
Esto es Muerte. Olvido en ojos mirantes.

Macedonio Fernandez


miércoles, agosto 09, 2006

De libros y bibliotecas

Abordar el tema de las bibliotecas sin ser devorado por el tópico, ni devenir un pálido plagio de Borges (para citar al paradigma de los ‘bibliotecófilos’), constituye una empresa para valientes o talentosos, lo que –lamentablemente- no es el caso aquí.

Sin embargo, es fuerza reconocer que si se ha de escribir, inevitablemente se hará sobre nuestras propias obsesiones, aquellas que no se eligen, acaso se hereden o fijen en el espíritu en algún punto crucial de nuestra biografía, sin que sepamos porqué, ni importe con quién se compartan. Tal vez averigüarlo sea parte de la misma obsesión.

De todas formas, esta cultura de la pura subjetividad y la auto-referencia (de la cual el blog parece precisamente el instrumento arquetípico) ofrece coartada suficiente para que cada uno perpetre su versión de “Las bibliotecas según X”, librándonos a todos ex ante del peso del método científico y sus molestas normas.

Parece razonable postular que el interés por las bibliotecas sea una derivación lógica del interés por los libros. En esta línea, las bibliotecas tendrían la función de facilitar el acceso a las obras, tanto en lo material, lo espacial, lo cuantitativo, como lo conceptual.

Desde luego, como se apuntara, las mismas también han operado (notablemente en la edad media europea) como sitios de preservación y aún reproducción de obras. Entre otras opciones igualmente interesantes, podría asimismo pensarse a la biblioteca (sospecho que Borges lo hace) como manifestación de un cosmos, de tal suerte que no sería el contenido lo más importante, sino la virtud de dotar de orden o inteligibilidad al caos de lo particular. La clasificación como obra del demiurgo. No puedo dejar de mencionar -para su posterior desarrollo- la bioblioteca refugio, templo o guarida.

En La Biblioteca de Babel, Borges denota el universo en sí, una biblioteca infinita en la que se hallan todas las obras, sus aproximaciones, las obras perdidas y aún algunas obras no escritas. Acaso, por tratarse de libros, que en definitiva sólo pueden constituir proposiciones acerca del universo, habría que reducirla a mera representación. Barrunto, no obstante, que el bibliotecario ciego piensa más bien en una biblioteca en la que palabra, idea –platónica- y cosa son una y la misma, y, por lo tanto, la biblioteca es el mismo universo.

En la Biblioteca de Alejandría, se propuso reunir todo el conocimiento existente, mientras que la biblioteca de la abadía dominicana de El Nombre de la Rosa "… es un gran laberinto, signo del laberinto que es el mundo.", la biblioteca nuevamente como representación (aunque podría destacarse que “el mundo” referido no es el universo infinito de la Biblioteca de Babel). Esta biblioteca también es el escondite de de un libro temible, subsersivo, el libro de la risa. Se ha postulado que aquella biblioteca no constituye más que un escondite para ese particular libro.

Carlos Ruiz Zafón describe un tipo especial de biblioteca que merece ser mencionado, “El Cementerio de los Libros Olvidados” a los que cada librero tiene acceso con el compromiso de “rescatar” una de esas obras perdidas (La Sombra del Viento) .

Naturalmente, la mayoría de las bibliotecas adolecen del problema de la incompletud (en fin, todas, menos la de Babel) , es decir, ninguna reúne todos los libros que existen. Alguna, tal vez, podría abarcar la totalidad de los libros de un determinado universo (aunque, como apunta Alberto Manguel en su magnífica “Una Historia de la Lectura”, todo catálogo es arbitrario y excluyente, de manera que aún esos “universos” serían siempre abiertos. En un punto, algo se les escapa o desafía la clasificación. Por ejemplo, una misma obra puede ser catalogada desde distintos puntos de vista, cita Manguel el caso de Los Viajes de Gulliver, situado a la vez en Ficción, Sociología, Literatura Infantil, Fantasía, Viajes y Clásicos.

Luego están las bibliotecas que hemos conocido, recorriendo sus anaqueles, estantes y pasillos. La ceremonia de la tarjeta, de la elección, del intercambio.

La primer biblioteca que recuerdo fue la del Colegio que me tocó en suerte alrededor de los mágicos 6 años, en los que pertenecer al primer grado implicaba acceso indiscriminado a la biblioteca “grande”. Creo que la misma sensación de asombro, de sobrecogimiento ha marcado la entrada a las sucesivas bibliotecas que la fortuna ha puesto en mi camino, no siempre por su tamaño o majestuosidad, sino –en cada caso- por alguna particularidad que la distinguía.

En este sentido es de celebrar que cada biblioteca tenga su propio e intransferible ambiénce, logrado a fuerza de reunir libros, anaqueles, lectores y bibliotecarios en un mundo de objetos, iluminación e historia irrepetible.

Aquella biblioteca escolar era, claro está, bastante limitada, pero ya entonces contenía no sólo las obras que efectivamente pude retirar –como si fueran mías- y leer e intercambiar por otras (según recuerdo mi predilección por esos tiempos eran las aventuras de exploradores), sino que, en la brumosa sección de libros para mayores de 6 que ocupaba, lógicamente, la mayor parte del lugar, se hallaban apenas ocultos por el tiempo, todos los libros que alguna vez leería.

En tal sentido, parece razonable detenerse brevemente en una biblioteca con la rara cualidad de existir en diferentes espacios. El punto de unidad es, en este caso, un determinado lector, y la biblioteca, aquella que comprende todos los libros leídos por el mismo. Aún tengo fresca en la memoria la ocasión en la que me di cuenta, con cierta resignada aceptación, de que no viviría para siempre.

Tendría poco más de treinta años y conversaba con un grupo de amigos cuando uno me recomendó un libro que traía con él. Se me escapan los detalles, pero trataba,- me parece- del cine. Me sentí atraído, tal vez por el interés de mi amigo, y mientras pensaba que me gustaría verdaderamente leerlo, supe con total claridad que nunca lo haría. Supe también que aquel libro integraba desde ese momento una vasta lista (una biblioteca, al fin) de todos los libros que ya no tendría tiempo de leer. Supe, por fin, que no leería ese libro en particular porque había otros que me interesaban más y que no tenía sentido dejarlos para un “después” lejano y nebuloso que nunca llegaría, pues mi biblioteca personal por fuerza sería limitada.

Fue un gran alivio dejar de sostener la ilusión de una biblioteca infinita, y me hice instintivamente más selectivo, abandonando la juvenil desmesura de leer cualquier porquería que llegara a mis manos como si contuviera algún secreto mensaje a descifrar, una sabiduría oculta clamando por ser descubierta.

A veces me encuentro recorriendo esa personalísima biblioteca, buscando alguna obra o pasaje para releer, tratando de adivinar los títulos aún por descubrir, anticipando la lectura de aquellos ya adquiridos para una lectura postergada, con la vista puesta en un futuro sin urgencias cotidianas.

Sé que esa biblioteca de alguna manera me definirá, o acaso, cada lector, éste incluído, trae ya escrito su catálogo desde la noche de los tiempos, y vivirá mientras aún quede una página por leer.

Imágenes del descenso II



No es la historia la que se repite, sino nosotros. La piedra con la que nos empeñamos en tropezar otra vez, y otra, no se ha movido, sigue allí, conforme su naturaleza de piedra.

Y lo peor no es tropezar de nuevo, sino haber vuelto al mismo punto, siguiendo circularmente el mismo camino, como si fuera otro.

Tropezar, caer, levantarse, es lo de siempre, lo esperable, pero no aquí, extraviado en el mismo laberinto
.
Y si la caída es menos piadosa, no es la piedra, ni el suelo, sino nuestros huesos más duros, más pesados, las rigideces instaladas de a poco, imperceptiblemente, los reflejos que ya no responden con la misma urgencia.

Cuesta más incorporarse, pesamos de otra manera, el aire -más denso- se demora en volver. La senda se desvanece por delante y hay que pensar demasiado hacía adónde encaminarse, un pie atrás del otro.

Mejor detenerse aquí un poco, mejor dejar que la tierra nos sostenga, esperar un cambio de luz, aunque, claro, anochece y hace algo de frío, y esa leve sensación de nausea se extiende.

domingo, agosto 06, 2006

Adán Buenosayres

Prólogo Indispensable

En cierta mañana de octubre de 192., casi al mediodía, seis hombres nos internábamos en el cementerio de Oeste, llevando a pulso un ataúd de modesta factura (cuatro tablitas frágiles) cuya levedad era tanta, que nos parecía llevar en su interior, no la vencida carne de un hombre muerto, sino la materia sutil de un poema concluido. El astrólogo Schultze y yo empuñábamos las manijas de la cabecera, Franky Amundsen y Del Solar habían tomado las de los pies: al frente avanzaba Luis Pereda, fortachón y bamboleante como un jabalí ciego; detrás iba Samuel Tesler, exhibiendo un gran rosario de cuentas negras que manoseaba con ostentosa devoción. La primavera reía sobre las tumbas, cantaba en el buche de los pájaros, ardía en los retoños vegetales, proclamaba entre cruces y epitafios su jubilosa incredulidad acerca de la muerte. Y no había lágrimas en nuestros ojos ni pesadumbre alguna en nuestros corazones; porque dentro de aquel ataúd sencillo (cuatro tablitas frágiles) nos parecía llevar no la pesada carne de un hombre muerto, sino la materia leve de un poema concluido. Llegamos a la fosa recién abierta: el ataúd fue bajado hasta el fondo. Redoblaron primero sobre la caja los terrones amigos, y a continuación las paladas brutales de los sepultureros. Arrodillado sobre la tierra gorda, Samuel Tesler oró un instante con orgullosos impudor, mientras que los enterradores aseguraban en la cabecera de la tumba una cruz de metal en cuyo negro corazón de hojalata se leía lo siguiente:
ADAN BUENOSAYRES
R.I.P.
Luego regresamos todos a la Ciudad de la Yegua Tobiana. Consagré los días que siguieron a la lectura de los dos manuscritos que Adán Buenosayres me había confiado en la hora de su muerte, a saber: el Cuaderno de Tapas Azules y el Viaje a la Oscura Ciudad de Cacodelphia. Aquellos dos trabajos me parecieron tan fuera de lo común, que resolví darlos a la estampa, en la seguridad de que se abrirían un camino de honor en nuestra literatura. Pero advertí más tarde que aquellas páginas curiosas no lograrían del público una intelección cabal, si no las acompañaba un retrato de su autor y protagonista. Me di entonces a planear una semblanza de Adán Buenosayres: a la idea originaria de ofrecer un retrato inmóvil sucedió la de presentar a mi amigo en función de vida; y cuanto más evocaba yo su extraordinario carácter, las figuras de sus compañeros de gesta, y sobre todo las acciones memorables de que fui testigo en aquellos días, tanto más se agrandaban ante mis ojos las posibilidades novelescas del asunto. Mi plan se concretó al fin en cinco libros, donde presentaría yo a mi Adán Buenosayres desde su despertar metafísico en el número 303 de la calle Monte Egmont, hasta la medianoche del siguiente día, en que ángeles y demonios pelearon por su alma en Villa Crespo, frente a la iglesia de San Bernardo, ante la figura inmóvil del Cristo de la Mano Rota. Luego transcribiría yo el Cuaderno de Tapas Azules y Viaje a la Oscura Ciudad de Cacodelphia, como sexto y séptimo libros de mi relato. Las primeras páginas de esta obra fueron escritas en París, en el invierno de 1930. Una honda crisis espiritual me sustrajo después, no sólo a los afanes de la literatura, sino a todo linaje de acción. Afortunadamente, y muy a tiempo, advertí yo que no estaba llamado al difícil camino de los perfectos. Entonces, para humillar el orgullo de algunas ambiciones que confieso haber sustentado, retomé las páginas de mi Adán Buenosayres y las proseguí bien que desganadamente y con el ánimo de quien cumple un gesto penitencial. Y como la penitencia trae a veces frutos inesperados, volví a cobrar por mi obra un interés que se mantuvo hasta el fin, pese a las contrariedades y desgracias que demoraron su ejecución. La publico ahora, vacilando aún entre mis temores y mis esperanzas. Antes de acabar este prólogo, debo advertir a mi lector que todos los recursos novelescos de la obra, por extraños tal vez que les resulten a algunos, se ordenan rigurosamente a la presentación de un Adán Buenosayres exacto, y no a vanidosos intentos de originalidad literaria. Por otra parte, fácil ha de serle comprobar que, tanto en la cuerda poética como en la humorística, he seguido fielmente la tónica de Adán Buenosayres en su Cuaderno y en su Viaje. Y una observación final: podría suceder que alguno de mis lectores identificara a ciertos personajes de la obra, o se reconociera él mismo en alguno de ellos. En tal caso, no afirmaré yo hipócritamente que se trata de un parecido casual, sino que afrontaré las consecuencias: bien sé yo que, sea cual fuere la posición que ocupan en el Infierno de Schultze o los gestos que cumplen en mis cinco libros, todos los personajes de este relato levantan una "estatura heroica"; y no ignoro que, si algunos visten el traje de lo ridículo, lo hacen graciosamente y sin deshonor, en virtud de aquel "humorismo angélico" (así lo llamó Adán Buenosayres) gracias al cual también la sátira puede ser una forma de la caridad, si se dirije a los humanos con la sonrisa que tal vez los ángeles esbozan ante la locura de los hombres.

Leopoldo Marechal

lunes, junio 05, 2006

Dios y el diablo en el taller


Dios y el diablo van susurrando cosas a mi espalda
la virgen en camisón se pasea
y del lado de la fábrica
suena un motor.

Sus bicicletas húmedas descansan en el pasillo.
El invierno vino colorado pero esta vez no hay vino
para los dos.

Son dos desocupados mas
lo justo se hizo moda y el verso casi un verso de verdad
y el trabajo una zona que no está
Rai-ra rai-ri rei-ra.

Aburridos jugadores con los naipes marcados siempre en el siete
la radio que habla sola y que trasmite el empate de Ferro y de Platense
cero a cero.

Se prohibe hablar del mundo en esas salas
Dios y el diablo van remendando madrugadas
y no entienden nada.

La virgen como mujer los engaña, los consuela
y les dice que a la vuelta siempre hay algo que pagar.
"Muchachos, hay que comer salgan para el taller".

El diablo que se aburre, que hace sebo, que va al baño y fuma un caño

Dios, buen operario, cuida el puesto y entre dientes silba un tango
que habla de...
"Vamos donde hay sol"
El Diablo que conoce mil lugares donde hay minas y algo como amor

Dios dice "Hay que aguantar"
a mi con la hora extra ya me alcanza para hacerme un viaje a pie a Lujan

Y cerca de las seis
el pito que resuena en el tinglado entristece mucho mas

La virgen como mujer los engaña, los consuela
y les dice que a la vuelta siempre hay algo que pagar
"Muchachos, hay que comer salgan para el taller".

Adrian Abonizio

miércoles, mayo 24, 2006

Sometimiento



Noche desesperadamente enfurecida,
de cerros y lluvias.
Cuánto demoré en pronunciar el beso
que no logró alcanzarte.
Habías aprendido del viento
a huir de mis manos buscadoras.
Y te dormiste con el sueño de todas las
mujeres,
que se dejan amar como las rosas.

Por las alegres voces de tus años,
supe que al álamo verde de tu juventud
no podía regarlo con mi sangre.
Cuando volvíamos,
quedó colgado de tus puertas
el llanto de un mendigo recién nacido.
La ciudad maldita
nunca comprenderá mi regreso.

Gustavo “Cuchi” Leguizamon
Salta, Mayo 11 de 1946


Ellos



Son tan bien,
tan irónicos,
tan finamente sabios,
que uno es un hotentote,
un perdonable bruto
innoblemente vivo todavía.
Ellos esperan,
ellos miran y esperan,
sencillamente esperan.

Tienen un aire dulce de bohemia,
un no sé qué elegante,
una sonrisa tía
(una vez escribieron doce versos
pero bah quién se acuerda),
un gesto roberteilor para ciertos asuntos,
te toleran.

(Te toleran creer, desgañitarte,
andar despellejado por el mundo,
te toleran hundirte hasta el no entiendo,
hasta el no puedo más,
o hasta las lágrimas.
Te toleran nacerte una mañana,
y asombrarte y reirte como loco
y seguirte y seguir
y adónde está esa vida y vengan cartas.
Te toleran tu angina, tus horarios,
tus deudas,
tu vino peligroso en ciertas noches,
tus camisas, tus ganas.
Te toleran morir cuarenta veces,
te toleran salir y enamorarte,
te toleran vivir loco de vida.)

Claro, tienen paciencia,
tienden redes,
dicen como diciendo todavía,
te ofrecen su fraterno aburrimiento,
te ofrecen lindos nichos,
te convidan.

A veces se insinúan sonrientes como putas,
tiran viejas carnadas,
te dicen que los otros,
que fulano,
es así
que vos en cambio...

Luego esperan,
te sonríen y esperan,
sencillamente esperan.

Yo no les tengo lástima,
quisiera
verlos chisporrotear en el infierno,
dando vuelta el manubrio de sus nadas,
bebiéndose sus muertes venenosas
como un aperitivo.

Humberto Costantini

lunes, mayo 22, 2006

Barro tal vez


Si no canto lo que siento
me voy a morir por dentro
he de gritarle a los vientos hasta reventar
aunque sólo quede tiempo en mi lugar

si quiero me toco el alma.
pues mi carne ya no es nada
he de fusionar mi resto con el despertar
aunque se pudra mi boca por callar.

ya lo estoy queriendo
ya me estoy volviendo
canción barro tal vez....
y es que esta es mi corteza
donde el hacha golpeará
donde el río secará para callar.

Ya me apuran los momentos
ya mi sien es un lamento
mi cerebro escupe ya el final del historial
del comienzo que tal vez reemprenderá.

Si quiero me toco el alma
pues mi carne ya no es nada
he de fusionar mi resto con el despertar
aunque se pudra mi boca por callar.

Ya lo estoy queriendo
ya me estoy volviendo canción
barro tal vez...

Y es que esta es mi corteza
donde el hacha golpeará
donde el río secará para callar

Luis Alberto Spinetta

lunes, mayo 08, 2006

Pretexto

Todos tenemos, o al menos, el suscripto tiene y –como es habitual en estos casos, generaliza -, algunos textos que definen cierto momento, o bien nos definen en determinada circunstancia, o bien consideramos que nos definen a secas.

Son textos que se incorporan (acaso más de una vez parafraseados, editados, para acomodarse mejor a necesidades y expectativas del momento) al propio relato, a la mitología personal.

De tal forma configuran una visión del mundo o de nosotros mismos, devienen pre-texto de futuras acciones, se erigen, a veces, como norma y nos condicionan.

No es sencillo determinar si los buscamos, o ellos nos encuentran. La posibilidad de que una intersección plena de sentido derivara del mero azar resulta tan inquietante que probablemente lo releguemos a las sombras, de donde emergerá en los momentos de crisis en los que ni nuestros textos nos sostienen.

En fin, uno de mis textos es el que sigue. Nos hallamos el uno al otro en plena adolescencia (la mía, aclaro), lo que naturalmente le agregó dramatismo y sabor a descubrimiento.

Con el tiempo lo hice a un lado, por ser precisamente “algo adolescente”. La madurez y las certidumbres de mi flamante “adultez” exigían otras seguridades. Claro que otra vuelta de tuerca más adelante me siento aún más interpretado que entonces y, desde esta incertidumbre radical, y esta tristeza, veo alejarse sin desgarro muchos sueños que no lograron superar esa definición…

LO FATAL

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque ésa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
¡Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos
y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...

Rubén Darío

viernes, mayo 05, 2006

Imágenes del descenso I


"Está todo bien" masculló, con la boca torcida por el esfuerzo, y siguió empujando la frase a través de labios contracturados, por momentos casi gimiendo, hasta que, reuniendo algunos jirones de energía de la desesperación o el miedo, se precipitó otra vez calle abajo.

Caminando en eses, gesticulando desarticuladamente, la voz cambiando de tonos, ora graves y apenas audibles ora agudos, rabiosos, fue dibujando en el aire y en la humedad de la calle los contornos de una angustia antigüa, punzante, perfectamente ejecutada en la rigidez de sus miembros.

Era un hombre joven, pero había siglos cargados en sus enjutos hombros, los omóplatos parecían pegarse a la espalda, formando un escudo. Parecía resistir al tiempo como quien se protege de un viento fuerte, tal vez para no dejar paso a un lustro más, ni un minuto adicional que lo consumiera en autoreproche y lástima de sí mismo. Sentí: “no puedo dejar que se muera solo”.

Sin embargo, al observarlo allí, tropezando -por momentos hasta caer de rodillas-, supe, con aquella certeza que se instala amarga en la boca del estómago, que el hombre no se haría ningún daño mayor ese día, ni en los sucesivos; que la tortura se la reservaba; aplicándola día a día, en dosis graduadas y metódicas, con escalofriante conciencia de su capacidad de soportar. Y la piedad se hizo tristeza, vacía, gris, impersonal como el pavimento.

jueves, mayo 04, 2006

Haroldo Conti por David Viñas

Haroldo

Por David Viñas
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Confuso privilegio ser sobreviviente. En especial cuando a uno –en este caso, a mí– le piden que tome la palabra para saludar a alguien que ya no está. Nada menos que “hacer uso de la palabra” en relación a una persona ausente de manera definitiva, tratando de convocar una presencia que participe de lo episódico y la congoja. Un conjuro, en realidad, frente a los agravios del olvido.

Trato de ser muy claro: el elogio de sus libros (Sudeste o El álamo carolina) resultaría tan intenso que, eventualmente, pudiera ser recibido como una apología. Y las apologías no son mucho más que una colección de ripios, enfáticos a simple enunciado. O como un epitafio con signos de admiración. Exorcismo, entonces, de encomios o alabanzas. Al fin de cuentas, si algo resuena como lo más opuesto a las cortesías es la apelación al luto. Un duelo que nada tiene de rezongo y mucho menos de victimismo. Y en eso estamos aquí.

Aludí al dilema de un sobreviviente como yo. Desde el otro extremo del panegírico me hacen señas varias discordancias. Y aclaro aún más: disconformidad en relación a la piadosa –crédula, incauta– confianza de Haroldo hacia compatriotas que él creía personas y no eran más que traficantes.

De donde se sigue, ni elogios legítimos ni reproches fraternales. Pero del dilema inicial (eso sí, y para trascenderlo) pasar a la diatriba frente a quienes merodearon a Haroldo abusando de su religiosa –tal cual– credulidad que renegaba de virtudes oficiales: infidentes, obscenos amenos bastardos, impostores diestros y veloces, yesmen para lo que les mandaran; y en plano inclinado, espías delatores y verdugos. Las diatribas, menos mal, son un género muy transitado por las indignaciones tan clásicas como genuinas; extensas, en absoluto monótonas, con una inventiva ultrajantemente equitativa, certeza mediante irrebatibles juicios fidedignos. Y que suelen especializarse en figurones impávidos y serviciales. La memoria de Haroldo Conti se transforma así en querella de vestales canonizadas.

Pero, dos cosas para destacar –brevemente– como jubiloso desagravio ante todas esas miserias: primero el viaje que hicimos juntos con Haroldo y, después, uno de sus libros fundamentales.

Salimos de La Habana en uno de aquellos aviones vetustos, obstinados a los que llamaban –creo recordar– Britanias con cuatro hélices aún y con la mitad de la cabina de pasajeros “despejada” para hacerles lugar a cajas, bultos y demás correos. Haroldo y yo íbamos sentados con las rodillas recogidas a la altura del pecho. Bien. Abajo y de un tajo. El portaba una especie de cañón de aluminio relleno con afiches del nuevo cine cubano; yo, apenas si un cenicero con el emblema de cierto hotel y destinado a una amiga del barrio de Boedo. Haroldo me lo reprochó. Aeropuerto de Terranova: Haroldo descifraba un monumento a la Queen of England mientras yo me resbalé en la pista helada tratando de no resultar demasiado sentimental. En Irlanda los dos nos descubrimos más corroborados al verificar el mítico verde calumniado por Oscar Wilde, Shaw y el Ulises. En Praga abundamos sobre Kafka y en torno al socialismo centroeuropeo. Y nos desquitamos en Madrid encarnizándonos con el Generalísimo. Haroldo hablaba con fervor de Buenos Aires eludiendo, reposadamente, toda pasión argentina.

Por eso, de Sudeste quisiera sugerir: se equivocan quienes lo emparentaron con El viejo y el mar; no se trata en Haroldo del Caribe transparente sino del Paraná embarrado que finge mansedumbre alterada por bruscos arrebatos a lo Horacio Quiroga. El río es tiempo que fluye y cuerpo (herida, pejerrey y agobio) del protagonista, que suele empecinarse en trabajos robinsonianos o en fantasmas en un delta grotescamente alucinado, a lo Fermín Eguía. Sudeste “elemental” con agua, desde ya, fuego, zanjas yventarrones. Comarca primordial marcada por faenas y sabidurías que siempre aluden o preanuncian la presencia de la muerte.

La muerte, muertes, en Sudeste y en los otros libros de Haroldo Conti (baladas, jaulas y cazadores), casi siempre aparecen como ecos, ráfagas, amagos o inscripciones en la corteza de los árboles. Es que los epitafios de Haroldo fundamentalmente son vegetales. La piedras entre nosotros resultan mojones o se llaman Walsh, Ortega Peña, Paco Urondo. Invictos. Como Haroldo Conti, más sosegado pero también invicto.

La nota es contratapa de Página 12 del 4/5/06

http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-66411-2006-05-04.html

martes, mayo 02, 2006

Alejandra Pizarnik


17

Días en que una palabra lejana se apodera de mí. Voy por esos días
sonámbula y transparente. La hermosa autómata se canta, se encanta,
se cuenta casos y cosas: nido de hilos rígidos donde me danzo y me lloro
en mis numerosos funerales. (Ella es su espejo incendiado, su espera en
hogueras frías, su elemento místico, su fornicación de nombres
creciendo solos en la noche pálida.

Arbol de Diana
Alejandra nació el 29/04/1936

sábado, abril 29, 2006

Micros 2


El Caso Arístides

Desde que tuviera uso de razón, Arístides no articuló sonido: él aguardaba. Confiaba en ser capaz, cuando la muerte lo acechase, de convocar sus sueños, su rabia, sus penas y sus años, y resumirlo todo en un alarido o una carcajada. Sería sólo una voz, descomunal y precisa, que ahuyentaría a la muerte cuando llegase a buscarlo.
El silencioso Arístides murió un veintitrés de julio en su habitación mientras dormía, con una ligera sonrisa somándole en la boca.

Andrés Neuman- "El que espera"

Micros 1




Y después qué


Estabas ahí mirándome pero no quiero decirte
lo que estaba haciendo yo. Quiero decirte lo que
hacía yo, pero no puedo. Quiero poder hacer lo que
decía pero no. Hay lugares en los que no es posible
delimitar palabras, lugares que desbordan. Estabas
ahí y estaba yo. Después no sé.

Ana María Shua "Botánica del Caos"

jueves, abril 20, 2006

Entrevero

Hay cierta calle en el viejo Palermo

que en sueños, creo haber recorrido,

bajo un cielo saturado de estrellas,

perfume de azahar, canto de grillo.


Presiento que alguna noche de estas,

embriagada de tiempo y de olvido,

me encuentre repitiendo esos pasos,

en un eco de entreveros perdidos;


y al llegar a la esquina en la que

su trazo deviene campo infinito,

me aguarde, acechando, el destino

poncho al hombro, desvainado el cuchillo.

Traful


Como un puente que no fue,

un esqueleto de maderos negros,

de tiempo y alquitrán,

estirándose con esfuerzo desde la orilla

en actitud de súplica o espera,

aquel viejo muelle

resiste aún la impiedad del viento

y la nieve.


Tal vez,

en algún recoveco,

sus maderas

guarden la memoria

del instante en que

cielo, lago, muelle y montaña

se hicieron uno,

y todo pareció cobrar un sentido

que las palabras

no pueden aprehender.


Acaso el muelle sepa

que una vez, allí,

fui feliz.

Julio, un año nuevo


Mirá, no pido mucho,

solamente tu mano, tenerla

como un sapito que duerme asì contento.

Necesito esa puerta que me dabas

para entrar a tu mundo, ese trocito

de azùcar verde, de redondo alegre.

¿No me prestàs tu mano en esta noche

de fìn de año de lechuzas roncas?

No puedes, por razones tècnicas.

Entonces la tramo en el aire, urdiendo cada dedo,

el durazno sedoso de la palma

y el dorso, ese paìs de azules àrboles.

Asì la tomo y la sostengo,

como si de ello dependiera

muchìsimo del mundo,

la sucesión de las cuatro estaciones,

el canto de los gallos, el amor de los hombres.

Julio Cortázar, "Happy New Year"

miércoles, abril 19, 2006

Un hombre

UN HOMBRE

a Humberto Constantini


un hombre se me viene cayendo por la sangre

con una copa rota entre los dientes

no soy yo

somos todos

la soledad

el tajo de odio en la memoria somos

un hombre se me viene derrrumbando

por la oscura saliva del silencio

salpicando mis ojos con antiguas cucharas

lágrimas que él inventa cuando pisa

los charcos de mi sangre

un hombre se me viene cayendo por la herida

no hagan música o fuego

no soplen ni respiren

quiere decirnos algo

hay un sur de rodillas preguntando

dónde estábamos todos

cómo fue que dejamos crecer la indiferencia

para que de una puerta salga el enceguecido

tirando puñetazos al aire

echando espuma por la boca

un hombre se me viene cayendo por la sangre

con pasos de borracho

no hagan ruido no escupan

no demoren

quiere decirnos algo


Jorge Boccanera, de Contra el Bufón del Rey, 1980